El colegio y los locales del grupo

De todas las necesidades que tiene un grupo scout para su funcionamiento, si quitamos a los propios scouts y al kraal, el local es, desde luego, una de las más importantes. El local es la madriguera para los lobatos, el taller para los rangers, la base para las empresas de los pioneros, el punto de encuentro para los rutas, y el lugar de planificación y evaluación para el kraal. Si bien es verdad que un grupo podría llegar a funcionar sin locales, la realidad es que sería un quebradero de cabeza enorme para la organización y animación de los scouts.

El Grupo XEl Pilar siempre ha sido afortunado por disponer de locales, al haber nacido al amparo del Colegio. Bien es cierto que no siempre los tuvo “en propiedad”, pero las instalaciones colegiales han facilitado el desarrollo del grupo y hoy en día, para sus actuales miembros, sería impensable no disponer de estos recursos para su uso exclusivo. Pero esto no siempre fue así, ya que durante muchos años ―sobre todo en los comienzos― se utilizaban locales que había que dejar limpios, ordenados y sin material alguno tras cada reunión, puesto que tenían otros usos durante el resto de la semana. Debemos tener en cuenta que los espacios del Colegio han ido creciendo durante décadas; se han ido construyendo nuevos edificios ―el más reciente, con el pabellón deportivo y las instalaciones de educación infantil, se acaba de inaugurar― al socaire de las nuevas necesidades colegiales, lo que explica también los frecuentes cambios de ubicación del local scout, que ha conocido hasta seis emplazamientos diferentes.

Los primeros locales del grupo, por llamar así donde se celebraban las reuniones, se encontraban en un cuarto que había sido la sacristía de la primera capilla que tuvo el Colegio. Estaba en el sótano, junto a las cocheras y el gimnasio. Las tropas ―hasta tres― se reunían en una habitación junto a los vehículos del cole, casi compartiendo espacio con la famosa “vaca” (el autobús “Studebaker”) que repartía a los alumnos por la ciudad. Se procuraba que cada patrulla tuviese una pared, o una esquina, para que le sirviese de rincón donde dejar su material, instalar sus banderas e insignias, los bordones, etc. No nos preguntéis cómo cabían allí doce (12) patrullas, porque aún no lo sabemos muy bien; y más cuando los lobatos empezaron su andadura, allá por abril de 1966. Pero si hay una entidad que ha sabido sacarle el máximo partido al espacio disponible en el Colegio, ésa ha sido el grupo scout… También es verdad que, entonces, la mayor parte de la actividad discurría fuera de los locales: los juegos de todo tipo, las técnicas, las pruebas de clase, etc. se hacían en el patio, o en las enormes terrazas de los pisos superiores; además, se salía al monte muy a menudo, una o dos veces al mes como mínimo, con lo que la falta de espacio se notaba menos: el patio y la naturaleza eran el gran escenario de la vida scout; el material propio apenas existía, pues se alquilaba para las salidas, lo que hacía más sencillo “despejar” el local cuando era necesario. La sala sí se utilizaba para la actividad de los pequeños grupos: reuniones de patrulla o de guías, cortes de honor, o la mensual de todo el grupo. Pero a veces había que vaciarla, cuando el colegio la precisaba para otros usos. ¡Ah! Y sabemos por los “Anales” que, en octubre de 1965, el local se inundó después de una típica tromba de agua otoñal. Poco antes, Enrique Zudaire había realizado una primera incursión en el local de bicicletas del patio, pero no logró consolidar la ocupación…

Posteriormente, alrededor de 1967, las reuniones pasaron a realizarse en el gimnasio. Los lobatos se reunían por seisenas en las esquinas y utilizaban las espalderas y las cuerdas que había colgadas para jugar y trepar, pero no se consideraba como un lugar propio donde dejar cosas o decorar las paredes. Es más, el material se guardaba en unos armarios en el coro de la iglesia, por lo que no se podía recoger mientras se celebraba misa; por ello, era necesario planificar su retirada con antelación, no fuera que luego, al ir a recogerlo, se encontrara uno en mitad de la Eucaristía y recibiera una reprimenda por ello.

Pero en lontananza empiezan a aparecer los primeros signos de cambios educativos, lo que luego será la llamada “Ley Villar Palasí”, con la EGB, el BUP y el COU, lo que planteaba nuevas necesidades de espacio para habilitar más aulas, laboratorios… Así que hubo que abandonar el sótano ―ya volveríamos más adelante― para salir a la superficie y trasladarse a un local que estaba en el patio: el antiguo garaje de bicicletas. Estaba en la esquina sureste del edificio, enfrente de la fuente de agua con chorritos que no paraba de manar junto a los urinarios (que era, por cierto, el único fuera de banda permitido cuando jugábamos a fútbol en el PROFAL); muchos lo conocéis como la paraeta de D. Tomás, y ahora son unos lavabos… Era un local con tres grandes espacios: la primera sala estaba dedicada a los lobatos, la segunda a los rangers y la tercera, a los pioneros. Pero como no tenía pasillo, se hacía necesario pasar por la reunión de lobatos para ir a las otras, si se llegaba tarde… Se asignaron en ese orden porque, cuanto mayor es el scout, menos juega, y, por tanto, los lobatos estaban más tiempo en el patio y había menos posibilidad de molestar en sus reuniones si se entraba o se salía. Era oscuro como la boca de un lobo, pues carecía de ventanas o claraboyas; se iluminaba mediante fluorescentes y lámparas, y alguna de estas ―la que había en el local de pioneros― era psicodélica, muy del gusto “pop” de los setenta. Este local ya fue decorado, pintado, amueblado y acondicionado por cada rama en 1968, y sus colores eran evidentes: cada cuarto era su refugio. Pepe Costa ha dejado por escrito cómo se acondicionó durante el otoño de dicho año, eligiendo primero la distribución, fabricando luego parte del mobiliario ―los bancos, por ejemplo―, y limpiándolo para la inauguración. Ésta tuvo lugar el 28 de noviembre de 1968, con la asistencia de algunos padres, palabras del jefe de grupo y del consiliario ―Rafa Mena y Pepe Ivancos―, la celebración de una ceremonia de entrega de pruebas y especialidades y, para acabar, un sopar de germanor.

El “apelotonamiento” causaba un extraño efecto: cuando eras lobato, anhelabas ese paso de rama que te permitiría introducirte más en el local ―en la siguiente pantalla, como en un videojuego― y husmear en unas profundidades que te estaban vedadas. En ranger, se te iba la mirada al ver durante tus reuniones cómo los pioneros entraban y salían del último cubículo, tan oscuro, del que siempre emanaba un misterioso humo como de cigarrillo… Cuando por fin eras pionero y habías llegado al fondo del local, sentías que habías alcanzado lo más alto del juego y te enorgullecías de poder pasar por las otras salas sin ser recriminado, sino más bien admirado.

 

La entrada al viejo local del patio, en 1976

La envidia de lobatos y rangers conducía, en ocasiones, a que tendieran traicioneras emboscadas a los pioneros: apagaban las luces, lo dejaban todo a oscuras y, cuando se acercaban los “casacas rojas”, caían sobre ellos en manada ―nunca mejor dicho― y los llenaban de patadas y puñetazos. Luego, eso sí, los pioneros los esperaban a la salida, en el patio, con ganas de revancha… Seguro que a alguno ya le come la curiosidad: y los rutas, ¿qué? Pues tenemos que contaros que no existía entonces la Ruta; como mucho, había algunos róvers o “robertos”, que utilizaban para sus contadas reuniones el local de pioneros cuando estaba vacío, o cualquier hueco en el colegio.

Si bien este local fue muy duradero y aportó grandes ventajas y facilidades al desarrollo del grupo, lo mejor ―como siempre― estaba por llegar. Y lo mejor fue el retorno al sótano a principio de los ochenta, pero esta vez con local propio, y no como en los sesenta. Efectivamente, en 1980 comenzó una reforma general del edificio: las cocinas y comedores bajaron del tercero al sótano, y éste fue remodelado en profundidad para darles cabida, junto al gimnasio, salas de dinámica, la carpintería y… ¡el nuevo local!, que suponía disfrutar de una zona mayor, con una distribución más racional. Ocupaba parte del sitio que acabamos de abandonar en 2009, pero incluía el pasillo, que antes no existía (al bajar las escaleras y girar a la izquierda, sólo estaba nuestro local y no podías pasar hacia el otro lado). Disponía de dos cuartos espaciosos para lobatos y rangers, con luz natural y ventilación que entraba por los ventanucos que dan a la calle y que todos conocéis. Estaban equipados con bancos de madera, paredes cubiertas de corcho, con paneles amplios para cada rama, montones de carteles, dibujos y pinturas ―en el de rangers había una muy chula, de un arco iris que ocupaba toda una pared―, hasta una librería con su pequeña biblioteca scout. En fin: un hogar…

 

El local de rangers tenía hasta una librería…

En el distribuidor de entrada ―lo que es ahora el pasillo―, se montó una estructura metálica con vigas, columnas y chapas que incluía un altillo para los pioneros; y es que ellos siempre se quedaban el espacio más chulo, pues eso servía de estímulo para querer llegar ahí. Al altillo se accedía por una escalera estrecha y empinada.

 

El local en 1986; arriba, el altillo de los pioneros, que se desmontaría poco después

Los rutas podían meterse en el “zulo” ―diminuto y oscuro― que quedaba debajo del altillo, o bien buscarse la vida en algún piso cedido cercano al colegio.

El nuevo local tampoco era como para tirar cohetes: en algunas zonas debías agacharte para no darte en la cabeza con la estructura metálica, por ejemplo; pero las salas ofrecían la posibilidad de albergar dos unidades por rama, lo que era necesario puesto que el grupo entonces era muy numeroso, al contar con más de 200 integrantes. Con todo, aquí no cabía el material que se había ido adquiriendo a lo largo del tiempo: cacerolas, trípodes, tiendas, doble techos, etc.; pero se contaba con un cuarto suficientemente espacioso en el último piso del colegio, al final del pasillo que daba a la pared del frontón y el cobertizo (la norte). No os hagáis ilusiones: estaba siempre desordenado, era un lugar de pesadilla donde el responsable de material del kraal, fuera quien fuera, se desesperaba eternamente y nunca conseguía tenerlo controlado. Pero eso ya os lo contamos en otra parte…

El local del que hablamos sufrió una vida bastante azarosa. En 1987 se abrió la comunidad de religiosos jóvenes del quinto piso, y antes hubo que llevarse el material de allí. El colegio cedió en el sótano un espacio de la antigua carpintería-taller para todo, justo al lado del local de reuniones, que los pioneros pintaron y asearon lo mejor posible, pues era un cuartito mínimo en el que los más altos entraban agachados. Esos mismos pioneros habían elegido, al principio de la ronda 1986-1987, una empresa que consistía en reformar los locales. Y así, bajo la dirección artística de Mari Carmen Palop, y la técnica de Miguel Ángel Jiménez, se pintó y reformó el mobiliario, poniendo en las salas de lobatos y rangers sendas mesas gigantes abatibles, y fabricando los bancos, que todavía hoy se utilizan, alguno incluso fuera del local ―el banco del coro de la iglesia del cole―; se pusieron también unas lámparas de madera con unas pantallas de papel cebolla con la flor de lis pintada. Todo ello supuso la desaparición del mítico altillo de los pioneros. En fin, al menos sus estructuras metálicas sirvieron para hacer algunas estanterías, necesarias para colocar el material…

Ese local de material, es decir, el cuartito contiguo, es donde el grupo aprendió a meter los diferentes elementos de su infraestructura campamental como si de un “tetris” gigante se tratara. Tal era la complejidad de la operación que, si alguna de las partes no se introducía adecuadamente, el tinglado no se podía montar. Resultaba imprescindible guardar en la memoria la forma en que se metían los palos largos, o cómo se colocaban los pabellones en el interior de la estructura de las letrinas. Todo ello sin olvidar que había que dejar a mano los elementos que se pudieran necesitar durante el año, ya que, de no ser así, sería imposible utilizarlos luego. Pasado un tiempo, y con más mecano, madera y paciencia, se construyeron estanterías más grandes para amueblar de la mejor forma posible un local de material que permanecía únicamente como almacén durante la mayor parte del año. Además, en un hueco inverosímil se metieron unos ficheros metálicos para guardar el archivo del grupo, parte del cual ha llegado milagrosamente hasta nuestros días. En la puerta exterior del cuartito figuró durante un tiempo un vinilo con el logo del grupo, expresamente encargado por Samuel Forcada. Tras el cambio de logotipo que se llevó a cabo para afrontar el nuevo siglo, se quitó y se sustituyó por uno con la nueva imagen corporativa. Este vinilo con el nuevo logotipo apenas duró unas semanas, pues fue arrancado por los curiosos que pasaban por la puerta y no pudieron resistir la tentación de llevarse la pegatina decorativa de la puerta, cosa por otro lado bastante normal en un colegio.

Pero los cambios no habían cesado. De la mano del arquitecto Salvador Lara, el colegio experimentaba diversas reformas para mejorar la distribución, la luminosidad de aulas y pasillos, etc. Y así, en el verano de 1992 se modificó buena parte del sótano, una obra que afectó de lleno al local de reuniones. Ese año, a la vuelta del campamento de Hecho, ya hubo que dejar el material en unos almacenes de la familia de José Luis Aznar, pues en el cuartito de material se había guardado el mobiliario de la otra sala. En el mes de octubre se recupera el local de reuniones, pero como la remodelación comportó la apertura de un pasillo de comunicación por en medio del viejo local, éste se vio muy mermado: quedó reducido a parte de lo que habían sido las salas de lobatos y rangers, y se perdió la de pioneros. El espacio resultante era del tamaño de una clase, pero una clase auténtica, con tarima y todo. Y en ese espacio ―es decir, sobre la tarima―, en la Pascua de 1994, el kraal decoró un armario que ocupaba toda la pared norte ―la que daba al material―, y en sus puertas se pintó al grupo de campamento, representado por personajes con camisas de las diferentes ramas. Las firmas de los implicados, simulando trozos de hierba, se quedaron durante varios años como parte de la decoración del local, mientras que en las paredes se colgaron las carteleras de cada rama pintadas de sus respectivos colores; ya no había rincón de patrulla, como en los orígenes, sino “pared de rama”. El local, pese a su pequeñez, cumplía con nuestras necesidades. Y además, hay que ponderar: por un lado, la facilidad que teníamos de disponer de llaves para entrar y salir, lo que nos permitía utilizarlo a las intempestivas horas a las que a veces se nos ocurría abandonarlo, después de la camarilla o asamblea de turno; por otro, la posibilidad de utilizar para las actividades la super-sala que se había generado al lado del local. En la gran obra de 1996-1997 ―la que sirvió para hacer el actual salón de actos y el “cubo” que da al patio―, esa sala se dividió en cuatro aulas pequeñas, que se utilizaban igualmente cuando era necesario.

Este local, pese a los muchos intentos de conservarlo limpio, siempre tuvo un suelo señalado por mil marcas de pintura ―que también compartía algún trozo del pasillo contiguo―, porque algún jefe despistado olvidó que el rotulador traspasaba, que la pintura no debía dejarse abierta, o que a los lobatos hay que controlarlos si les dejas los rotuladores permanentes. Estas marcas se veían acompañadas de las que poblaban el techo, donde alguien intentó construir una especie de planisferio celeste con estrellas fluorescentes; o algún desperfecto en el suelo, por la comida que se trajo algún verano y acabó podrida por tierra. Unas cosas y otras llevaron a que algún jefe propusiera, en el fragor de una discusión de camarilla, pasar la pulimentadora; la propuesta no cuajó, pues ya se sabía que nos quedaba poco de ocupar aquel lugar, toda vez que el colegio proyectaba un nuevo edificio que acarrearía, a su vez, un nuevo traslado… No sabemos si merece la pena resaltar la presencia en aquel local de un invitado de excepción: una rata que lo habitó y que, si bien fue vista en pocas ocasiones, solía dejar constancia de su existencia a través de los excrementos y los mordiscos en todo alimento que permaneciera en la sala varios días.

Así pues, tras la construcción del pabellón deportivo, en la ronda 2009-2010 el grupo pasó a ocupar otro espacio en el nuevo edificio; el ya “viejo” local, como la ropa que hereda el hermano pequeño, se lo quedó Xaire; eso sí, habiéndose ampliado antes el techo del local de material, cosa que parecía imprescindible para ahorrar quebraderos de cabeza. El grupo pasó a una nueva ubicación que permitía disponer más cómodamente de lo que se usa durante la ronda, gracias al espacio que el colegio cedió del almacén contiguo para los diferentes enseres de campamento que no se emplean durante el año.

 

El nuevo espacio del material, donde se puede ver que “hay-de-todo” (2011)

Este local ha traído alguna mejora sustancial, como por ejemplo la desaparición de la incómoda escalera de acceso, tan empinada; ahora está en plano y se llega hasta él por una rampa de bajada al patio inferior, por la que resulta sencillo acceder al material con un coche o la furgoneta de campamento. Además, se dividió el nuevo espacio en dos secciones, y la decoración corrió a cuenta del recurrido Ikea. Un único panel de corcho pintado de colores pasó a constituir los tablones de cada rama, y la sala usada desde tiempos inmemoriales como biblioteca en época de exámenes tiene ¡por fin! la cafetera que tantas generaciones de scouters reclamaron.

El local actual, con el panel de corcho pintado de colores (2011)

Únicamente nos queda hacer una reivindicación nostálgica de aquellos primeros años en que el local era sólo un punto de apoyo para el grupo, y la mayor parte de las actividades tenía lugar fuera de él. Hoy día también es en buena medida así, gracias al lema que todos llevamos acuñado: “¿Escultismo de salón? No, gracias?”.

 

 

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