La leyenda de la subida a Añisclo

Corría el año de nuestro señor de 1985 cuando los pioneros y los rutas del grupo XEl Pilar decidieron organizar su campamento de verano en Pirineos. Los lobatos habían optado por ir a Mosqueruela, en Teruel, y los rangers aún más cerca, a los Rubiales, en Aras de Alpuente ―ahora, de los Olmos―. Las ramas más valientes del grupo no se iban a conformar con un plan tan prosaico, así que: ¡a Pirineos! Pero no un campamento cualquiera, no: uno volante de dos semanas, deambulando por el macizo de las Tres Sorores y el Parque Nacional de Ordesa.

El campo-base se instaló en Pineta; desde allí, la primera etapa: hasta el refugio de Góriz por el cañón y collado de Añisclo. Primer error: los jefes no conocían la ascensión de primera mano, sino que la información se la había proporcionado José Antonio Casorrán, por aquel entonces jefe de grupo y de la ruta ―que, por cierto, había partido el día anterior para hacer la misma senda―. Segundo error: meter todo lo necesario para un campamento de 47 personas durante 15 días por un itinerario muy exigente y difícil.

Un gráfico de la ascensión al collado de Añisclo: se sale desde la derecha

La víspera de la ascensión, dos pioneros descerebrados, dos auténticos terroristas, M. L. y L. L., decidieron festejar por anticipado lo que se les venía encima tirando un masclet bien gordo. Como no eran pirotècnics consumats, consiguieron reventar el mechero a un palmo de sus torsos; ¿el resultado?: quemaduras, puntos de sutura, etc. Al padre de uno de ellos, médico de profesión, lo llamaron los jefes para darle la noticia. La respuesta: “A mí no me lo mandéis a casa hasta que acabe el campamento”. Eran otros tiempos y otras sensibilidades…

Al día siguiente, y haciendo gala de la tradicional aptitud del X-El Pilar para madrugar, la caravana se puso en marcha pasadas las 8 de la mañana, es decir, tardísimo. Decimos “caravana” porque la impedimenta era de aúpa: las tiendas canadienses, bombonas grandes de gas ―las azules que pesaban 5 kgs.― con sus lumis, botes enormes de melocotón en almíbar ―también de 5 kgs., de Makro, para ahorrar―, un montón de sacos de arroz, botes grandes de leche condensada y de cola-cao, peroles, sartenes y cazuelas… ¡y hasta cinco guitarras! Ahora bien: sólo una cuerda y un piolet, que eso sí es lastre en la alta montaña… Seguro que Aníbal atravesó los Pirineos, aun con ejército y elefantes, más ligerito.

El cálculo optimista de los scouters era que podrían comer en Góriz. No obstante, a las 6 de la tarde aún estaban a una hora del collado de Añisclo. Y, como todo el mundo sabe ―ahora, claro―, el collado no marca ni la mitad del camino… Para entonces, una parte del material ya había rodado ladera abajo hasta el parador de Pineta: sacos de dormir, esterillas, alguna bombona ―”¡Uy, qué tonto, que se me cae…!”―. Una cosa que suele pasar en la alta montaña ―y a los del grupo, ni os contamos― es que se forman unas tormentas estupendas, con diluvio, rayos y truenos, viento huracanado, etc. Y aquella tarde no iba a ser una excepción. Para cuando llegaron las nubes, todos estaban extenuados. Había que pasar la noche como y donde fuera. Dicho y hecho: en un risco, replano, saliente o como lo queráis llamar, de unos 30 m2, se metieron los 47 como pudieron. Por suerte, había agua cerca… Y más que proporcionó el cielo: un jefe recuerda no haber visto caer los rayos tan cerca en toda su vida. A ese mismo jefe le entró un temblor extraño en todo el cuerpo, mezcla de agotamiento y nerviosismo; suerte que tenía cerca un pionero para tranquilizarlo con un comentario amigable: “Te has puesto así porque sabes que alguno de nosotros se va a matar y tú irás a la cárcel”. Ya se sabe: los amigos están para las ocasiones… En fin, cenaron poco y mal, lo que había a mano, y a dormir ―es un decir, vaya―.

A la mañana siguiente, la niebla no faltó a la cita: espesa como un puré. Con todo, llegaron por fin, a las 8 de la mañana, al collado de Añisclo y respiraron tranquilos. Allí había dos montañeros que miraban la caravana con estupefacción (“¿De dónde han salido estos tíos?!!!!”, debieron pensar). Les preguntaron que dónde iban, y les contestaron que a Góriz. Los montañeros, avezados, les recomendaron esperar a que la niebla levantara para bajar a la Fon Blanca y, por la senda de los mallos de Lacay, subir hasta el collado de Arrablo y descender fácilmente hacia el refugio de Góriz. Lo que hace todo el mundo, vaya… Pero, ¡qué va!, estos tíos no conocían a los pioneros del XEl Pilar. Ellos habían decidido recorrer el circo de Añisclo costase lo que costase, y allá que se fueron, por la ruta de las repisas, el camino de los contrafuertes de la “Punta de las Olas” (3.002 m.), premonitorio de lo que les esperaba.

Un canchal de piedra en la Punta de las Olas

Y ahí empezó una de las mayores epopeyas de la historia del grupo. Si habéis llegado hasta aquí y aún no estáis muertos, no os importará seguir un rato más. Porque lo bueno viene ahora… De primeras se encontraron con una serie de neveros por los que era difícil atravesar sin resbalarse ―y caer al abismo, claro―. Ni cortos ni perezosos, se sirvieron de la “azada de la caca” (la utilizada para excavar agujeros donde depositar los excrementos) para abrir un surco por el que pasar con alguna seguridad.

 

El surco en el nevero

Luego llegaron los cortados y las zonas voladas, es decir, aquellas en que, literalmente, no hay camino. Sin problema: como llevaban una (1) cuerda, fueron bajando de una en una las mochilas, y luego de uno en uno los pioneros. Por fin seguía el camino, eso sí, al borde del acantilado, y a veces agarrados a las cadenas; conforme iban andando, cada 15 minutos se numeraban para comprobar que estaban todos y que nadie había tomado la senda fácil ―la que lleva rapidito al fondo―.

Siempre al borde del abismo…

Hacia las 7 de la tarde, con unas 30 horas de retraso sobre el horario previsto, una ventolera se llevó la niebla y entonces pudieron ver con claridad, en un atardecer precioso, por dónde habían atravesado… Bueno, quien conozca la ascensión a Góriz desde Pineta, y la travesía del circo de Añisclo, sabrá de lo que hablamos… Por fin, noche junto al refugio de Góriz, en seco y con tranquilidad. Al día siguiente, los pioneros asisten a la organización de una partida de rescate de la Guardia Civil ―con helicóptero incluido―: dos montañeros franceses se han despeñado por el mismo camino que les ha llevado a ellos hasta el refugio.

Vistas del cañón de Añisclo

Las aventuras ―y desventuras― no acabaron aquí. Llegados a Bujaruelo después de nuevas travesías, se organizó el raid. Algunos pioneros que no habían escarmentado lo suficiente volvieron a subir a Góriz, ahora desde Ordesa, por las clavijas de Soaso. Uno de ellos decidió adentrarse en la gruta helada de Casteret ―ésa en la que ha entrado medio grupo a lo largo de su historia―, y de ella lo sacaron dos montañeros: no podía salir porque calzaba unas zapatillas Adidas “Stan Smith”, y cada vez que trataba de incorporarse en el hielo, se iba por tierra… Con ese mismo calzado montañero había subido por las clavijas y se había paseado a los pies de las Tres Sorores. En fin, como siempre: “P’haberse matao”.

 

La ruta normal, por Fon Blanca y Arrablo. Al norte, la del cañón de Añisclo

 

Vista de la ruta de las repisas, bajo la Punta de las Olas


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