P’haberse matao: accidentes, incidentes y otras desgracias

“P’haberse matao”: Accidentes, incidentes y otras desgracias

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Que nadie dude que ser scout constituye una actividad de riesgo. La vida al aire libre tiene sus peligros, y más cuando desarrolla acciones especialmente técnicas ―rápel, escalada, tirolinas, puente mono, etc.―. Pero una simple marcha o excursión de un día puede convertirse en un calvario imprevisto… Por eso los grupos y las asociaciones scouts ―como el MEV― disponen hoy día de seguros “todo riesgo”, cobertura legal y otras maravillas jurídicas. Pero eso es, como decimos, “hoy día”. Antaño se salía al monte con unas chirucas, pantalones cortos, cuerdas de cáñamo, palos de madera autotallados con forma de bastón, etc. La única protección la dispensaban el ―escaso― sentido de la prudencia de unos jóvenes jefes y las jaculatorias de los religiosos marianistas cuando le veían las orejas al lobo. Y lobos hemos visto algunos, y bien de cerca…

 

El riesgo, inherente al scout (Javier Bel, Peñas de Guaita, 1969)

Pero no sólo nosotros: al revisar los “Anales” del Colegio, vemos la cantidad de accidentes y líos que había… ¡en los ejercicios espirituales! Si en un lugar tan tranquilo y pío ya se corren riesgos, imaginaos cuando sales al monte con todas las de la ley. Que nadie se llame a engaño: conducir un coche es mucho más peligroso que ser scout, dónde va a parar; a las estadísticas nos remitimos… Así que, si algún alma cándida se escandaliza al leer lo que viene a continuación, que piense en que, tras cincuenta años de aventuras y desventuras, tampoco hay tanto que contar y que, además, estamos todos para contarlo…

 

El riesgo, inherente al scout (tirolina en Hecho, 1997)

Otro elemento importante: los desastres de todo tipo sirven también para medir la capacidad de resistencia de un colectivo, en este caso de un grupo scout como el nuestro. Viene esto a cuento de una reflexión que nos hacía Samuel Forcada poco tiempo atrás. En este mismo capítulo contamos el diluvio de Gistaín, en 1988, que destruyó literalmente el campamento recién llegados los lobatos. Pues bien, Samuel cuenta que unos días después se encontró con un matrimonio que estaba acampado cerca del lugar, y éstos le felicitaron vivamente: habían visto la ruina del campamento en primera fila, y pensaron que después de eso el grupo desmontaría y se iría; pero no, se habían quedado perplejos viendo cómo los scouts sacaban fuerzas de flaqueza y habían vuelto a montarlo y reorganizarlo todo, de manera que en un par de días todo estaba igual que antes. Estaban pasmados ante la capacidad de reacción de muchachos y jefes. No nos conocían…

 

En fin, es imposible relatar exhaustivamente los percances, accidentes, desgracias, contratiempos, infortunios, reveses, desventuras y catástrofes diversas sufridas por el grupo X-El Pilar y sus componentes a lo largo de medio siglo de aventuras. Ni la enciclopedia Espasa en toda su plenitud… Porque, ¿quién no se ha perdido alguna vez en el monte? Que levante la mano. O el que nunca haya llegado tarde a un tren o a un autobús. Caminar durante horas al borde de cortados y acantilados, eso es pecata minuta… ¿Quién no sería capaz de escribir un tratado de meteorología, con sus inundaciones y lluvias sin fin, ventoleras y vendavales, nieve hasta el corvejón, nieblas de las que se cortan con cuchillo ―y tenedor―, gotas frías y borrascas, etc.? ¿Alguien se ha quedado alguna vez sin comer durante días en un campamento? Sí, lo sabemos: todos. Igual que lo de dormir al raso empapados hasta las cachas. Mordeduras de víbora, picaduras de alacrán, dedos seccionados por latas traicioneras, esguinces, fracturas de lo más variado que uno se pueda imaginar ―no nos queda un hueso sano―, vómitos y diarreas masivas, insolaciones y congelaciones, hasta una meningitis aguda… Todo eso y más nos cabe en la mochila a los del X-El Pilar. Y a todos los scouts, vaya, que no es cuestión de presumir. En fin, que nos reímos un rato cuando vemos a Jesús Calleja sudando en un episodio de “Desafío extremo”, porque lo nuestro es “Al filo de lo imposible”.

Y, pese a tanta adversidad, aquí estamos todos, y de una pieza. Es verdad que algunos están recompuestos, presentan bonitas cicatrices o unas placas de titanio reluciente ―con sus tornillos― uniendo huesos. Pero todos sabíamos ―unos más, otros menos― que esto no iba a ser un camino de rosas, sino más bien de espinas: ad augusta per angusta, es decir, que nada se consigue sin sacrificio… Y no nos negaréis que, tras cincuenta años de actividades y miles de scouts ―sin exagerar― pasando por el grupo, el que podamos celebrarlo sin mayor percance es un milagro, y de los gordos.

Ante la posible extensión de este capítulo, hemos preferido dividirlo en secciones concretas, donde iremos desgranando las diversas vicisitudes por las que hemos pasado, pero sin ánimo de ser exhaustivos. Ya hemos dicho que es imposible… Y vamos a empezar por lo más sencillo: perderse en el monte. Hace poco, Manolo Díez recordaba que ha estado presente en dieciocho (18) campamentos de verano ―marca difícil de superar― y que prácticamente se había perdido en todos ellos. Siempre hemos pensado que esta es una costumbre más o menos moderna; que cuando ―en los sesenta y setenta― se practicaba mucho la orientación a través de las especialidades, los scouts de entonces no se perdían. Menos mal que Diego Sevilla nos ha sacado del error contándonos cómo pasó una noche entera perdido con un scout ¡en Cullera!, deambulando al borde de los acantilados sin comida ni bebida; en 1967, en el campamento de verano de Uña, volvió a perderse una noche con dos chavales por la serranía de Cuenca, sin poder regresar al campamento antes de que amaneciese porque probablemente se habrían despeñado; y reincidió en el de Pascua de Dos Aguas de 1968, en que se perdió con una tropa entera y tuvo que dormir con ella en medio del monte. De éstas, a montones.

¿Por qué nos hemos extraviado tantas veces? Las respuestas pueden ser muy diversas. Por ejemplo, una causa tras la que siempre nos hemos parapetado son los mapas, esos mapas tan “maravillosos” del Instituto Nacional de Cartografía (ahora, Geográfico Nacional), los de la 1:50.000, que dependían de la cartografía militar y que en muchos casos no se habían actualizado desde los tiempos de la guerra civil. Ibas por el monte, y las fuentes no estaban donde debían estar, o los puntos de referencia habían cambiado ―masías que habían desaparecido, casas y chalés que no figuraban, etc.―. También es verdad que algunos no eran muy duchos a la hora de leerlos. Con todo, los mapas nos eran tan preciados que los entelábamos y mimábamos con esmero… En Pirineos y Picos de Europa, los planos de “Alpina” eran mejores y ayudaban bastante en sitios de orientación tan complicada.

Las consecuencias de perderse eran muy variadas. Una de las más celebradas era incumplir el horario previsto y llegar tardísimo a los sitios. Así, en el campamento de verano de 1985, los rangers “Hydra” disfrutaban de una plácida travesía entre el pantano de Benagéber y el nacimiento del río Tuéjar, donde tenían previsto dormir; pero la tropa ―o los jefes, más bien― se despistó y acabó dando varias vueltas en torno al caserío de Bercuta, lo que dio pie a la leyenda del “triángulo de las Bercutas” ―el nombre se lo inventó Gabi Duyos―, del que no era posible salir por culpa de los alienígenas. Al final, los rangers desfilaron orgullosamente ―cantando y todo― por las calles de Tuéjar… ¡a la una de la madrugada! Y, por supuesto, sin haber cenado.

Un buen espectáculo fue el que montaron los rutas en el campamento de Pineta de 1996. La ruta realizaba la misma travesía que los pioneros, pero con 24 horas de retraso. Los pioneros llegaron de volante un día a las 8 de la tarde, y al día siguiente a esa hora solo llegó un ruta, diciendo que se había adelantado un poco en la bajada de Añisclo, y que por detrás llegaban los demás. Los jefes esperaron, cenaron y, preocupados porque no llegaba nadie, llamaron a la Guardia Civil y les explicaron lo que pasaba. Lo primero que dijo uno de los guardias al recibir la llamada fue: “¡Ondiá, no podemos llegar a Añisclo con el coche!”. Lógico: los cuatro latas de la Benemérita no llevan crampones… Al fin llegaron las fuerzas del orden y empezaron a husmear. Como se veían luces de linterna que descendían por la pared de Añisclo, no tuvieron mejor idea que llamarles con la megafonía del coche. Ellos ―y todos los habitantes del valle de Pineta― pudieron escuchar así las sabias palabras del jefe de grupo: “¡¡¡Rutas, ¿estáis bien?!!!”. Como no se les oía, decidieron ir a buscarlos; los agentes los acompañaron hasta que, cruzando un riachuelo, perdieron la linterna que llevaban. Entonces, con la excusa de que si no la devolvían al cuartel se la descontaban del sueldo, se quedaron buscándola. Ni Mortadelo y Filemón… Los jefes llegaron sin percances hasta los rutas: simplemente, se les había hecho un poco tarde. Pero no estaban todos: unos pocos, que se habían adelantado, creyéndose perdidos, se habían puesto a dormir al raso a pocos metros del campamento, pensando que ya llegaría el día. Aún no sabemos si los civiles encontraron la linterna…

Más miedo da cuando se pierde un chaval en un raid o en una salida de patrullas. Un ranger perdió de vista a su patrulla en la salida de Cabrejas del Pinar, en 2004. Por suerte, ese año se les había dado a las patrullas el móvil del jefe de campamento por si tenían algún problema durante la ruta. Después de que se fueran los niños, el kraal se fue a comer a un restaurante del pueblo, y al final de la comida recibieron la llamada fatídica de una patrulla: habían perdido a un ranger. Los jefes no se terminaron ni el café, salieron corriendo. Pero el muchacho en cuestión, al verse perdido decidió, con muy buen criterio, volver al campamento. Aún se pueden escuchar los suspiros de alivio del kraal cuando, al volver a las tiendas, lo vieron llegar…

Otras veces la tardanza repercutía en que perdíamos el transporte que nos tenía que llevar a algún sitio, o devolvernos al campamento o a casa. Esto era especialmente angustioso en sitios lejanos, como Pirineos, o mal comunicados, como los pueblos poco habitados del interior de nuestra tierra. Imagínate en Titaguas, un domingo a las 8 de la tarde, cuando ya había pasado el último autobús de “La Chelvana”… No te quedaba más remedio que llamar a los padres coordinadores para ver si podían organizar una caravana de coches “solidarios” para recoger a toda la “troupe”. Ahora no hay tantos problemas, porque es más fácil alquilar un autobús para la unidad; también pasa que hay más dinero y facilidades. En los primeros tiempos, la dependencia del transporte público ―trenes y autobuses, bastante malos pero baratos― era total, de manera que a veces tenías que renunciar a acampar en aquellos sitios a los que no llegaba este tipo de transporte. Y si no sacabas los billetes a tiempo, o lo perdías, tú también estabas perdido… Más trágico resultaba extraviarse en el monte durante un campamento volante, de manera que no llegabas a enlazar con quien tenía que aprovisionarte. Con suerte, te quedabas sin cenar esa noche… Pero al perder de vista a la furgoneta, corrías el riesgo de seguir sin enlazar y entonces podías pasar días sin comer, o comiendo lo que llevase la unidad a mano en las mochilas… Algo así les pasó a los pioneros en las primeras etapas de su campamento de 1989, el volante que les llevó de Sant Joan de Penyagolosa a Fredes siguiendo el GR-7. Y es que el cruce del barranco del Montlleó fue una experiencia dantesca: el terreno se había quemado poco tiempo atrás, y las marcas del GR no aparecían por ningún sitio. Tras una noche sin dormir, sin comida ni apenas agua por no haber podido enlazar con la furgoneta, salió un día de poniente ―a 45º― y con él hubo que cruzar el barranco, descendiendo por un terreno arrasado y peligroso, y ascendiendo hacia Culla por una pendiente de vértigo. Lo demás ―mareos, lipotimias y “pájaras” diversas― lo dejamos a la imaginación del lector…

A veces, el extravío era, en realidad, voluntario. Esto ha sido muy habitual en los raids de pioneros, o en las salidas de patrulla de rangers, durante los campamentos. Cuando llegaba el raid, cada pionero ―o pioneros, si iban por parejas― recibía un sobre con sus instrucciones, entre las que estaba la de seguir una ruta determinada; salían luego y, aparentemente, cada uno en su dirección. Pero si por la noche te acercabas al bar del pueblo más cercano, allí te encontrabas a unos cuantos, “confraternizando” con la gente… Si les preguntabas, la respuesta era invariable: “Me he perdido, me he encontrado a fulanito y hemos acabado viniendo al pueblo” ―como si no lo hubiesen planeado de antemano―. En 1983, una patrulla de rangers fue enviada de salida nocturna desde las cercanías de Villar del Cobo hacia Guadalaviar, en Teruel. Pero, al día siguiente, los vecinos del pueblo contaron a los jefes que habían visto a unos chicos vestidos de azul por las calles durante las fiestas, y que se habían metido en la plaza de toros portátil a correr las vaquillas; de hecho, a uno ―conocido como “Juan Tapir-II”― lo habían corneado, aunque, por suerte, sin consecuencias más allá de unos hematomas. Cuando se les preguntó al respecto, contestaron lo de siempre: “Nos perdimos y acabamos en el pueblo de casualidad”. ¡Ya…!

Otro de los contratiempos más habituales se relaciona con las inclemencias meteorológicas. Lluvia, viento, nieve, niebla, tormentas, inundaciones, hasta algún tornado, han azotado nuestras actividades sin piedad desde tiempo inmemorial. Y son la lluvia y el viento los que han asumido un protagonismo mayor, sin duda. Al principio, la disposición de las tiendas de campaña favorecía el “remojo” de los scouts: el techo, el doble techo y el suelo eran piezas separadas, de modo que, en cuanto llovía, era necesario evitar a toda costa que los dos primeros entrasen en contacto; en cuanto se tocaban ―y siempre había algún torpe que lo conseguía, con los pies o con la cabeza― empezaba a caer del cielo, primero una gotera, y luego un chorro de agua, en función de la fuerza de la lluvia. Y si caía de lo lindo, lo mejor era escapar, porque al estar separados el suelo y el techo, la protección era tan débil que el agua corría a sus anchas por dentro de la tienda, por mucha canaleta que hubiésemos labrado. Ahora, el nuevo material de acampada viene con componentes aislantes y los dobles techos repelen el agua ―al menos en teoría―; el suelo y el techo son una misma pieza, lo que evita las riadas ―también en teoría―; incluso están los “igloos”, tiendas de todo-en-uno inimaginables hace treinta años. Con todo, el peligro de la inundación no ha desaparecido ―como pudo comprobar el grupo en el último campamento de verano de Hecho―, ni creemos que llegue a desaparecer nunca…

La lluvia llega a menudo cuando nadie se la espera, es decir, de noche. Por ejemplo, en el campamento de verano de Planoles (Pirineos), en 1973, los rangers se fueron a dormir bajo el cielo estrellado; pero a las pocas horas llegó una tromba y se despertaron empapados de agua, ya que la lluvia había calado la mayoría de las tiendas. Algunos no tuvieron mejor idea que refugiarse en la cabina de la excavadora que había en unas obras junto a la campa, pues tenía la puerta abierta; pero, claro, cabían muy pocos y al amanecer se organizó una buena pelea para estar en un sitio seco aunque ―todo hay que decirlo―muy incómodo. En 1979, en Benasque, los pioneros sobrevivieron a una tromba de agua que estuvo a punto de llevarse las tiendas por delante… Diez años antes, Rafa Mena había tenido que amenazar a sus pioneros con el piolet para que no se detuviesen en medio de la marcha, en Ordesa, justo cuando caían rayos y truenos del cielo a escasos metros de la cordada en una de las tormentas más horribles que se recuerdan…

Y también eran pioneros los que montaron el campamento volante estando en Pirineos (Gistaín), en 1988; pero les fue mucho peor… Al bajar del autobús que los dejó en San Nicolás de Bujaruelo, los jefes ya se dieron cuenta de que se habían dejado la comida en el campamento. “En fin” ―pensaron― “aguantaremos con lo poco que llevamos hasta que nos aprovisionen”. Plantaron las tiendas junto al río y uno de los jefes les advirtió de que debían descansar, pues al día siguiente tocaba subir hasta la brecha de Rolando y seguir hacia el refugio de Góriz, una etapa muy dura. La noche era preciosa; pero nadie reparó en que dormían en el “agujero negro” de Bujaruelo, donde el grupo siempre había sufrido los peores desastres de su historia. A medianoche cayó una tromba de agua inimaginable que hundió varias tiendas; las que aguantaron tuvieron que hacer frente al vendaval que se levantó después. Cuando ya sólo quedaba en pie la tienda de los jefes, que estos aguantaban agarrando con fiereza los palos, Justo García Añón salió a la campa, levantó una piedra de más de 30 kilos, la plantó en el ábside y se irguió como Scarlett O’Hara desafiando al viento: “¡A ver qué pasa ahora!”, gritó. En ese momento, una racha despiadada se llevó por delante la tienda, la piedra y al propio Justo; sólo quedaron los jefes con los palos ―completamente doblados― en las manos. Al día siguiente, otro autobús se los llevó de vuelta al campamento, con el rabo entre las piernas… ¡No acampéis en Bujaruelo, si es posible evitarlo!

Los diluvios no sólo caen cuando uno duerme, sino también al caminar. En los primeros tiempos del grupo eran muy habituales las marchas nocturnas. Y así, en 1973, en una de ellas protagonizada por los rangers entre Chera y Sot de Chera, cerca del pantano del Buseo, les cayó tal chaparrón que tuvieron que andar de noche, durante horas, empapados hasta los huesos. Cuando llegaron al destino, afortunadamente los lugareños se apiadaron de ellos y les dejaron una casa para dormir y una plancha eléctrica para secar la ropa mientras cocinaban salchichas de Frankfurt. Pero el olor de las salchichas y la humedad de la plancha produjeron una atmósfera tan agobiante que la mayoría vomitó toda la cena ―malditas frankfurt―: fue un estupendo colofón a la marcha…

La lluvia ha producido auténticos desastres en los campamentos. Así lo recuerda un scouter que llegó tarde al de verano en Gistaín, en 1988. La subida desde Plan hasta la campa, en un Opel Corsa, fue una odisea en medio del diluvio, con el coche deslizándose en el barro de lado a lado del camino. Pero lo peor estaba arriba: los lobatos, ateridos y asustados, se apiñaban en una caseta de piedra; su campamento, simplemente, no existía. Tampoco el de los rangers, que deambulaban por la campa, como perdidos bajo la lluvia, avanzando y retrocediendo, caminando en círculo hasta que los pioneros los pescaban y se los llevaban a una tienda cónica. Buena parte del terreno estaba inundado; las tiendas, por el suelo; algunas luces daban un resplandor fantasmagórico… Aquello parecía el genuino “campamento ciénaga” del recluta Beetle Bailey. Con todo, al día siguiente salió el sol, las campas y las tiendas se secaron, y a media tarde se levantó una nube inmensa de mosquitos que no dejaron títere con cabeza; pero ésa es ya otra historia… También en el campamento de verano de lobatos en la Juncanilla (Titaguas), en 1983, llovió torrencialmente; la zona de acampada quedó destrozada y el Turia amenazó con desbordarse, por lo que tuvieron que refugiarse en la zona de recreo llamada “La Caballera”. Fue una noche muy movida: hubo que meter a todos los lobatos en una cabaña, mientras los jefes acababan apretujados bajo la barra del bar intentando dormir entre risas y grasietas. Al día siguiente, cómo no, hubo que reconstruir la totalidad del campamento.

 

El día después en Gistaín (1988)

Pero es que, a veces, ni eso. En el campamento de Pineta de 1996, el 24 de julio empezó a llover sin parar, de modo que hubo que pasar el día en los pabellones. Por la noche siguió lloviendo, y las tiendas de los lobatos llegaron a su límite de agua permitida. El 25, día de grupo, solo se pudo salir de los pabellones durante media hora. Y menos mal que al lado de la campa había un campamento de la DGA, vacío pero con las tiendas montadas: esa noche fueron ocupadas por los lobatos. El día 26, y ante las negras previsiones meteorológicas, el kraal (y solo el kraal, no la Guardia Civil, ni Protección Civil, como dicen las malas lenguas) decidió “evacuar” el campamento a Salinas de Jaca, a la casa de los marianistas, para terminar allí las actividades previstas y realizar los raids y salidas por patrullas. La ruta se quedó en el campamento con el material, para desmontarlo el 27, cargarlo en el camión y enviarlo a Valencia. Eso sí: el desmontaje se realizó bajo un sol espléndido y todo se cargó en el camión prácticamente ya seco… A veces sí que ha habido que recurrir a las fuerzas del orden: en una acampada de lobatos a “La Caballera”, en 2009, llovió tanto que la gente de Titaguas, capitaneada por su alcalde, bajó hasta el río Turia y se llevó a los niños… ¡al Hogar del Jubilado del pueblo! Vivir para ver… En fin, la lista sería interminable: este mismo año, en Hecho-2010, los cocineros tuvieron que levantarse de madrugada para abrir la arqueta de una acequia y evitar que se inundase toda la campa. Ya sea en Pirineos, en Cuenca o en los Serranos, la tromba veraniega está siempre al acecho…

Otro tipo de desastre campamental es el de los accidentes físicos: sí, esos en que nos dejamos los “piños” en una roca, o nos partimos una pierna bajando una canal, o nos abrimos la cabeza haciendo el ganso, jugando, etc. En este apartado, había una familia que se llevaba la palma: los Baeza-Oliete. El mayor de todos, Sento, acumuló accidentes y percances de todos los colores a lo largo de su dilatada carrera como scout del X-El Pilar. Muy conocida fue su caída desde lo alto de una presa en Pajaroncillo (1977), cuando, de noche, buscaba dónde sentarse para ver una velada; fue como en las películas: visto y no visto ―hasta que se le oyó lamentarse desde la base de la pared―. En Albarracín, en 1981, fue alcanzado por una bolsa de basura voladora, con el resultado de una ceja partida; poco después se fracturó un dedo de la mano al pisárselo con su propia bota, mientras trepaba por una ladera en la Murta (Alzira)… En honor a la verdad, hay que reconocer que pocas veces hemos conocido a un tipo tan duro y resistente. También Tato, Willy y Josefo tuvieron sus contratiempos, como el tobillo roto del primero en la acampada de rutas de Semana Santa en la Calderona, en 1983. Por suerte, ayudaba mucho el que el padre de todos ellos, don Vicente Baeza, fuese traumatólogo; en los campamentos de verano solía venir de visita, pasaba consulta y traía algunas gafas de repuesto para sus hijos… Su sobrino Javier ―Javi Oli― dio un buen susto en la Navidad de 1984, cuando las brujas de Chelva: se tiró por el pasamanos de la escalera del albergue, con tan mala suerte que impactó contra el canto de una pared a toda velocidad y se abrió la cabeza por cuatro sitios; se quedó semiinconsciente y manaba sangre en abundancia, así que los jefes tuvieron que llevarlo corriendo a La Fe (a 70 kms., todo sea dicho) para que lo atendieran…

Estos accidentes son tan antiguos como la propia actividad de los scouts. En 1963, en una acampada de tropa en la Font del Marge (en la serra Calderona), los scouts se hallaban dentro una casa situada junto a la fuente y Jorge Feo salió un momento al exterior; al volver, se encontró con que la puerta estaba cerrada y no podía entrar. Sin pensárselo dos veces, se encaramó al tejado y trató de llamar la atención de los troperos a través de la chimenea; pero como estos habían empezado a cantar a grito pelado, no le oyeron. Al bajar del tejado, se pegó un buen batacazo ―cómo no― y se rompió el tobillo. En una época en que no había ni SEPRONA ni SAMU ni nada parecido, hubo que evacuarlo a la manera scout: es decir, preparando una camilla con dos bordones y un par o tres de camisas vueltas del revés y abotonadas ―una prueba típica de primera clase―; pero por el camino hacia la Cartuja de Porta Coeli, los botones de las camisas se fueron rompiendo, de modo que Feo llegó hasta el coche que lo había de llevar al hospital agarrado a los bordones con las manos…

El agua, todos lo sabemos, es fuente de alegría… y de problemas. No hay manada, patrulla o posta de pioneros que no eche a correr en dirección a ella en cuanto avista una poza, una balsa, una laguna, un arroyo o riachuelo, un charco en fin… Y enseguida, ¡hala!, a jugársela saltando desde cualquier peña o risco, o del puentecito más cercano, sin pensar por un momento en que nos la estamos jugando. Hay un montón de leyendas sobre esto. La primera nos la contó Enrique Zudaire: estaba la tropa de excursión en un barranco cerca de Serra, en 1964, y como había llovido hacía poco, quedaba alguna poza; un tropero se tiró de cabeza sin pensárselo dos veces y se quedó empotrado literalmente entre unas rocas, con las piernas hacia arriba; menos mal que Zudaire había hecho cursos de socorrismo y pudieron sacarlo de allí muy lentamente, como si fuese un bloque, hasta dejarlo en tierra. En 1969, en Formentera, uno de los Pérez-Manglano ―el pequeño de los hermanos― se la pegó saltando al agua en el baño de la tarde y dándose en una roca en Es Pujols; el susto fue morrocotudo, pues se quedó inconsciente, pero la cosa no pasó a mayores, salvo llevar todo el cuerpo raspado y con cortes miles. Por su parte, Paco Beltrán, pionero de la posta “Itaca”, en mayo de 1985, en una acampada al Charco Azul de Chulilla, se rindió a la tentación del agua y se tiró de cabeza, con tan mala suerte que se golpeó contra el fondo del lago. Los pioneros se dieron cuenta rápidamente de la gravedad y lo evacuaron, como siempre, al hospital La Fe. Allí le diagnosticaron un ligero desplazamiento de las vértebras cervicales, que afortunadamente no afectaba a la médula. Estuvo ingresado unos días, y luego pasó en su casa un mes largo con movilidad muy reducida. Los pioneros y los jefes se las arreglaron para estar con él, primero en el hospital, y luego en casa: alguno todavía recuerda haber pasado unas cuantas tardes jugando al ajedrez con él… ¿Creéis que, después de esto, hemos escarmentado?

Jugándose el cuello (Cazorla, 1984)

También tienen su sitio los accidentes de coche ―o moto, camión, land rover, etc.―. Con tanto desplazamiento, tantas idas y venidas, al final siempre hay un percance… El más antiguo de que tenemos noticia fue bastante serio. Lo cuentan los “Anales” del Colegio, en la entrada del 28 de marzo de 1967, un martes en que los scouts del X-El Pilar empezaban el campamento de Pascua, una vez concluida la Semana Santa: “Accidente aparatoso de coche: cerca de Manises, conduciendo D. José Luis CanoManuel, acompañado de Rafael Mena y tres chicos: Quesada, Fernández y Roca, al pasar un tractor, por la fuerza del viento, pierden el control y dan varias vueltas y bandazos. El coche queda literalmente destrozado (64.000 pts. costará el arreglo) y, gracias a Dios, no ocurre nada: Don José Luis tiene un tobillo lastimado y Quesada alguna pequeña herida”. Apenas diez años después, el entonces jefe de grupo, Javier Pérez Valencia, también se salió de la carretera con el coche del campamento (Uña, 1978), que quedó un poco “perjudicado”, aunque el bueno de Javier salió indemne del accidente. Igual que otro Javier, el Coca, en Gistaín, en el año 1988 ―otra vez diez años después―, que acabó metiendo el Land Rover del campamento en la cuneta de un camino endemoniado que todavía maldice Chimo el cocinero en sus recuerdos; medio campamento acudió hasta el lugar del accidente para sacar el vehículo con cuerdas y a pura fuerza de brazos.

Las enfermedades también son un contratiempo campamental que puede llegar a ser grave, sobre todo si son contagiosas y se extienden. Esto es lo que ocurrió en el campamento de Navidad de Chelva: algunos lobatos acudieron con una gripe amagada, que se declaró al poco de llegar. Lentamente, la plaga se extendió hasta afectar a tanta gente que el último día no había brazos suficientes para recoger los trastos ―también es cierto que algunos jefes penaban con la correspondiente resaca una noche de fiesta en la discoteca “Tío Pepe” de Tuéjar―. Lo de la gripe y los catarros es típico de los campamentos navideños; así, en el Preventorio de Alcoi (1982) también hubo bajas masivas, y en Gúdar, en 1973, a ―10º y con nieve hasta las cachas… Es lógico: un centenar largo de personas apelotonadas en un caserón viejo y frío ―las instalaciones que hay ahora, en Benigànim por ejemplo, son de lujo―, y en cuanto se mete un agente patógeno, pues se propaga como en las pelis y acaba pasando lo esperable… Parecido fue lo que sucedió en la Iglesuela del Cid, en 1980; algún alimento en mal estado se coló en la comida o la cena del último día, y tras el fuego de campamento final, se manifestaron los primeros síntomas. Los pioneros se metieron en su sala a dormir, y de repente uno de ellos hizo retumbar las paredes con un cuesco majestuoso; todos se rieron hasta que el interfecto se levantó del saco corriendo en dirección al baño mientras gritaba: “¡Ha salido con materia!”. A partir de ese momento, el caos: buena parte de los scouts y jefes con nauseas, vómitos y diarrea. Algunos jóvenes del pueblo se acercaron a la casa para ver si los invitaban a la fiesta ―y a beber algo de vino de gorra, claro―, y fueron recibidos desde las ventanas con una vomitona memorable. Fue necesario bajar a explicarles lo que pasaba para que no le pegaran fuego al edificio… Otra gastroenteritis de alivio fue la de los pre-pioneros en Benasque, en 1976. Pero, claro, entonces no pedían carnet de manipulador de alimentos y así nos iba… Alguna enfermedad ha revestido más gravedad: en el campamento de lobatos de Juncanilla, 1983 ―sí, ése mismo que se inundó páginas atrás―, una lobata se puso muy malita, con una fiebre altísima; por suerte, el médico del campamento, Luis Cabrera, dio con el diagnóstico a la primera: meningitis. En pocas horas ya estaba en La Fe recibiendo el tratamiento indicado; hoy es madre de otra lobata, después de una larga trayectoria scout en el grupo…

Otro frente de batalla lo han constituido los bichos, en especial los parásitos, que no han perdido ocasión de torturarnos en estos últimos cincuenta años. Los piojos han tenido un protagonismo indudable ―y lo siguen teniendo, por lo que cuentan los padres hoy día―; y es que, al dormir los chavales en las tiendas cabeza con cabeza, pues enseguida se monta el lío. Pero ya en 1975, en Vinuesa, hubo una proliferación masiva de estos simpáticos animalitos… que no han sido los únicos, ni mucho menos. La costumbre de dormir en el monte en parideras o masadas nos ha puesto en contacto con las pulgas; la de dormir en cuartos sucios y desvencijados, con las chinches, como les ocurrió a los rangers en Sant Joan de Penyagolosa, en el campamento de Navidad de 1983. En cuanto a las garrapatas, simplemente están en la hierba esperando a que crucemos a su lado para subírsenos a las barbas; en Cazorla, casi 200 scouts pasaron los días peleando con ellas: las había a miles, y en cuanto bajaban la vista a las piernas, allí estaban dos o tres ya, escalando hacia su objetivo…

Los mosquitos también han sido un mal recurrente en los campamentos de verano. Nadie olvida la que liaron en Gistaín: todas las tardes, en cuanto el sol empezaba a declinar, unas nubes densas se levantaban de todos los rincones de la campa y se comían literalmente a cualquier ser vivo de sangre caliente que encontraran. Scouts y jefes cenaban vestidos de tuaregs, dejando sólo los ojos al aire, para evitar las picaduras. Los campamentos en Pirineos han tenido que afrontar muchas veces este problema, que ya se había dado antes en Salardú y volvió a repetirse en Àreu. Los que se han organizado en sitios más próximos, como Cuenca o Teruel, tenían la presencia molesta de los tábanos, cuyas picaduras eran muy dolorosas; en Gúdar (1982), por ejemplo, hubo que evacuar a un scouter en parihuelas porque varios tábanos le habían paralizado ―por una reacción alérgica― una pierna. Pero desaparecían como por ensalmo pasado el 25 de julio ―sant Jaume― y la verdad es que, al disminuir el ganado doméstico, cada vez es más raro encontrárselos hoy día.

Más peligro representan los animales venenosos. Por suerte, en nuestro país hay muy pocos. Pero, por pocos que haya, los scouts del XEl Pilar no cejarán hasta encontrarlos. Las picaduras de alacranes y arañas están documentadas en varios campamentos y acampadas, sin que hayan producido muchos estragos. La mordedura de una víbora sí es una cosa seria. Y, en este caso, fue Esteban Llavador al que le tocó la china en el campamento de Benasque (1979); mientras zascandileaba por el monte con otros rangers, se le ocurrió ponerse a jugar con una serpiente creyéndola una simple culebra; pero no, resultó ser una víbora poco paciente que acabó hincándole el colmillo. Así que, con el miedo en el cuerpo, hubo que evacuarlo a toda prisa ―y no fue muy sencillo― al hospital de Huesca, donde disponían de una dosis del suero antiviperino necesario en estos casos. Le acompañó otra ranger para atestiguar ante el médico el tamaño y la forma del ofidio. Al final, fue más el susto que el peligro real. Y es que accidentes de este tipo imponen, y más cuando estás en medio del monte, sin posibilidad de encontrar ayuda ni cerca ni fácilmente…

Otros animales aparentemente más inofensivos también han causado sus contratiempos. Las vacas, por ejemplo, nos han llenado de bostas malolientes las campas, y se han metido en las tiendas de campaña causando el terror, sobre todo entre las scouts y las jefas; no es nada agradable estar saliendo del saco a primera hora de la mañana con las legañas puestas y ver de repente unos cuernos y un morro babeante asomando por la puerta. Era un clásico en las acampadas que pasaban por el nacimiento del río Cuervo… Pero si la vaca se convertía en toro bravo o vaquilla, la cosa se ponía más seria. Ya vimos la historia del ranger corneado en Villar del Cobo. Como si no hubieran escarmentado, otros dos rangers tentaron la suerte en la Sierra del Agua (1987). Se escaparon del campamento un día, después de comer, y se internaron en la finca “La Serna” ―propiedad de los Duyos, por cierto― hasta que se dieron de bruces con un hato de ganadería; no tuvieron mejor idea que ponerse a torear a las vaquillas, con unas risas que duraron hasta que las reses se mosquearon y salieron en tropel detrás de los dos incautos. En fin, menos mal que les salió al paso una charca enorme, a la que se tiraron para evitar las embestidas… El regreso al campamento fue glorioso: el barro les cubría el cuerpo entero, de modo que sólo se les veía el blanco de los ojos. Todo acabó con un castigo ejemplar, que asumieron con deportividad. También los jabalíes visitaban las instalaciones de Cazorla todos los días buscando comida, y eran tan atrevidos que se paseaban por en medio de las tiendas sin recato alguno; fue preciso montar una guardia nocturna con los rutas y los jefes para espantarlos y alejarlos de la campa…

En ocasiones, en una misma actividad podían concurrir varios accidentes y percances, a la manera de un “todo en uno” desgraciado. Os ponemos un ejemplo. En 1983, los rangers “Etna” organizaron una acampada de fin de semana que consistía en una marcha desde Alzira hasta Tavernes de la Valldigna atravesando la serra de les Agulles. Lo que prometía ser una excursión bien chula se acabó torciendo poco a poco… Subiendo a la font del Garrofer por una cuesta empinada, un ranger se torció el tobillo: esguince al canto; tuvo que seguir con la ayuda de los demás, sin apoyar el pie y sin carga a las espaldas. Al llegar al pie del monte Ratlla, plantaron las tiendas y subieron hasta la cima para contemplar, en pleno mes de mayo, una vista preciosa de l’Albufera, con los campos de arroz bien verdes, y un mar azul y limpio de telón de fondo. Cuando bajaron, ya llegaban las primeras nubes. En menos de una hora se montó un temporal de levante: primero, la lluvia, un aguacero que echó por tierra casi todas las tiendas; las que quedaron se las llevó la ventolera que vino después. Empapados y ateridos de frío, los rangers creyeron encontrar su salvación en una paridera que había cerca, y que ofrecía cobijo y un suelo seco. Allí se metieron casi todos, porque algún jefe precavido prefirió dormir mojado y al raso al desconfiar de tanta comodidad… Al levantarse por la mañana, todos empezaron a rascarse. Y es que a plena luz del día ya era posible verlas: ¡pulgas! ¡Y a miles! Se habían metido por todas partes: los sacos, la ropa, las mochilas… El “espulgado” llevó mucho tiempo, y entre eso, la lentitud de la marcha por el esguince del ranger y la senda, abrupta y peligrosa, la tropa llegó tarde a la estación de Tavernes y perdió el tren ―con los billetes comprados y, por tanto, también perdidos―. Algunos rangers pudieron recolocarse en un tren posterior; pero a otros tuvieron que recogerlos sus padres en coches, ya de noche. ¡Xè, de verdad, vaya desastre! Quince días después todavía se las tenían tiesas con las pulgas en sus casas, para alegría de las familias… La verdad es que, casi treinta años después, ya es sólo una anécdota más en la historia del grupo.

Todo hay que decirlo: algunos de estos percances se debieron, lisa y llanamente, a una planificación errónea por parte de las unidades ―de los jefes, más bien―, o a la falta absoluta de esa planificación. Sirva de muestra el campamento de pioneros de 1970 a los Picos de Europa: diez chavalines menores de edad comandados por un solo scouter que acababa de cumplir los 18 años… Los padres se enteraron del desaguisado a la vuelta, y alguno todavía lleva la boca abierta por la estupefacción. Por supuesto, protestaron.

Los campamentos se han instalado a veces en sitios inadecuados: campas fácilmente inundables o directamente en terrenos pantanosos, como ocurrió en Salardú (1986), donde el plano indicaba con claridad que se trataba de un “aiguamoll” ―sobre el conocimiento de la nostra llengua, ya nos extendemos en la opción “País”―; lugares muy elevados, lluviosos y fríos, de acceso muy complicado, como en Àreu o Gistaín; u otros demasiado calurosos y, por tanto, insufribles: en Cazorla, los médicos no podían tomar la temperatura a los enfermos hasta la noche, porque de día no bajaba nunca de 40º ―ni que decir tiene que nunca volvimos―.

 

Las nieblas perpetuas de Salardú (1986)

Otras veces se hacen actividades para las que no estamos preparados, o que sobrepasan nuestras fuerzas. Cuando el accidente de Iñaki Casals en el túnel dels Sumidors, debieron haberse tomado más precauciones; pero es que ese mismo fin de semana, la otra posta de pioneros ―Itaca― estaba en el pantano del Regajo con una empresa de balsas, y asumieron tantos riesgos que los jefes casi tuvieron que disparar al aire para evitar males mayores… En Cazorla, las dos unidades de pioneros decidieron pasar una noche durmiendo en medio del pantano del Tranco de Beas, metidos en la balsa del grupo, sin importarles su mal estado; imaginaos si llegan a naufragar a medianoche… En el volante de pioneros de Gistaín, una de las unidades decidió subir a Posets, uno de los tres miles más traicioneros del Pirineo; a media ascensión, comenzó a formarse una niebla impenetrable, pero decidieron seguir hacia arriba hasta que un jefe más prudente se percató del peligro y ordenó emprender el descenso para cuando ya no se veía nada; tuvieron que hacerlo casi como los ciegos de bastón: a pasitos, tanteando y cogidos de la mano o de los hombros… Esa misma obstinación causó el incidente de Javalambre que aquí os contamos. Y es que una retirada a tiempo suele ser una victoria…

En Salardú, a los jefes de rangers se les ocurrió meter a las dos tropas por una canal empinadísima que desembocaba en el coll de Güellacrestada, a 2.800 metros de altura; tardaron un día entero, claro, con un desorden descomunal. ¿No había una ruta más sencillita?

 

Los rangers lo flipan a la vista de l’Estany de Mar (1986)

El año anterior, esos mismos jefes habían puesto a una tropa a hacer un volante por las carreteras de La Yesa y Alpuente, en las que se alcanzan en verano, y a mediodía, los 40º sin mucho esfuerzo; el rosario de desmayos y lipotimias fue tal que tuvieron que suspender la marcha y volver al campamento. Pero la proeza más disparatada, y también la más famosa, fue la ascensión al collado de Añisclo y posterior marcha a Góriz, que hicieron desde Pineta los pioneros en julio de 1985, y a la que dedicamos un capítulo especial. Desde entonces, los jefes empezaron a comprobar las rutas y sendas antes de meter a los muchachos por ellas.

A veces nos hemos aventurado por glaciares y neveros sin crampones, cuerdas ni piolets, o calzados con zapatillas de deportes. O hemos montado balsas sin las más mínimas medidas de seguridad ―chalecos, flotadores, cuerdas y amarres―, como se puede ver en las fotos de la aventura que organizaron los rangers en 1980 para bajar el Xúquer.

Al agua, a pelo y tan contentos (Rangers, descenso del Xúquer, 1980)

Nos hemos tirado en trineos ―que a veces eran unas meras bolsas de plástico― sin reparar en bancales o cortados, con algún accidente gordo en Gúdar. Hemos bajado simas con lo puesto, y hecho rápel sin demasiado miramiento, con el resultado esperable: algún batacazo espectacular en el patio del Colegio o en las Peñas de Guaita. Los más veteranos recuerdan cómo, a fines de los sesenta, Rafa Mena se los llevaba a la serra de les Agulles para atravesar el mítico paso “cabalgando” sin más material que una cuerda, dos clavijas muy usadas y unos mosquetones. No hubo bajas…

El paso “cabalgando” (Serra de les Agulles), con el abismo a ambos lados

 

Sirvan estas líneas para pedir, de cara a los próximos cincuenta años, un esfuerzo adicional de prevención y de planificación. Aunque, a decir verdad, el número de incidentes ha descendido mucho en las dos últimas décadas. La mejora de los materiales, la aparición de nuevos inventos técnicos ―el GPS y el teléfono móvil, por ejemplo―, el desarrollo de los equipos de rescate, o de las técnicas de cartografía ―mapas mucho mejores y precisos―, y hasta internet, que nos sirve para comprobar las rutas y recoger las experiencias de los que ya han pasado por ellas…, todo ello ha repercutido en unos índices de seguridad envidiables a principios de los ochenta. También, la propia experiencia del grupo: ya no se sube, sino que se baja Añisclo, y dentro de un volante, no de un campamento de quince días; no bajamos a simas ni a cuevas, sin que ello impida que alguno se apunte por libre a un club de espeleología; vamos a sitios que ya conocemos y de los que nos sabemos los riesgos; los padres, muchos de los cuales ya han sido scouts, también son capaces de valorar esos riesgos. Cuando redactábamos este apartado del libro, nos resultaba difícil hallar anécdotas que contar a partir de 1990… La seguridad en nuestras actividades ha aumentado, y bastante. En fin, que cincuenta años dan mucho de sí, y en este punto, el de la experiencia, constituyen un valor para cualquier grupo scout.

Con todo, y pese a las dificultades, aquí estamos, y de una pieza, como decíamos al principio. No hay duda de que nuestro particular ángel de la guarda se ha ganado los galones, las estrellas y las campanas; hasta, si nos apuráis, ha hecho ya la promesa en algún campamento de los más citados: Cazorla, Salardú, Gistaín, Pineta o la Juncanilla. Pero, si en el futuro podemos echarle una mano, mejor que mejor. No sea que algún día pida vacaciones, y ya veremos entonces a quién nos encomendamos…

Por último, alguien que no sea un scout se puede preguntar si merece la pena tanto esfuerzo, que a veces se ve recompensado con el infortunio y la desdicha. Y un scout le responderá que la duda ofende. Como nos recuerda siempre José Luis López “Jupe”: “davant de les dificultats, l’scout canta i xiula…” Es el punto 8 de la Ley Scout, por si alguno se ha olvidado. Y os aseguramos que, para quien no vive según nuestra ley, es muy difícil de entender, y más en una sociedad como la nuestra, tan acomodada y tan enemiga del sacrificio.

Os dejamos con tres relatos que, por su singularidad, merecen capítulo aparte. Son “Perdidos en Javalambre. Rescate en las alturas”; “Túnel dels Sumidors. Rescate en las profundidades”; y “La leyenda de la subida a Añisclo”. Que los disfrutéis. ¡Ah! Y lo dicho: “P’haberse matao”.

 

 

 

 


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