El material

Hablar de los materiales que han acompañado al grupo en una de las actividades que más distingue a los scouts, como lo es la acampada al aire libre, es hablar de cómo ha variado la forma de acercarse a la naturaleza, una de las bases del escultismo, y por tanto establece también un buen punto de partida para comprender cómo ha sido la historia de nuestro grupo.

Como si de la transición de las hazañas alpinistas de Walter Bonatti a las de los hermanos Pou se tratase, comparar épocas resulta complicado pero, sobre todo, requiere de la comprensión del contexto de cada época. Si bien es cierto que los campamentos se han llenado de comodidades en algunos aspectos, en otros la cada vez más restrictiva legislación y los avances técnicos han forzado el cambio. De la misma forma que la legislación actual obliga a los monitores a asumir una formación cada vez más compleja y exhaustiva unida a una burocracia antes impensable, muchas de las comodidades que proporciona ahora el material vienen impuestas por ley. Antes no había que recoger una muestra de cada comida y congelarla para posteriores análisis en caso de intoxicación, ni las cocinas se veían sometidas a las normas estrictas a las que ahora se ven sujetas. Donde antes apenas necesitabas títulos y formación, permisos o instalaciones, ahora tienes, quieras o no, que cumplir con extensos requerimientos e incluso con sugerencias disparatadas, como la reciente propuesta de las autoridades inspectoras de disponer de un lavavajillas para lavar en caliente. La tendencia conservadora de las comunidades autónomas en relación a los campamentos de “quita y pon” que solemos montar los grupos scouts obliga a tener estructuras cada vez más sólidas y cómodas. Por otro lado, también con normalidad se ha ido aceptando como una consecuencia del progreso. Esto no debe difuminar la idea de que el escultismo ha de ser austero, y lo cierto es que algunas de las recientes adquisiciones, en lo que a material “pesado” del campamento se refiere, son consecuencia más del ingenio y la imaginación del kraal que de grandes derroches económicos.

Después de esta introducción, lo primero que hay que apuntar es que la evolución del material en el grupo ha sido espectacular. Y es que al principio no había nada de nada, lógicamente. Las tiendas de campaña se alquilaban en Deportes Puig cuando había excursión y, como no tenían suelo, había que llevar papel de periódico como aislante; los sacos de dormir eran en realidad dos mantas dobladas y cosidas con amor por las madres de los scouts; las botas eran tipo “chiruca”, aunque menos evolucionadas, incluso algunos conseguían botas viejas sobrantes del ejército, muy baratas; las mochilas eran pequeñitas ―menos de la mitad que las actuales― y panzudas, hechas de algodón, con grandes bolsillos laterales y traseros, un modelo clónico que casi todos llevaban; no importaba: no había muchas cosas que cargar dentro…

Las mochilas “panzudas” y alguna tienda

Para la cocina se utilizaban peroles, sartenes y paellas viejas del colegio, y se guisaba directamente sobre el fuego, con unas trébedes, generalmente hecho en un hoyo en el suelo, aunque a veces se podía utilizar algún paellero o caseta… Y esto era en un grupo de los considerados “ricos”, con posibles, cuyos miembros llevaban platos y vasos metálicos para comer, todo un lujo en la época.

Pero bueno, esos fueron los tiempos de la “cuadrilla guerrillera”, la época de Villarreal y Zudaire, cuando todo comenzaba. Las cosas empezaron a cambiar a mediados de los sesenta, con la llegada de Diego Sevilla a la jefatura de grupo. Con tres tropas y doce patrullas en total, había que organizarse. Y es que por un lado estaba el material de salir al monte, que todos compartían ―unas 2.000 pesetas de entonces―; por otro, el de la patrulla, para siete muchachos ―800 pts.―; y, finalmente, estaba el equipo de cada tropa ―3.000 más―. Por estas fechas, se acuerda la compra de tiendas canadienses para el grupo; de hecho, el kraal hizo una circular a los padres para informar sobre la adquisición de nuevo material. El alquiler de las tiendas para un campamento de verano ―que duraba entonces 20 días― suponía un coste de unas 130 pts. por unidad, y estaban bastante usadas. La compra supuso un desembolso fuerte, pero recuperable a la larga con el ahorro del alquiler. Las elegidas fueron unas canadienses, tipo “Miami 200”, que costaron unas 3.000 pts. por unidad. Estaban pensadas para cuatro adultos, pero como los scouts eran más pequeños, entraban hasta siete aprovechando el ábside. Eso sí, constaban de cinco bultos pesadísimos: tienda, suelo, doble techo, palos o mástiles y piquetas. En total, unos doce kilos.

Con ese material, el grupo aguantó muchos años, sustituyendo las tiendas más deterioradas por otras nuevas del mismo tipo. Algunas llevaban ya el suelo cosido al techo, lo que era una garantía para no mojarse cuando llovía; pero la pieza resultante pesaba un quintal. Al que le tocaba llevarla en excursiones y volantes le había caído la china. Además, lo que perdimos con esta clase de tiendas nuevas era la posibilidad de ventilarlas en profundidad, ya que al llevar el suelo cosido al techo, no era posible enrollar las faldillas de la parte inferior del techo para que el viento entrara por debajo y las aireara por las mañanas; esto hacía que a veces fuera difícil entrar en alguna, por el olor penetrante del interior: las mejoras tienen también sus inconvenientes… Para estas adquisiciones, el grupo utilizaba los catálogos de “La Hutte”, una empresa francesa que era proveedora oficial de Scouts de France y que tenía tiendas por todo el país vecino, incluido una en Perpiñán, de la que se traían los catálogos; nos imaginamos que luego se compraría a través de Deportes Puig u otro negocio, buscando siempre el mejor precio.

Esta clase de tiendas ―con o sin suelo cosido― se usaron hasta 1983, porque poco antes se hizo otra gran inversión en la compra de una gran cantidad de la marca “Legionowo”, que es una ciudad de Polonia donde se hacían, de ahí el nombre que recibieron de “polacas”. Eran pesadas hasta decir basta, pero muy resistentes y bastante versátiles, pues lo mismo servían para acampada corta, que para campamentos. El doble techo era tan robusto que para los volantes sólo se usaba esa pieza… La capacidad era de unos 5 adultos, y el suelo iba unido a la tienda. Se compraron en 1982 tras varias gestiones, se estrenaron en el verano de ese año, en Gúdar, y marcaron la actividad del grupo durante más de una década. Se completaban con unas tiendas de “Altus” mucho más grandes para la manada, que por su tamaño se llamaron “lobateras”, pues podían meterse en ellas hasta 9 lobatos: como un cubil, vaya…

Los palos o mástiles de las tiendas eran dos al principio, normalmente en tres piezas separadas; más tarde llegó el longitudinal, que iba entre los dos verticales. Luego vinieron las modernidades de palos en V invertida para el ábside ―la verdad que el dormir mejoró mucho sin un palo en medio de la tienda―. También la cadenita interior que evitaba que se separaran las piezas de un mismo palo fue una mejora notable. Hablando de mejoras, en la década de los noventa aparecieron los iglús, ligeros y cada vez más resistentes. Su primer uso se data en el campamento volante de los rutas en Hecho, en 1992. Luego se generalizó la compra y utilización ―combinados con las canadienses―, por la comodidad para el transporte en todo tipo de salidas al monte y la facilidad con que se instalan. Pero, fuesen unas tiendas u otras, para montarlas siempre nos faltaban piquetas ―utilizábamos palos de madera en su lugar―, de modo que mientras unos montaban la tienda, otros se dedicaban a enderezar las piquetas dobladas, siempre con piedras, para poder utilizarlas adecuadamente.

A medio camino entre las tiendas y la cocina, tenemos que referirnos a las que han servido de albergue y refugio a los fogones, y también a los comedores, a la comida y al resto del material; es decir, a las beduinas y a los pabellones, esos monstruos de tela y plástico que nos han ayudado a sobrevivir cuando las condiciones de un campamento se han puesto cuesta arriba. Desde fines de los setenta existían las “beduinas”, unas tiendas más grandes que las canadienses, con forma cuadrada, de casita, y más altas. Se usaron, sobre todo, para albergar el material, la enfermería y la despensa de la cocina, tanto en los campamentos de grupo como en los de lobatos, cuando se hacían por ramas ―eran intransportables en un volante por su tamaño―. Estas tiendas eran muy complejas de montar, no había ningún tipo de papel explicativo con instrucciones y generaban un buen conflicto entre los valientes que se ofrecían a resolver el rompecabezas. Pero siempre había tipos “echaos p’alante”, como Nacho Urios o Javier Llavador, que se ponían a ello, a veces bajo la dirección de Chimo el cocinero… Mientras, la cocina quedaba bajo el amparo de unos toldos enormes de lona, bastante antiguos, que se ataban a los árboles hasta darles la forma deseada. La experiencia de Salardú, con sus lluvias y nieblas constantes, mostró que, si se quería regresar al Pirineo con todo el grupo, más valía adquirir tiendas grandes en las que cupieran los comedores y, de una vez por todas, la cocina. Así llegaron los pabellones, tiendas enormes de coloración militar, muy duros y resistentes, pero descaradamente pesados. Se estrenaron en Gistaín ’88, y salvaron al grupo de una debacle meteorológica nada más montarse, como os contamos en otra sección.

El primer pabellón del grupo (Gistaín ’88)

Con el paso del tiempo, los nuevos de Altus, mucho más ligeros, pero también menos resistentes, han complementado ―que no suplantado― a aquellos. Pudimos comprobar su resistencia a la lluvia en una tormenta, en Hecho 2010, en la que uno de los pabellones ―prestado por Xaire― se tuvo que rajar para eliminar la bolsa de agua que se había formado.

Si nos fijamos en la cocina, vemos que los cambios no han sido tan notables. Si le echamos un vistazo a un catálogo de hace medio siglo, y lo comparamos con los trastos que hoy día guardamos en el local de material, comprobaremos que… ¡son casi iguales! Las marmitas, cacerolas, sartenes, peroles, barreños, cubos, platos, cazos y raseras, trípodes, fogones y quemadores y, en general, todo el material de cocina que llevamos a los campamentos, tiene una pátina de sabor antiguo que ha ido adquiriendo con el paso de los años. Siempre ha sido muy pesado, con la excepción de las jarras de plástico para servir el chocolate en los desayunos, que se incorporaron como gran novedad a mediados de los setenta. Y ha sido también fuente de tareas torturantes: lo más pesado de los trabajos comunes eran esas grandes fregadas que parecía que no

El horror de los peroles (Cazorla ’84)

acababan nunca, y que devolvían ollas y pucheros a la cocina para la siguiente comida suficientemente limpios a nuestros ojos, pero nunca a criterio de Chimo el cocinero, quien más de una vez tenía que emplearse a fondo con ellos por su cuenta.

Pero bueno, de eso no se ha muerto nadie, sino que, al contrario, conseguimos una inmunidad que ni las vacunas de hoy en día… Y, a veces, la tradición es un grado: algún material más ligero ―de aluminio― adquirido por el grupo a posteriori, fue prohibido después por cancerígeno, o eso dicen…

Para alimentar los fogones en la cocina siempre hemos llevado bombonas naranjas de butano, que pesan lo que no está escrito cuando están llenas. Ahora, con el camión y las carreteras asfaltadas, su transporte es más sencillo; pero antes había que acarrearlas, a veces, por largos trayectos en los que no se aventuraba ningún tipo de transporte a motor. En un campamento fue preciso alquilar unos burros para que las llevaran, y uno de ellos se cayó por una ladera rodando con una o dos bombonas; aunque muchos pensaron en una explosión que hubiera hecho trizas al burro, afortunadamente no pasó nada: el jumento se levantó como si cualquier cosa y la cosa quedó en un susto.

Y los medios de transporte: ¿qué diríamos de su evolución? Sólo los más veteranos recuerdan que el grupo dispuso en propiedad de una, ejem, motocicleta, marca “Velosolex”, que se utilizaba para ir a comprar el pan al pueblo más cercano; bueno, lo de “moto” es un eufemismo, pues en realidad era una bicicleta a la que se le había adosado un motor desmontable de 50 cc. en el guardabarros delantero para dar tracción a la rueda. Otro clásico fue el autobús “Studebaker”, que durante el año llevaba a los estudiantes del colegio a sus casas ―al principio, casi nadie vivía cerca de las aulas―, y los fines de semana, Navidad, Pascua o en verano se utilizaba para llevar a los scouts a sus sitios de acampada. El alquiler de burro era usual en los 60, para llevar el material más pesado, por ejemplo desde Moixent hasta el Bosquet o desde Dos Aguas hasta el cauce del Xúquer, en los campamentos de Semana Santa. También se utilizaban los coches de la comunidad marianista, como aquel en que se accidentaron José Luis CanoManuel y Rafa Mena con varios scouts, sin más consecuencias. En Pajaroncillo, en 1977, se utilizó un genuino “cuatro latas” blanco, es decir, un Renault 4, de apenas 850 cc.

El Renault 4

Con el tiempo, empezamos a alquilar vehículos, desde miserables Seats “Panda” hasta grandes “furgonas” y camionetas, y así nos hicimos amigos de los gerentes de diversas casas de alquiler de coches de Valencia. Incluso algunos jefes incautos llegaron a llevarse sus propios vehículos a los campamentos, con el resultado desastroso que ya os podéis imaginar…

Cambiamos de tercio. En el archivo fotográfico del grupo ―y en nuestra memoria― se aprecia con claridad la evolución de las mochilas: pasaron de ser ese “saco” de algodón con bolsillos a tener una zona reservada en la parte inferior para el saco de dormir; y cuando apareció la comodidad de la esterilla ―a fines de los setenta―, se podía colocar en la tapa de la mochila, lugar antes destinado muchas veces al saco. Durante mucho tiempo, algunas se fabricaban con hierros: eran muy pesadas, pero podías rellenarlas de cualquier manera, que siempre quedaban de pie… Hablando de hacer mochilas, aunque hoy día hay ―más o menos― un consenso en cuanto a cómo ordenarlas, es cierto que hemos pasado por todo tipo de organización: saco abajo, saco arriba; todo suelto o todo en bolsas; lo más pesado, abajo o en el centro… Siempre en las reuniones antes de los campamentos había un tiempo para explicar por enésima vez cómo se hacía la mochila: si hay cosas que son un rollo en los scouts, ésta era una de ellas.

Un rollo, lo de la mochila (instrucciones para lobatos, 1979)

Hoy día continúa la tradición ―aunque hoy se reparte un papel con instrucciones― y nos tememos que se seguirá explicando a perpetuidad. Eso sí: cada objeto marcado con el nombre, no con la típica cruz que confundía, puesto que todos hacíamos lo mismo. Ahora, los bolígrafos marcadores y las tiras de tela adhesivas simplifican mucho la faena. Los materiales, siempre, a mejor…

En las mochilas hay tendencia ―en especial, por parte de los padres― a meter toda clase de objetos y trastos que pueden llegar a ser útiles, aunque sea remotamente. En las primeras dos décadas de historia del grupo, era normal llevar navaja o machete, y jugar a “cortar terreno” o incluso a lanzarlos, al suelo o a un árbol. Había de todo tipo, pero los más preciados eran aquellos que tenían un escudo con la flor de lis. Normalmente, las navajas multiusos eran demasiado funcionales y se fardaba poco con ellas; al fin y al cabo, presumir era el objetivo principal, ya que los machetes no se dedicaban ni a cazar ni a pelear con ellos. Con el tiempo fueron prohibidos por el riesgo que comportaban, y ahora se va al monte con las multiusos; como en todo, también aquí los modelos han mejorado mucho.

Hablando de cortar, no podemos olvidarnos del material más peligroso de que dispone un grupo scout ―junto con las bombonas de gas, claro―: hachas, sierras y serruchos, palas y azadas, picos, picoletas y punzones, arpones y garfios, etc.: el material “cortante”, vaya. ¿Cómo construir comedores o cocinas, cavar letrinas, zanjas, hoyos y canaletas, instalar toldos, hacer P.H.’s, montar el rincón de la patrulla y las paraetas de un gran juego…? En fin, todo eso que tanto nos entretiene, mezclado con la cuerda de pita y los dichosos amarres con sus nudos legendarios. En este punto no ha habido grandes innovaciones, más allá de la mejora de los materiales y de los instrumentos cortantes; como en la cocina, todo es parecido. Y es que una azada siempre será una azada…

La iluminación es cuestión aparte, sin duda. Al principio todavía se utilizó algún farol viejo de petróleo o de aceite, con su asidero metálico y su depósito, con tapón, para el carburante. Pero pronto se adquirieron para las tropas faroles de gas butano, con sus correspondientes bombonas, que acabaron conviviendo un tiempo con los otros, que no eran muy funcionales. La llegada del “camping gas”, lumogás, “lumi” o “lumo” ―lo hemos llamado de mil maneras― facilitó hacer las veladas y fuegos de campamento cuando ya no se podían hacer hogueras en el monte. Además, la posibilidad de quitar la lámpara para ponerle un infiernillo hizo mucho más atractivas las excursiones de fin de semana ―al menos para los scouters―, ya que se pasó del bocadillo seco hecho el día anterior a la posibilidad de comer un buen embutido recién hecho, lo que era la envidia general ―los troperos de los sesenta guisaban por patrullas sobre un fuego hecho por ellos mismos―. Pero también tenía sus inconvenientes: a veces había que conseguir bombonas llenas en lugares remotos y apartados de la civilización; y luego estaba el problema de las camisas: todos éramos ―y somos― expertos en quemar camisas de lumogás y prepararlas para su uso, pero la realidad es que siempre hemos necesitado alguna de más para conseguir una en buen estado, y siempre y cuando alguien inexperto no la tocara cuando estaba apagada y la deshiciera entre los dedos. Con los años, los hornillos pasaron de utilizar pesadas bombonas de hierro a ser ligeros cartuchos desechables, mientras los “lumis” pasaron de necesitar un mechero a llevarlo incorporado, de manera que se encendían con un simple “click click”. ¡Y qué decir de las linternas! De aquellas antiguas rectangulares de metal, de colores, que iban con una pila de petaca y tenían una pantalla enorme, hemos pasado a los dispositivos con “leds”, mucho más luminosos, y que se pueden llevar en la cabeza con una cinta, dejando así las manos libres para trepar, trabajar o jugar por la noche.

Una última sección es la del material, podríamos decir, de “aventura”. Hablamos de las cuerdas y las cintas, y también de mosquetones, poleas y bloqueadores, piolets y crampones, arneses y cascos… Y aquí si que la mejora ha sido estratosférica. En los primeros años, cada tropa disponía de dos (2) cuerdas de cáñamo, una más grande y otra más pequeña, y pare usted de contar. Con las compras de mediados de los sesenta llegaron cuerdas más idóneas, y los primeros mosquetones. Con ese material algunos de los “locos” del grupo ―así los llamaba Zudaire―, como los Costa o los Bel, se empinaron por las Peñas de Guaita o los riscos de la Serra de les Agulles. Aún hoy da miedo verlos en las fotos, con aquellas cuerdas nada flexibles, atados con mosquetones anticuados y lazadas primiti-vas. Apurando el poco material que había, los pioneros de 1969, dirigidos por otro “loco” ―Rafa Mena― subieron al Monte Perdido, atravesaron glaciares y se internaron en la gruta de Casterets, como nos cuenta Javier Bel. En las décadas siguientes, la cosa fue mejorando poco a poco, pero sin un despegue definitivo. En el grupo se prefería, por cuestiones de seguridad, que la escalada se realizase en clubes “ad hoc”, y no dentro de las actividades habituales, siempre con alguna excepción en las ramas mayores. Fue la época del “puente-mono”, de las tirolinas sobre un río, del rápel sencillito y controlado, aunque algunos se bajaron la pared del viejo frontón del colegio desde el quinto piso―, siempre con el miedo en el cuerpo por un desliz o una cuerda de seguridad mal fijada. Por fin, en la década que acaba de terminar, unos kraales más animosos y volcados a estas actividades han prestado atención a esta sección del material, que nada tiene que ver ya con aquellas dos sogas de cáñamo de las tropas primerizas…

Las últimas dos décadas han traído una evolución espectacular en el material más pesado. Empezamos por los malogrados WC químicos, que dieron paso más adelante a las letrinas actuales, pesadas pero funcionales y resistentes y cuyo modelo debimos patentar, ya que lo ha empleado más de un grupo de Guinomai copiándolo de principio a fin, con nuestro beneplácito y el disfrute de ver que el invento fue más que bueno. Todo hay que decirlo: el material se ha compartido con inteligencia, solidaridad y sentido común con Xaire desde los primeros campamentos de éstos. Se les prestó material complejo de conseguir en sus inicios y posteriormente, conforme Xaire se ha desarrollado y conseguido infraestructuras, el préstamo se ha ido haciendo mutuo. Por ello hemos podido disponer del enorme fregadero de cocina que permite meter dentro los peroles grandes o fregar a toda una rama a la vez. Veremos qué pasa ahora que vamos a coincidir en las fechas de verano… Por cierto, el primer fregadero metálico de un campamento de verano se estrenó en uno de rangers, en 1987 ―el de la Sierra del Agua, en Tragacete―, y era una pieza robada de un vertedero. Tras fregarlo y adecentarlo, se le pudo colocar una compleja red de tuberías que ahora harían sonreír; pero cuando abrías el grifo, ¡salía agua! Siguiendo por la cocina, hemos pasado de una nevera de butano ―que se compró a mediados de los ochenta― a varios congeladores alimentados por el grupo electrógeno. La bomba de agua y las duchas han completado el material de grupo junto con depósitos y fregaderos.

La verdad es que en todo esto íbamos muy por detrás de los grupos que se habían integrado en el MEV desde la Zona XV de Scouts de España en 1985; estos llevaban ya mucho tiempo desplazando a las zonas de campamento un camión lleno del material más diverso, que habían ido acumulando durante lustros. Alguna idea tomamos de ellos, y también la conciencia de que este apartado había que tomárselo más en serio. Por eso, ahora contamos con un buen aparejo que facilita el montaje y proporciona mejores condiciones de acampada; pero nos hemos ido al otro extremo: en algún campamento hemos llegado a precisar, para el transporte, de dos camiones, fruto también de la tendencia a llevarse todo lo que hay en el local, se use o no se use luego. Entre los cachivaches que suben y bajan los últimos años, siempre ha estado una pizarra con forma de cocinero de algún bar de la zona ―con su misterioso olor a pis―; y el recientemente incorporado “megatron”, más tarde llamado “fender”, que no es otra cosa que un equipo de música que, conectado al grupo electrógeno, ha sido el alma de las fiestas y una forma de ofrecer muchas posibilidades nuevas, pero también motivo de reflexión en el seno del grupo por su “uso y abuso”, a veces en detrimento de guitarras y cantos.

Esa mejora de los materiales el escultismo la ha vivido de cerca, especialmente en lo que a la evolución de los tejidos, tiendas y material de camping se refiere. La evolución ha convertido los volantes en otra experiencia, de la misma manera que, en general, ha cambiado la forma de hacer camping y alpinismo. Los jerséis de lana, el algodón en calcetines y camisetas, los impermeables de plástico puro y duro y las botas embadurnadas de grasa de caballo para impermeabilizar, dieron paso a membranas impermeables en tejidos laminados, y las palabras polar, soft-shell, camiseta transpirable y goretex (como máximo exponente de la membrana PTFE) pasaron a hacernos la vida más sencilla. Y podemos seguir con las nuevas cantimploras, mochilas, sacos y material de volantes en general. Es fácil comprobar que hacer un volante hace 30 años y hacerlo ahora no es lo mismo, los avances técnicos nos han facilitado mucho la tarea.

Por otro lado, no podemos hablar del material en el grupo sin hacer mención de “l’Aventura”. “L’Aventura” no es sólo la tienda de la asociación, sino que ha estado muy ligada al grupo desde sus orígenes y especialmente desde que Mari Carmen Palop, la primera jefa del Décimo, asumió su gestión y parte de la propiedad que comparte también con la Fundació Sant Jordi. Ambos han apostado por ofrecer material para el escultismo y sus actividades relacionadas, más allá del negocio que en sí supone. Y esa relación ha sido especialmente fructífera para el grupo. Desde los chavales y scouters, privilegiadamente atendidos con descuentos y asesoramiento personal, hasta la compra de material general para el grupo, la “tenda” ha ido convirtiéndose en un lugar de referencia para el equipamiento en todos sus niveles. Y también en una forma de avanzar, porque con ella los scouts han ido aprovechando las mejoras y avances de la técnica en relación a todos estos aspectos. No obstante, la mayor de las ventajas es tener por fin quien repare las tiendas, nos suministre el recambio de aquel palo estropeado o nos facilite encontrar un pabellón más adecuado para la cocina o el material.

Nos despedimos con un recuerdo hacia la figura sin la cual no estaría completo el relato de esta parte de nuestra historia. Nos referimos, obviamente, al “materialero”, es decir, el miembro del kraal al que le cae en suerte la responsabilidad sobre las cosas y trastos del grupo. Sus funciones son muy variadas: llevar inventarios y hacer presupuestos, reponer lo que falta y proponer compras y novedades, atender al cuidado y mantenimiento de las cosas, tenerlo todo listo para cuando llega el campamento de verano, organizar las “jornadas lúdico-festivas” ―la revisión y remiendo del material―, pelearse con los jefes amantes de hacer la puñeta… Y no hemos citado aún la peor: conservar ordenado y limpio el local en el que se guardan tantas y tan variadas cosas. ¡Una auténtica pesadilla! Vaya desde aquí, pues, nuestro reconocimiento a todos los “materialeros” de la historia del grupo, por su esfuerzo y dedicación a una tarea no siempre grata.

El local, pesadilla del “materialero”

 

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