EXCURSIONES, VOLANTES Y RAIDS NOCTURNOS
Hemos hecho muchas marchas, rutas y raids. En solitario, por parejas y toda la rama junta. Y han sido a cualquier hora del día, incluso por la noche. Pablo Palao, avezado pionero, resumía esta tendencia innata a ponerse en marcha, aunque sea hacia el desastre, cuando le explicaba pacientemente a su madre el porqué de estos esfuerzos sobrehumanos, en apariencia ―para el común de los mortales― inútiles: “Mira, scouts consiste básicamente en andar, te pongas como te pongas”. En fin: Roma locuta, causa finita. Pongámonos en marcha, pues…
Hubo un tiempo en que se llevaban las excursiones nocturnas. Pero, de noche, noche. Y eran muy abundantes. Hacia el atardecer de un viernes o sábado se quedaba en el colegio, o en algún otro punto, y allí empezaba una marcha bien curiosa que, por extraordinaria y diferente, acababa enganchando a los scouts. La tradición es muy antigua, pues ya Ignacio Sevilla nos cuenta que en los años sesenta los troperos se perdían deambulando de noche por los montes de Cullera. En un “Alborada” del año 1965, un jefe se sincera: “Me he admirado de vosotros cuando nos esperaban dos horas y media de marcha nocturna y recibisteis la orden de apagar vuestras luces; y lo hicisteis… por la sencilla razón de que «caminando sin luz, se aprende a caminar»”. Un año después, las tropas llevaron en peregrinación, de noche, una imagen de la Virgen del Pilar al Pla de la Vallesa, no sabemos si con antorchas o con linternas…
Al caer el sol, cuando las sombras alargan, llega la hora bruja ―la “golfa”, para algunos―. Los sentidos se despiertan y agudizan, los ruidos se interpretan de distinto modo y todo tiene otro color. Para reflexionar y meditar en un raid, es un momento perfecto ―salvo que uno se quede dormido, claro, que todo puede pasar―. Las primeras promesas del grupo, hace ahora 50 añitos, se hicieron por la noche, tras una caminata, y a la lumbre del fuego. ¡¿Qué mejor escenario?! Luego también hemos preferido reservar para esas horas de oscuridad momentos de gran simbolismo, como las ceremonias vinculadas a la progresión o los pasos de rama.
Así, en 1973, los rangers fueron citados por Emilio Cárdenas por la noche para caminar hasta El Puig, un camino muy transitado ―pero en sentido opuesto― la víspera del día de la Virgen. Tres años después, los pioneros salieron de raid por parejas desde diferentes pueblos más o menos cercanos a Valencia ―como Bétera o Puçol― para, caminando toda la noche, llegar al colegio; esto solía dar lugar a situaciones algo cómicas, como cuando alguna pareja se perdía y aparecía de madrugada en las chimbambas, o bien algunos optaban por pasar primero por su casa para descansar un poco, asearse ―u otras cosas― y entonces llegaban tardísimo. Ya por entonces algunos padres no se fiaban de esta aventura: en esa misma excursión, los de Alberto Rosillo optaron por coger el coche e ir siguiendo a su hijo a distancia toda la noche, como si fuesen de la policía secreta y estuviesen investigando a dos peligrosos comunistas que, además, vestían con camisa roja… En 1978, pioneros y rutas fueron saliendo de noche y por parejas desde diferentes lugares en Valencia para llegar a Ribaroja de Túria, el punto de encuentro. Joserra Ramos y Nacho Cabrera, que salieron desde la avenida del Cid, no se han olvidado de que fueron contando los pasos ―imposible recordar cuántos cayeron al final, muchos miles― y que paraban en todas las gasolineras del recorrido para probar las máquinas de café y refrescos, que entonces eran toda una novedad.
Los raids nocturnos por parejas llegaron a ser mucho más interesantes cuando el grupo se hizo mixto. Para muchos pioneros, fue la primera oportunidad de dormir a solas con alguien del sexo opuesto. ¡Toma ya! En Pascua de 1976, por ejemplo, los pioneros, que estaban acampados en el pantano del Regajo, salieron por parejas mixtas, a excepción de los más chulos y las menos atrevidas, que prefirieron hacer el raid solos ―alguna durmió a pocos metros de las tiendas por el canguelo, y a primera hora de la mañana estaba milagrosamente de vuelta―. Los jefes, que ya empezaban a ver “afinidades” ―ejem― entre algunos de ellos, los juntaban; y ya se sabe que el roce engendra el cariño, un cariño que en algunos casos ha durado hasta nuestros días… Los demás no dejaban de fardar luego en el colegio, asegurando con aplomo que, a su tierna edad, ya habían dormido con una chica. Y es que esto de los scouts da mucho de sí, más de lo que nos podamos imaginar.
Las excursiones nocturnas se fueron extinguiendo a principios de los ochenta. La progresiva urbanización de los montes cercanos a Valencia ―el fenómeno de los “chaleteros”―, el auge del tráfico rodado y de las carreteras y el temor progresivo de padres y jefes a que hubiese algún contratiempo indeseado las hicieron desaparecer. Con todo, en 1983, los rangers aun fueron desde Puçol hasta la Font de l’Or y Barraix en una marcha nocturna por la parte oriental de la Calderona. Pero ya entonces había que atravesar por zonas de chalets bastante feas, y con el inconveniente de los perros domésticos dando la vara con sus ladridos durante la marcha. Empezaba una nueva época…
En Salardú ’86, los rangers hicieron un campamento volante espectacular: fueron en land-rover hasta el pueblo de Arties y luego subieron a dormir en el refugio de la Restanca. Al día siguiente, un “calentamiento” en forma de excursión por algunos de los lagos más hermosos del Pirineo: los dos de Rius y, sobre todo, el Estany de Mar: unas horas de ascensión y marcha cómoda ―sin mochilas― por prados subalpinos y bosques de pino rojo y negro, y luego, las aguas quietas del Estany de Mar, estancadas, negras pero luminosas como el azabache… Por fin, la etapa reina, una caminata pavorosa ―para un ranger― entre la Restanca y las campas del refugi de Colomers, a través del coll de Güellacrestada (a 2.675 metros) y el port de Caldes (2.630). La primera canal, que permitía salvar 700 metros de desnivel en apenas kilómetro y medio, dio lugar a escenas inolvidables: desmayos, llantos, agotamientos, boicots ―“yo me planto”―, mochilas rodando ladera abajo, jefes subiendo y bajando con tres o cuatro mochilas a cuestas… No fue para tanto: una vez arriba, los más animosos subieron al Montardo (2.833 metros), un pico emblemático del Valle de Arán y escenario de innumerables cuentos de brujas y fantasmas, y se fotografiaron en gayumbos entre los neveros ―esa cosa “escatológica” tan propia de nuestro grupo―. El cuarto día lo dedicaron a pasear por algunos de los lagos de Colomers ―el Estany Llarg o el Obago―, en medio de una atmósfera sobrecogedora: picos encrespados y ásperos, de aspecto durísimo y cortante, con buena cosa de nieve en las cumbres; canchales de piedra brillante y desnuda que bajaban de las laderas; el agua quieta, negra y tranquila, que reflejaba los picos y refrescaba las sombras; una aire fino y débil, suave, con el escaso oxígeno de los dos mil metros, por el que volaban nubes alargadas y de formas caprichosas… Los más valientes se bañaron, tirándose desde un risco. Las nieblas de Salardú habían dejado paso a un espacio limpio y centelleante, en el que los rangers se quedaban boquiabiertos, como en un sueño. Pero, como los sueños, los volantes también se acaban, y al quinto día hubo que bajar del cielo a las brumas del prat del Pelat, donde aguardaban los médicos ―Reyes y Manolo― para resecar ampollas y aliviar esguinces y golpes.
Pero, para volante espectacular, el que hicieron los pioneros el último verano. El lunes 12 de julio de 2010, un montón de camisas rojas resacosos ―acababan de ver cómo España ganaba el Mundial de fútbol por primera vez en la historia― salieron a las 6 de la mañana con destino a Panticosa. Allí pasarían 6 días con gente de toda España, en el V Jamborette marianista. Por el camino recogieron en Zaragoza a los scouts del grupo “Bajo Aragón” y, por fin, llegaron a su campa. Al principio la cosa fue un poco fría, pero a partir del raid todo se animó, y surgió la hermandad entre los pioneros: baños en el río y en las duchas, letrinas lamentables casi a la vieja usanza, una cocina bastante buena ―aunque tenían que comer en el suelo, como en los años sesenta, un poco molesto, vaya―y mucho frío por las noches en un verano atípico, de los antiguos, con lluvia y fresco general.
El último día llegó la despedida. Fue un poco triste, porque suponía dejar atrás a un montón de amigos; pero también alegre, porque empezaba un campamento volante espectacular, como en los viejos tiempos… Y es que los jefes habían decidido ahorrarse el viaje en autobús a la zona donde estaba acampado el grupo en el valle de Hecho. Así que tocaba ir “a pata”, recorriendo algunos de los lugares más espectaculares del Pirineo. El mismo día de la despedida, a las 5 de la tarde, se pusieron en marcha, dejando atrás Panticosa en dirección a Formigal, con las mochilas bien llenas y con mucho entusiasmo. Hubo marcha nocturna por la carretera de Francia hasta una campa junto a Formigal, donde pudieron dormir antes de afrontar la primera etapa dura: la subida hasta los ibones de Anayet. Después del típico desayuno de volante ―leche y galletas, vaya― empezó la caminata, siguiendo el GR-11 por el barranco de Culivillas hasta la Majada de Anayet y luego los ibones. Las ampollas del día anterior ―maldita carretera― empezaron a pasar factura… Cuando llegaron, subieron al pico Anayet por el collado, aunque algunos ya tuvieron que volverse a medio camino por el cansancio y los pies. Una ascensión muy montañera, con sus placas de roca y su sirga o cable bastante chungo, poco apta para los que sufren de vértigo. Pero valió la pena: las vistas desde arriba, qué decir… En dos palabras, ¡im-presionantes!: el Midi d’Ossau, el Bisaurín, Arroyeras, los ibones, Pico de los Infiernos… Algo mágico. Luego vino el descenso y la siesta en el ibón, aunque algunos valientes, encabezados por Ramón Penadés, se decidieron a subir a la punta Espelunciecha y allí trataron de quedarse a dormir, pero los jefes tenían otros planes.
Al día siguiente tocaba la “etapa reina”: bajar por la Canal Roya hasta Candanchú, y desde allí subir al ibón de Estanés. ¡Casi nada! El descenso, siguiendo el GR-11 por el valle de la Canal, es de 1.300 metros hasta los aparcamientos de Candanchú. Tras un largo descanso, tocaba seguir cuesta arriba, hacia el collado de Caussiat, un sube y baja horrible, con mucho bajón físico, parones, extenuación… a través del macizo de Aspe, una auténtica ciudad de piedra con algún bosque de hayas. Pero valió la pena: el escenario es precioso, impactante y brutal. El ibón, el Petrechema, el pico Acué… Por la tarde llegó la famosa niebla pirenaica, oportunidad perfecta para bañarse todos en el lago, en un agua fría pero soportable. El cielo estaba encapotado, y amenazaba tormenta. Y así fue. ¿Qué sería de un volante en Pirineos sin su tempestad? Cayó, y bien; más de una tienda resultó malparada… A la mañana siguiente continuó la ruta entre la lluvia, hasta las faldas del propio Bisaurín, para alcanzar luego el Valle de los Sarrios y, cómo no, perderse por el camino, otro clásico pirenaico. Por la noche, nueva tormenta, y esta vez no se salvó nadie de choparse… Al amanecer seguía el mal tiempo, así que pasaron el día entre la lluvia y la niebla, en las proximidades del refugio “Dios te Salve”, metidos en las tiendas, jugando a las cartas y comiendo barritas energéticas como posesos, o persiguiendo a las vacas, tan típicas del valle. Por fin salió el sol a la mañana siguiente, y hubo que hacer en un solo día lo de dos: primero, subir al Bisaurín (2.670 m.), a través del collado de Foratón y de una pedriza horrenda, pero vuelve a valer la pena, por las vistas espléndidas del Castillo de Acher, la punta Agüerri y buena parte del camino recorrido; hechas las fotos de rigor, toca descender a toda prisa hacia el refugio de Lizara a través de los Sarrios y del valle de Aguas Tuertas, unos llanos muy bonitos pero ¡interminables! En teoría, el volante acababa en Lizara, pero el grupo estaba esperando en Hecho, así que por la carretera bajaron como pudieron hasta llegar a la campa, que todos conocían de otros años. Y allí empezó el campamento de verdad, el de grupo. Pero ésa es otra historia que quizá merezca ser contada en un próximo libro…
CAMPAMENTOS
No ha existido prácticamente una sola generación de jefes que no le haya dado vueltas a la cuestión del peso y el impacto real que los campamentos tienen en la programación de una ronda solar. Veamos: las reuniones del sábado suelen durar unas dos horas y media; en promedio, hay tres reuniones cada mes, durante ocho meses al año. Eso supone unas 60 horas al año. Algunas actividades extra ―Sant Jordi, Festival de la Cançó…― hace que acaben subiendo hasta unas 80. Las acampadas de fin de semana ―unas cinco al año― importan en torno a 180 horas, a lo que hay que añadir las excursiones, con unas 60 más. Junto a todo ello, el campamento de Navidad suma unas 100 horas. Y el de verano, el gran mastodonte de la programación anual, asciende a unas 350. Los campamentos suponen, pues, más de un 60% de la vida activa de un scout, por término medio. Y al principio de la historia del grupo, la vida al aire libre ―excursiones, salidas y acampadas de Navidad, Pascua y verano― ocupaba una proporción mucho mayor…
Luego hay que ponderar, pues todas las magnitudes no son iguales: en las reuniones, el tiempo que se dedica está muy concentrado y se aprovecha en gran medida; la acción educativa es más intensa que en los días de acampada, en que hay largos tiempos muertos ―sin contar con el sueño o el descanso―. Pero también es cierto que un campamento permite una inmersión de hecho durante un largo espacio de tiempo en una dinámica pedagógica concreta: es el gran campo de la práctica para la que nos preparamos durante el año. El escultismo vio la luz en un campamento, el de la isla de Brownsea, donde BadenPowell pudo comprobar la utilidad y las bondades del método que acuñaría poco después. Por eso los jefes han insistido durante décadas, e insisten hoy día, en las reuniones de padres, en la importancia de esta actividad, y en que no se debe castigar un rendimiento académico deficiente ―una buena cosecha de “calabazas” en junio o diciembre― o un comportamiento díscolo, propio de un adolescente, privando al scout de acudir a su campamento. Muchas vocaciones escultistas, dubitativas antes de asistir a la acampada ―”No sé, no me apetece ir”―, se consolidan cuando participan en ella y regresan con fuerzas renovadas para emprender una nueva ronda solar. Por algo será, ¿no?
Valga esta digresión para explicar la extensión y la importancia que hemos reservado en este libro a los campamentos. En medio siglo, se han acumulado una buena cantidad de formatos, duraciones, fechas… hasta llegar al estándar actual: campamento de verano de quince días ―los lobatos, diez, y los rutas, una semana de campo de trabajo―, de todo el grupo, del 16 al 30 de julio, en algún lugar del Pirineo ―Hecho y Pineta cotizan al alza últimamente―; campamento de Navidad de cinco días, de todo el grupo, del 26 al 30 de diciembre, en instalaciones próximas a Valencia. Por el camino ha quedado el de Pascuas, que se celebró hasta 1973, si no recordamos mal. Y los de verano de tres semanas, usuales en la primera década del grupo; luego se redujeron a dos, pero se viajaba del 10 al 25 de julio, y no en una quincena natural. Los campamentos de rama, en años alternos con los de grupo, están a punto de pasar a la historia, como apuntamos en estas mismas páginas. También se han extinguido los volantes de una quincena, seguramente debido a lo anterior. En sentido contrario, los campamentos de trabajo-servicio de los rutas, que datan de principios de los noventa, se han consolidado y se hacen todos los años, aunque reducidos a una semana. En fin, el formato actual parece plenamente consolidado, en cierto modo porque las dificultades y trabas burocráticas que existen hoy día para salir al monte son cada vez mayores. Pero la reforma de los planes de estudio de las universidades, que traslada la habitual convocatoria de exámenes de septiembre a la segunda quincena de julio, amenaza con volver a alterar este esquema. ¿Veremos campamentos de verano en el mes de agosto, algo usual en otros grupos? El tiempo, como en tantas ocasiones, lo dirá…
LOS CAMPAMENTOS ITINERANTES
Cuenca-Jabaloyas, 1981
En 1981, la Ruta de aquel año montó un campamento itinerante, con punto de partida en Cuenca y llegada en Jabaloyas (Teruel), donde estaban los lobatos. Entonces, el campamento de la Ruta se planteaba en términos de aventura al aire libre, porque el servicio se prestaba durante la ronda solar. El 10 de julio, 13 valientes se suben a un tren infame en Valencia que los deja en Cuenca tras más de seis horas de viaje; ese mismo día empieza el recorrido: hay que llegar a Buenache de la Sierra, a unos 12 kilómetros, sin apenas comida ni agua. Luego siguieron hacia la serranía, por carreteras locales o caminos de cabras, hasta pasar Uña, alcanzar Tragacete y subir hasta el nacimiento del río Cuervo. El 18 de julio, gran fecha, llegó la etapa reina: “Entrerríos”, desde el Cuervo hasta las fuentes del Tajo. Más de 30 kilómetros con el puerto del Cubillo en medio, con todo el equipaje a cuestas y a una temperatura media de 30º. Llegaron como pudieron a última hora de la noche ―también es verdad que había poca costumbre de madrugar, y todo se retrasaba―. Después, por Frías y Calomarde, durmiendo aquí y allá, continuaron hasta Albarracín, donde hicieron una descoberta. El final del viaje tuvo una memorable pernoctación en el cementerio de Valdecuenca, el día antes de llegar a Jabaloyas, donde ya esperaban los lobatos, avisados por medio de cartas bastante peculiares. En total, casi 200 kilómetros de ruta, aventura y ampollas; y resultó muy económico: fue conocido como “el campamento de la panceta”, por ser ésta la comida preponderante (entonces, los ultramarinos de la zona no tenían mucha variedad y el “chopped” no se estilaba); con mil duros ―unos 30 euros― hubo de sobra… Fue, además uno de los primeros campamentos de los que queda constancia filmada completa, gracias a una película de “super 8” grabada por Nacho Miquel. Buena parte de los rutas protagonistas de la gesta se integraron en el kraal entre la Navidad de ese año y el verano de 1982. Algunos de esos jefes animarán un campamento volante de rangers de 15 días ―aunque bastante más suave― por las serranías de Cuenca y Albarracín en 1983, con final en Villar del Cobo (Teruel).
Mallorca en bicicletas, 1981
Los campamentos de verano en alguna de las islas del archipiélago balear utilizando bicis tienen un precedente en los dos que se celebraron en Formentera, en 1969 y 1971. Aunque pueda parecer lo contrario, no es un islote precisamente: la carretera que cruza la isla, entonces ya asfaltada, tiene 20 kms. de largo, y junto a ella discurren los restos de una calzada romana, lo que demuestra que allí ya veraneaba gente hace mucho tiempo. Por supuesto, hay cientos de sitios donde ir a bañarse y descubrir. Los troperos de entonces rodeaban la isla en plan Robinson Crusoe y dormían allí donde cayera la noche: por ejemplo, en plena playa nudista, cosa de la que se percataban al día siguiente por la mañana, al levantarse. También alquilaban bicis y recorrían la isla así, por patrullas. Otras veces iban de caza nocturna de cangrejos para la comida del día siguiente, al dictado de un pescador de Es Caló; y no renunciaban a nada de lo que se pudiese recoger o pescar a mano buceando con unas gafas, en una ocasión hasta se indigestaron de caracoles… Todo ello se completaba con los típicos juegos scouts, fuegos de campamento, la descoberta ―en una ocasión fue un cura de la isla a contarles un poco de cada cosa, y de paso les hizo misa―, etc. A fines de los sesenta, Formentera era paradisíaca, con muy poquita gente y turistas selectos, en su mayoría “hippies”.
En 1969, tuvo lugar allí el campamento de la Tropa, que había quedado partida al formarse en Pascua la rama de los Pioneros ―éstos se fueron a Ordesa con Rafa Mena, como relatamos en otra parte―. Los jefes eran Javier Ayestarán y Luis Capafons; pero Mena, que era el jefe de grupo, aún tuvo tiempo para acudir unos días: algunos todavía lo recuerdan cuando apareció conduciendo su vespa, con otros cuatro jefes o mayores subidos en ella. Mientras la tropa esperaba en el puerto de Ibiza para subir a bordo de “La Joven Dolores” ―la barcaza que conectaba las dos islas― junto a un rebaño de cabras, los filmaron para la película “La larga agonía de los peces fuera del agua”, protagonizada por Joan Manuel Serrat y dirigida por Rovira-Veleta ―aunque luego parece que no incluyeron esos metros en el montaje―. Al director le hizo gracia verlos uniformados con los sombreros y uniformes scouts ―las fotos aún las conservamos― y decidió añadirlos al “casting”…
Pero vamos con el campamento de Mallorca de 1981. En realidad no sabemos de quién fue la idea de este campamento. En aquel momento, el grupo X tenía dos unidades de pioneros. Los scouters de la unidad de pioneros mayores eran Mariano Zuazo (que también era jefe de grupo), Pilar Tortosa y Vicente Olmos “V” (actual presidente del APA del colegio). En la unidad de pequeños estaban José Antonio Casorrán, Manolo Díez y Mari Carmen Palop.
El campamento empezó implicando a todos los pioneros desde el comienzo del tercer trimestre. Mientras que los scouters se encargaban de buscar la manera más barata de transportar las bicicletas y de obtener permisos de acampada en los distintos subcampos, los pioneros protagonizaban una empresa de conocer y practicar la bicicleta: talleres de reparación, de construcción de alforjas cosidas por ellos mismos y, por supuesto, excursiones en bicicletas para prepararse. Además, como siempre, las actividades propias de un campamento de pioneros: raid, descoberta, juegos, reflexiones, oraciones, etc.
La ruta fue diseñada con la inestimable ayuda de los Scouts de Mallorca y quedó de la siguiente forma:
Las bicicletas partieron desde el puerto de Valencia varios días antes, dentro de un contenedor de mercancías, y llegaron también antes que los chavales a la isla. Fueron recogidas por un grupo scout de Palma de Mallorca y guardadas en su local, donde los pioneros durmieron la primera noche y cogieron las bicicletas para iniciar la marcha.
El primer tramo fue desde Palma hasta la localidad de Deià. Ahí acamparon en una propiedad privada situada en la cima de un acantilado, con pinada mediterránea cuyo final era una cala sólo accesible a pie desde el acantilado. Tenían un manantial de agua potable que solo podían utilizar para beber y cocinar. Para lavarse ―hasta los dientes― por la mañana tenían que bajar a la cala y tirarse en plan “¡Jerónimo!”, y una vez allí se enjabonaban y enjuagaban con agua salada. Luego, a base de cremas, se quitaban el salitre. Podrá parecer, desde la lejanía, algo incómodo; pero era una auténtica aventura, era como sentirse robinsones en una isla desierta. Como anécdota, se puede contar que en el mismo terreno vivía un ermitaño en toda regla, con barba larga, vestidos austeros y de hábitos solitarios; no se quejó de los scouts ni por un momento y fue también una experiencia enriquecedora.
La siguiente etapa fue el campamento en la cima del Puig Major. Y fue una ascensión épica, con bicis BH y similares, de las antiguas, con poco cambio de marchas. En el recuerdo quedan las subidas de Chise Miquel, cargado con alforjas y mochila como un burro, pero levantado en la bici, sobre el sillín, como un escalador nato. Una vez en la cima, bajaba a dar ánimos a los demás sin descender de la bici, y volvía a subir igual que la primera vez; vamos: un “crack”. De los demás, la gran mayoría subieron andando y empujando la bici ―por lo menos, el tramo más duro―. Allí también estuvieron unos días, en una zona de acampada de lo que ahora es la Comunitat de les Illes Balears ―entonces sería del ICONA, como todo―. Esta fue la única etapa estrictamente de montaña, lo que hacía olvidar que estabas en una isla.
La siguiente etapa fue hacia l’Alcúdia. Como ya os habréis imaginado, fue de bajada y llana, muy accesible y de disfrutar. En esta etapa se aprovechó para hacer los raids y una excursión de lujo a la playa del Cap Formentor. Convivieron con decenas de guiris que gozaban de una maravillosa playa; por ser scouts, tuvieron la suerte de que les dejaran acampar una noche, solos, con todo lo que eso conlleva. Esta historia la cuenta Mari Carmen Palop en sus recuerdos, así que no nos repetiremos…
La siguiente etapa ya fue de vuelta hacia Palma, con parada en Inca. Ahí el lugar de acampada fue algo tan sencillo como un parque público en medio de la población, vivaqueando. Manolo Díez recordaba hace poco que allí ocurrió la anécdota de los calcetines mágicos: aun estando al aire libre, tenían el poder de no permitir que nadie pudiera mantenerse en buen estado de salud a su lado; desprendían tan mágicos olores que todos buscaban al propietario. No diremos nombres, pero ya sabéis eso de “unos crían la fama y otros cardan la lana”. El caso es que se imputó la propiedad a un pionero al que no se le permitió defenderse, y resultó que otro muy calladito era el mago propietario de tan impresionantes olores. Todo quedó en unos gritos de calificativos adecuados al verdadero propietario, que resultó no haberse cambiado de calcetines en los 15 días, pues como eran marrones, no estaban sucios… Pero es que ésa es la genuina tradición del grupo: volver a casa con varias mudas inmaculadas, y el resto de la ropa para tirar.
En fin, ya sólo quedaba regresar a Palma. Allí se quedaron las bicicletas, al cargo de los scouts mallorquines, para que días después las empaquetaran de nuevo en un contenedor, y así poderlas recoger en Valencia tras la llegada a puerto. La vuelta en el barco, de día y al sol de cubierta, remató un campamento inolvidable y, la verdad, poco habitual en gente que normalmente se dirige a piñón fijo a la montaña.
Mari Carmen Palop recuerda que, con sus 18 añitos, ése fue su primer campamento como scouter y su madre se paso los 15 días sufriendo por lo que les pudiera pasar. También es verdad que cuando la vio asomada a la cubierta del barco, se arrepintió de haber sufrido para nada, pues no solo venían sanos y salvos, sino que sus caras eran de júbilo, y casi como si vinieran de un balneario, relajados ―Mari Carmen hasta había engordando, cosa que nos parece casi imposible―. Hace ya 30 años de aquello, y el esfuerzo, aunque fuerte, resultó encantador. Los pioneros volvieron a una isla, Menorca, en 1993; pero alguien tendrá que coger el relevo ciclista: éste no puede quedar como el único campamento en bici de la historia del grupo. Así que: ¡Ánimo, y a por el siguiente!
Por tierras del Maestrat, siguiendo el GR-7
En 1989 vuelven los campamentos por ramas, después de la hecatombe de Gistaín. Los pioneros plantean uno itinerante entre Sant Joan de Penyagolosa y Fredes, siguiendo el recorrido del GR-7, para conocer el interior de nuestra tierra. Lo peor vino al principio: la etapa entre Sant Joan y Culla, de dos días, transcurría por los barrancos del riu Montlleó, que habían sufrido un incendio reciente; la pista y las marcas se habían perdido, y el segundo día hubo que afrontarlo sin apenas haber dormido ―en la ermita de Sant Bertomeu― por los mosquitos, sin comida ni agua ―la furgoneta no pudo reabastecer y todas las fuentes señaladas en los mapas estaban secas; ya había empezado una sequía que duraría un lustro―. Para completarlo, se levantó un poniente abrasador y de este modo, sólo unos valientes llegaron a Culla por la tarde; algunos pioneros se echaron dentro de un aljibe con unos cuantos ratones ahogados en la superficie, para beber; y es que cuando la sed aprieta… La ruta, todo hay que decirlo, era durísima: se bajaban y subían 500 m. de desnivel en apenas 5 kms. En fin, en Culla pudieron reponerse y restañar heridas. El camino trazado siguió por Benassal y Ares del Maestrat, un sube y baja a través de sendas casi desaparecidas en montes pelados donde empezaban a aparecer los primeros molinos de energía eólica, con impresionantes bancales de piedra seca que aprovechaban el menor hueco para el cultivo… Otra experiencia era oír hablar a los lugareños en lengua autóctona, ese valenciano medio catalán de las comarcas del norte; alguna pionera se daba la vuelta y preguntaba: “Pero, ¿en qué habla esta gente?”. La normalització lingüística a penes havia començat…
La travesía entre Ares y Morella, más de 20 kilómetros, constituyó una experiencia impresionante, como un regreso a la Edad Media entre un paisaje a ratos lunar; la descoberta del Mas dels Llivis mostró lo genuino del poblamiento rural, de masos y masovers, y el deterioro de la vegetación, el impacto de la central térmica de Andorra (Teruel) y sus sulfuros. Nueva descoberta en Morella, antes de un par de etapas duras, por Vallibona ―ascendiendo al coll del Peiró Trencat; en el pueblo les dejaron el polideportivo para dormir y hasta se pudieron bañar en la piscina municipal― y el Boixar, para alcanzar, por fin, Fredes, con sus parajes espectaculares: la fageda del Retaule, els barrancs del Salt y la Tenalla, el portell de l’Infern, el pantano de Ulldecona… Cerca de la colonia Europa salen los pioneros de raid. Pese a las dificultades, apenas hubo accidentes ni incidencias, más allá del corderito, tan mono, que una pionera incauta se llevó a su vera hasta Ares; luego hubo que devolverlo al rebaño, para alegría de los jefes… Más de 120 kilómetros, en resumen, que poco tuvieron que envidiar a los campamentos tradicionales en Pirineos. Fue un baño de opción país ―de un país que ya casi no existe, pues la zona se despuebla―, la percepción de unos paisajes majestuosos y tan diversos muy cerca de Valencia, un descubrimiento de algo que la mayoría ignoraba que existiese tan a mano…
Isaba-San Sebastián, campamento de pioneros en 2004
Isaba será recordado durante muchísimos años, y será por siempre un campamento inolvidable, no porque sea mejor que los que le precedieron o siguieron, sino porque prácticamente lo más reseñable de sus actividades quedó grabado en vídeo. El testimonio casi completo que registró una cámara en dos cintas de mini DV se montó y se acompañó de música en un DVD de esos que sus participantes ponen una tarde de lluvia para dejar aflorar la nostalgia. Isaba fue, no obstante, una odisea desde sus inicios. Corría la ronda 2003-04 y el kraal de pioneros para ese campamento lo componían Salva Rivas y Jorge Martín, que habían estado trabajando incansablemente con más de una treintena de pioneros durante todo el año ―vía verde de Ojos Negros, multiaventura, jamborette marianista…―. Les acompañó durante una parte de ella María Casas, que dejó el grupo a mediados y se casó ese verano en plenas fechas del Jamborette; la boda obligó a los jefes de turno a bajar a Valencia en el Opel Corsa de los Martín, que se quedó sin gasolina a medio camino, aunque la fuerza de la gravedad les echó un cable. Pero esa es otra historia que no viene a cuento…
La primavera anterior, los dos scouters, más el entonces jefe de grupo, Vicente Benavent, habían tenido que recorrer el itinerario ―una ruta que parecía técnicamente complicada― y las localidades de lo que iba a ser un campamento volante de pioneros de casi 15 días, a realizar una vez pasado el Jamborete marianista. Lo hicieron en ese mismo coche destartalado sin calefacción, con una manta en las piernas y con un casete de pilas como único medio para escuchar la radio. Llegado el momento, el kraal se completó para esos días y comenzó así un incesante caminar entre Isaba y San Sebastián, pasando por lugares encantadores como la selva de Irati y recorriendo bosques y parajes durante toda una quincena. Se podrían contar muchas anécdotas, pero sin duda la más recordada es la del bidón de agua de 50 litros que Jorge Martín dejó caer no una, sino dos veces, en el interior de la furgoneta, que rezumó agua durante todos los días posteriores al desastre, es la persona más apropiada para poner el sentimiento, resumen y punto final a este campamento.
La ruta empezó, como decimos, en Isaba, en el valle del Roncal, y rápidamente se hicieron a una rutina que consistía en andar por la mañana en una zona del Pirineo que es mágica, y en dinámicas que se realizaban por la tarde después de la siesta y que les hacían crecer como grupo. El merendero de Zopotrea, Ochagavía y Casas de Irati fueron las siguientes paradas; todos se quedaron maravillados del ambiente de bosque de hadas que se respira en la selva de Irati, a las nueve de la tarde cuando empieza a anochecer y cae la niebla. Allí hicieron los raids; bueno, es un decir: el kraal asistió divertido, detrás de unos matorrales, a la reunión de más de treinta pioneros, que hacían el ruido de doscientos y a los que se oía, por tanto, en todo el valle: ¡otra pillada más!
Continuaron luego hasta Arrazola-Burguete-Roncesvalles y Urkiola. En este punto, la motivación de la posta era tal que decidieron hacer la siguiente etapa nocturna después de levantarse de la siesta. Así que partieron hasta Elizondo. La etapa se acabó antes de lo previsto, de nuevo entre la niebla, mojados, a oscuras y plantando los iglús entre rebaños de ovejas. En Elizondo cogieron un autobús a Donostia, dejando atrás juegos de stratego y de tarde, debates, talleres de cocina, veladas, tarde de siesta, mosqueos con los mapas, viajes en furgoneta y millones de anécdotas. Les esperaba una ciudad encantadora, donde dar largos paseos y hacer la ceremonia de despedida, de la que rescatamos unas líneas ―por gentileza de Jorge Martín― que el kraal dedicó a los pioneros de tercera etapa en la carta de adiós:
“Tanto si abandonáis el grupo como si continuáis en la Ruta, nosotros os pedimos que allí donde vayáis no se pierda el scout que hay dentro de cada uno de vosotros. Que la inquietud por DESCUBRIR el mundo que os rodea, las estrellas, las montañas, los ríos… que Dios nos ha dado a todos los hombres nunca muera. Que no dejéis nunca de BUSCAR a Jesús en todo aquello que os encontréis en la vida, pero sobre todo no dejéis de buscarlo en los ojos de los demás; de vuestros padres, familiares y amigos… y sobre todo del que sufre o está solo para así poder PARTIR hacia nuevas tierras, siempre con una opinión crítica y a la vez constructiva que os permita ACTUAR al servicio de los hombres vuestros hermanos para dejar este mundo “mejor de lo que lo encontramos”. Y que al final de vuestras vidas, cuando miréis atrás, podáis decir que VIVIR fue el mejor regalo que jamás recibisteis y la mejor aventura.”
Todo aquello fue posible ―queremos recordar― gracias a una posta increíble, un equipo de cocina inmejorable (Andrés y José Miguel Pérez) y un kraal dispuesto a todo: Miguel Ángel, Adrián y Jorge Martín, Ita Vila y Salva Rivas.
UN CLÁSICO DEL GRUPO: LOS CAMPAMENTOS DE PIRINEOS
El primer campamento del grupo en Pirineos tuvo lugar en 1963, y fue el último de Teodoro Villarreal como jefe de grupo. Se celebró junto al pueblecito de Eriste, cerca de Benasque. Hasta allí hubo que llegar andando, pues los caminos eran de tierra y los autobuses dejaban al final del asfalto. Ya entonces se hicieron algunas marchas “potentes”, por caminos casi inéditos, hacia los picos de Eriste y hacia el refugio de Estós. En 1966 se repitió, con Diego Sevilla de jefe de grupo, y se exploraron valles como el de Literola y Remuñe, en excursiones agotadoras. Y como, al parecer, a Pirineos se iba cada trienio, pues en el sesenta y nueve llegó una nueva oportunidad…
El Primer gran campamento pirenaico: pioneros en Bujaruelo
En 1969, el hombre acababa de llegar a la Luna, y el grupo quiso celebrarlo a lo grande. La tropa se fue a Formentera, como hemos visto. Los pioneros no se quedaron atrás, y decidieron atacar por vez primera en la historia del grupo un pico de 3.000 metros, en este caso, el Monte Perdido. El campamento de pioneros del verano de 1969 se desarrolló en la primera quincena del mes de julio en Bujaruelo (Huesca). El grueso del grupo salió por la mañana en autobús, pero los que tenían la reválida de sexto salieron por la tarde, tras los exámenes, en un genuino Citröen “dos caballos”. Durmieron en un pajar al lado de la carretera; bueno, lo de dormir es un decir, pues entre los picores de la paja y el calor, la noche fue un poco rara. Los cuatro ocupantes del coche llegaron por la mañana al campamento base, que estaba establecido en Bujaruelo. No llevaban tiendas de campaña, y por la noche dormían todos juntos en la parte alta de un establo, con paja por el suelo, junto con unos leñadores que estaban cortando madera en el valle ese mes.
Al día siguiente, iniciaron el primer campamento volante; llevaban la comida para los tres días: con buen peso, por lo tanto. Eso sí, como eran mayores, ya no llevaban tiendas de campaña. El primer día anduvieron de Bujaruelo al refugio de Góriz a través del valle de Ordesa; comieron al final del valle, junto a la cascada de la Cola de Caballo y por la tarde subieron por las clavijas a dormir a Góriz; fueron como unas 8-9 horas de marcha. Al día siguiente subieron al Monte Perdido (3.355 m., por fin el primer tres mil de la historia del grupo en campamento). Fue una ascensión dura, pues había mucha nieve y llevaban poco equipo, de tal manera que un 50% tenía crampones, y el otro 50%, piolets ―no había dinero para comprar más―. Durante el camino, debido al mal de montaña, hubo muchas deserciones; de hecho, solo alcanzaron la cumbre 6 pioneros y los dos jefes, con Rafa Mena a la cabeza. Por la noche de ese día regresaron a dormir en el refugio de Góriz ―eran previsores y se habían federado para pagar menos por el alojamiento―. El tercer día fue también de andar duro, entre 9 y 10 horas, pues volvieron a Bujaruelo a través de la Brecha de Rolando, visitando previamente la cueva helada de Casteret, con mucha nieve en el camino; alcanzaron Francia a través de la citada brecha, llegando al refugio de Serradets (2.587 m.) y de allí a España ―vuelta al campamento base― a través del collado de Bujaruelo y el barranco del Puerto.
Hablando del “campamento base”: no había duchas, se lavaban en el río, los que se lavaban, pues el agua ya sabéis la temperatura que tiene… No había ni letrinas, ni cocinero. Se cocinaba por equipos de 4 con camping gas, con una comida algo rudimentaria: sopas de sobre, salchichas de Frankfurt, purés de patata, etc. Recuerdan no haber comido ni carne ni pescado en 15 días; eso sí: la leche era fabulosa, recién ordeñada, y el pan, muy bueno. En los volantes bebían agua directamente de los arroyos de la montaña, a la cual le añadían sólo pastillas de “litines”. Muchos perdieron 5 o 6 kilos de peso en esos 15 días…
En el segundo campamento volante fueron andando desde Bujaruelo hasta el Circo de Gavarnie, para ver su cascada y el pueblo de Gavarnie, ya en Francia, y volver al día siguiente haciendo noche en algún refugio o vivac; por lo tanto, con comida sólo para dos días. Pero al llegar a Gavarnie, vieron el cartel de “Lourdes 55 km.” y algunos propusieron ir en autostop a ver el santuario. Rafa Mena dijo que sí. Total, que unos 810 se fueron a la aventura por parejas, sin DNI, con 15-16 años, sin dinero y con poca comida. Durmieron en un camping en Lourdes, en el que les dejaron dormir sin pagar y al raso tras discutir y decir que eran scouts y que no llevaban dinero. Al día siguiente, visita a la Virgen y vuelta por parejas a Gavarnie, otra vez en autostop. Tras pasar andando a España por alta montaña a través del collado de Bujaruelo ―el paso ya lo conocían, pues era el mismo que el de vuelta de la brecha de Rolando― se les hizo de noche, teniendo que dormir en un refugio. Al no tener comida, tuvieron que cenar Cola Cao con agua; luego, a dormir. Al día siguiente, temprano, Javier Bel se levantó hambriento, con ganas de bajar al campamento; pero como los pioneros tenían sueño, se volvió a Bujaruelo solo, adonde llegó tras andar unas 2-3 horas. Como recompensa, se zampó media barra de queso fundido con pan.
Tras esta aventura, hubo de nuevo unos días de descanso, dedicados a las prácticas de escalada y otras cosas por el estilo. Como colofón final, tuvieron que ir andando desde Bujaruelo a los Baños de Panticosa, donde los recogería el autobús. Fue una marcha espectacular, con todo el equipo, unos malos mapas y sin saber bien por dónde ir. Salieron del campamento base y al llegar cerca del pico Vignemale, Rafa Mena y el otro jefe se fueron a escalarlo ellos solos, y los pioneros, sin el kraal, iniciaron la ascensión a la cresta del valle, alcanzando cotas de 2.000-2.400 m, para ir a buscar el otro valle transversalmente guiados por el sentido de la orientación. A medida que ascendían empezó a aparecer la nieve, que estaba blanda, lo que provocó caídas y dificultó la marcha; finalmente, al final de la tarde, ya anocheciendo, vieron por casualidad un refugio al borde de un lago, donde hicieron noche. Fueron, sin exagerar, unas 10-11 horas de caminata. Al día siguiente, tras un breve pero fresco baño, bajaron a Panticosa. Allí, para descansar, les tocó dormir en un caserón sobre suelo de madera que estaba durísimo (en aquella época no se usaban las esterillas aislantes). A la mañana del día siguiente, antes del regreso, navegaron en unas barquitas que había en el lago central del balneario de Panticosa, y allí Rafa Mena perdió las gafas, que se le cayeron al fondo del lago. Intentaron bajar a por ellas buceando, pero el agua estaba tan fría que fue imposible recuperarlas, a pesar de la poca profundidad del lago.
Y ésta fue la breve historia de un sano campamento scout, sin médicos, ni cocineros, ni duchas, sin letrinas de cerámica, con unos buenos jefes y compañeros en el cual todos aprendieron mucho, como, por ejemplo, que se puede vivir con pocas cosas, o que la naturaleza es muy bella y ofrece muchas posibilidades para pasarlo bien. Finalmente, citamos algunos nombres de los miembros de aquel grupo, pidiendo perdón por aquellos que la memoria, ya lejana, no permite recordar: Jordi Palafox, Quique Crespo, Juan Puig, Armando Serrano, Juan Bello, Man Ordaz.
Pre-pioneros en Pla de l’Estany (1976)
En 1976, los pre-pioneros ―una docena escasa de scouts― organizaron el campamento de verano en las cercanías de Benasque, y resultó espectacular. Eran los jefes Antonio Capafons, Mariví Fabra y Pepe-Fuch. Tras viajar a Benasque en autobús, subieron andando con el material hasta el Pla de l’Estany, donde acamparon. Desde allí hay facilidad para hacer un montón de rutas. Por ejemplo, subir hasta la laguna de Cregüeña ―uno de los ibones más grandes de Pirineos― por el refugio de Vallibierna y el valle y los ibones de Coronas, para quedarse al pie de las míticas agujas de Cregüeña (3.043 m.) y del propio Aneto, en pleno macizo de la Maladeta. Los raids individuales tomaron la dirección del valle de Estós, más al norte: alguno se atrevió a subir hasta los lagos de Batisielles, otros siguieron hasta el refugio de Estós o el puerto de Gistaín, casi en Francia; en fin, había sitio de sobra para perderse… Tras dar varias vueltas por la Maladeta, y sufrir una gastroenteritis bien molesta, se trasladaron al refugio de La Renclusa, pasando antes por una cabaña de pescadores, donde unos amables cazadores se animaron a compartir con ellos su gazpacho de caza, al ver los escuálidos bocatas de los pioneros. El último acto del campamento fue una marcha matadora desde la Renclusa hasta Les Bordes, en el valle de Arán, a través del port de la Picada y el valle de l’Artiga de Lin, y por parajes tan espectaculares como los que van del Forau d’Aigualluts a Güells de Joeu, con el macizo del Aneto al fondo; es un día entero de marcha sin parar. La última noche fue de juerga ―como siempre en el grupo― y acabó con un conato de reyerta por un quítame allá unos cordones. La sangre no llegó al río, pero los pre-pis pudieron volver a Valencia desde Viella sanos y salvos tras un campamento increíble. Tres años después, los pioneros de entonces volvieron a Benasque tras sus pasos y repitieron algunas de las excursiones y marchas. El grupo ya no volvería a Pirineos hasta mucho después…
Àreu, 2001: acampando en el cielo
Lo de Àreu estaba llamado a ser una auténtica epopeya desde su mismo nacimiento. Cuando, con motivo del 40 aniversario, se decidió hacer un campamento con “solera” en todos sus términos, se buscó un lugar cuyo enclave lo situara ya en la historia. Pla de Boet, a casi 2.000 metros de altura en las faldas de la Pica d’Estats ―el techo de Cataluña, y el 3.000 del Pirineo que capitanea la vertiente este de la cordillera―, era un lugar con magia, idóneo para celebrar las cuatro décadas de historia del Décimo por todo lo alto. Eso sí, el día 16, cuando llegaban al campamento los rangers y rutas ―los pioneros habían adelantado su llegada desde el Jamborette en Hecho y, junto a algunos rutas, ayudaron a montar las instalaciones―, las perspectivas no eran nada halagüeñas. El acceso era por una pista de 14 kms. en tan malas condiciones que el camión del material quemó el embrague en la subida, y la única solución fue echar mano de un camión de los leñadores empleado habitualmente para el traslado de troncos: no parece, desde luego, la mejor forma de empezar… Se trató de reparar el camino empleando todo tipo de artimañas para tapar agujeros y baches; en el proceso se perdió algún que otro decorado y manualidad de los últimos días de precampamento. Pla de Boet recibió al grupo con mucho frío y ese tiempo inestable que se aguanta peor cuando tu campamento se encuentra a 2.000 metros de altura. No obstante, nada hacía presagiar que el día 18 de julio el campamento amanecería nevado: una nevada de las buenas, de las que no había memoria en la historia del grupo. A la excitación e ilusión que nos produce a los valencianos ver copos de nieve, le siguió el desolador panorama que deja la nieve al derretirse. Charcos de agua por doquier, palos doblados y tiendas caídas. De aquella época es la teoría de que las mesas del grupo son un rollo de montar y un salvavidas cuando tienes problemas. El único sitio seco para muchos fue el tablero de las mesas, donde se pueden subir varios lobatos y saltar en una velada, al tiempo que proporcionan un lugar seco en que dormir si se viene abajo el campamento. Tras un intenso debate interno, el kraal hizo lo único que se puede hacer en estos casos: tirar para adelante obrando lo que les pareció más sensato. Aprovechando los medios existentes ―entre ellos, una casita que había en el propio terreno― y plantando tiendas en el interior de los pabellones, el grupo puso buena cara al mal tiempo y esperó la llegada del sol y de los lobatos, que hubieron de esperar en Àreu a que mejorara el tiempo. Finalmente se logró no solo concluir el campamento con éxito, sino coronar la imponente cima de la Pica d’Estats y concluir un campamento en altura sin duda histórico, con solera y con la suerte que siempre acompaña a todas las empresas de este grupo XEl Pilar.
EN PICOS DE EUROPA
Los campamentos en Picos de Europa se estrenaron en fecha tan temprana como 1970. Viajar hasta Asturias es mucho más complicado que a Pirineos, y si además era por los medios de transporte del antiguo régimen ―el de Franco, vaya―, con sus carreteras en mal estado (por decir algo) y sus trenes de cuarta regional, se convertía en una proeza. Y proeza fue el campamento de pioneros de 1970, en el que se embarcaron unos ocho críos ―alguno, con 13 años― y un “mayor”, que era el jefe, Pipo Solá, que acababa de cumplir los 18 (cuando la mayoría de edad estaba en los 21, por cierto). Viajaron sin tiendas ni más material que alguna olla pequeña y un (1) infiernillo… Primero fueron a Gijón y visitaron los Altos Hornos de la SIA mediante algún enchufillo (el padre de alguien conocía a alguien y eso…), y luego siguieron por la costa hasta Ribadesella, para adentrarse en Covadonga y los lagos de Enol y La Ercina, durmiendo donde podían o les dejaban. En Arriondas “acamparon” en el mercado municipal; en Cangas de Onís, en el ayuntamiento, en una sala en la que dormía ―así les contaron― Franco cuando iba a cazar (también les ofrecieron los calabozos, que tenían colchonetas, pero no se atrevieron…); en los lagos de Covadonga hicieron un vivac con todo tipo de animales ―caballos, cabras, etc.―. El ser “católicos” les permitió dormir en el coro de alguna iglesia, encontrándose con una misa de monjas en el momento de levantarse; o en el atrio de otra más pequeña, de la que fueron despertados por los feligreses que entraban a la misa ―era domingo― con mucho cuidado de no pisar los sacos…
En ese campamento conocieron a un grupo de guías ―chicas scouts― de Oviedo, de acampada en Llanes, y allá que se quedaron dos o tres noches junto a la playa, en un sitio precioso, tratando de ligar desesperadamente; pero nada de nada, la jefa era como un sargento de la Legión con la que no pudo el encanto del jefe Solá para que les invitaran a comer en sus tiendas algún día, ni siquiera a un fuego de campamento conjunto, muy poco scout, vaya. También es cierto que se dedicaban a haraganear bastante, a hacer algo de turismo, a entrar en cuevas donde les indicaban ―entraron en tres o cuatro de esas con pinturas y restos de neanderthales, completamente diferentes de las de por aquí―, a trepar inconscientemente por algunas paredes suicidas y acantilados sin ton ni son, a beber sidra y a aprender a escanciarla, a tocar la guitarra, y cosas así… Alguno de ellos recuerda que les podían haber aplicado, sin mucho problema, la ley de vagos y maleantes, sólo por las pintas que gastaban; pero, eso sí, siempre con la pañoleta puesta. Por suerte, no quedan testimonios gráficos de aquella aventura norteña ejecutada sin apenas planificación… Sí queda el recuerdo de la estupefacción de los padres cuando se enteraron de la “proeza”. Pero eso ya lo contamos en “P’haberse matao”.
Con el objetivo de mejorar todo lo anterior, se organizó un segundo campamento en Asturias, ya en 1972. Entonces sí fue un jefe más curtido ―el marianista Chema Garagorri―, y con más pioneros… Primero fueron en tren hasta León, para hacer turismo, ver la catedral, etc. Y de ahí, en autobús y land-rover (todo incluido en el billete de bus), a Posadas de Valdeón, entrando en los Picos de Europa por el lado sur. En Posadas se terminaron de reunir, ya que fueron en dos tandas. Cuando estuvieron todos, se dieron cuenta de que se habían dejado el dinero y la comida en Valencia, a excepción de lo de los primeros tres días: “¿Pero no la cogías tú?”, “No, quedamos en que era cosa vuestra”. En fin, los unos por los otros, la casa sin barrer; típica desorganización scout… Lo de los tres días alcanzó a durar siete; aparte, se tentaron los bolsillos a ver qué dinero llevaba cada uno. Decidieron, pues, ganarse la vida trabajando en lo que encontraran. Ingenuidad scout: en Posadas estaban casualmente en fiestas, y no trabajaba ni dios; se instalaron entonces en un pajar que les dejaron, encima de la tienda del pueblo. La Guardia Civil les pidió identificación, ya puestos, pero sin más consecuencias, aunque a los uniformados les mosqueó que casi todos fuesen menores. Por suerte, la Ley de vagos y maleantes acababa de ser sustituida por la de peligrosidad social…
De Posadas de Valdeón, donde no encontraron medios de subsistencia, fueron a Caín, que en aquel momento nadie sabía dónde estaba. No había ni carretera para el land rover, como en Posadas… ―ahora sí la hay, porque se queda aislado por la nieve todos los años; antes, simplemente, estaba aislado todo el año―. En Caín les quisieron cobrar 25 ptas. por dormir en un pajar, con lo que terminaron durmiendo en un túnel de la ruta del Cares (entre Caín y Cabrales), tapando la entrada y la salida con ponchos. Al día siguiente descubrieron la maravilla de la ruta del Cares, que impresiona aún más cuando no has oído hablar de ella nunca, y llegaron hasta Cabrales. Siguiendo el Cares hasta el mar ―por carretera civilizada― en varios días, estirando la comida y el dinero, durmiendo como y donde podían, llegaron a Pechón, en el límite entre Cantabria y Asturias, y allí no hubo más remedio de nuevo que buscar de comer o trabajo. Captaron que no era sitio donde abundara la ocupación temporal: pocos sitios más pobres habían visto nunca. En una casa les dieron patatas, unos 5 kilos, y el único que encontró trabajo fue Pepe Cabrera, en una granja a las afueras, donde les venía bien algo de apoyo, para cuidar las vacas, ayudar a “atropar” ―una labor propia de mujeres durante la siega, consistente en rastrillar el suelo hasta la última brizna con un rastrillo de madera después de segar con la guadaña―, y lo que le mandaran. Ese día acabó deslomado, aunque al menos comió de caliente, con la familia en su casa, macarrones y un filete con patatas fritas, y a la antigua usanza: primero, los hombres, con las mujeres sirviéndoles… Los demás pioneros se dedicaron a asar patatas en el infiernillo. Al día siguiente, a Cabrera se le escaparon las vacas del cercado eléctrico, y corrió por todo el pueblo intentando reagruparlas en vano. Tuvo que acudir el amo… Fue la comidilla del pueblo en el bar por la noche: “¡Al valencianu se le fueron les vaques!”. La cosa no dio más de sí, ya que el resto de la unidad decidió que no había más remedio que regresar a Valencia, con las 100 pts. que cobró Cabrera y las pocas patatas que quedaban… Fueron hasta Torrelavega para coger el tren, pero como no había dinero, optaron por volver en grupos y en autostop hasta Madrid, desde donde sí tenían billete de autobús comprado. Fue una odisea, pues cada grupo no sabía dónde podía estar el resto de la gente y viceversa; con todo, consiguieron llegar a Valencia, llevando a cuestas una experiencia increíble. Los campamentos, antes, eran muy diferentes, como se ve: ni permisos, ni títulos, ni material, ni dinero; la ley scout por bandera, y poco más…
GRANDES CAMPAMENTOS CON CASTA… Y ALGÚN PERCANCE
Cazorla o el ardor, 1984
No podemos recordar de quién fue la idea de montar un campamento de verano en Cazorla; pero, desde luego, estuvo sembrado… Del 10 al 25 de julio de 1984, posiblemente el contingente más grande de la historia del grupo ―cerca de 200 personas― se desplazó 400 kilómetros hacia el sur, en dirección a la sierra de Cazorla, hasta llegar al paraje de Bujaraiza, junto al pantano del Tranco de Beas, en un sector cercano al pueblo de Coto-Ríos.
La campa se encontraba muy cerquita del pantano, que por entonces se encontraba en una cota bastante baja. El país empezaba a salir de una sequía muy prolongada, y en el agua embalsada lo notaba. El viaje se hizo, con gran jolgorio, en unos autobuses enormes, articulados, tipo oruga. Pero al llegar, fue el llorar: eran tan grandes que no podían acceder hasta la campa, con lo que tuvieron que detenerse kilómetro y medio antes de llegar. Y diréis: “¡Puaj, menuda tontería, kilómetro y medio!” Pero es que antes no había camión de material: todo viajaba en los autobuses… Así que hubo que montar una cadena humana de todos los scouts disponibles, para ir pasando a mano decenas de tiendas ―las “polacas”, que pesaban un quintal―, peroles y cazuelas, palos y lonas, bombonas, hornos y hornillos, lumis, etc.
La zona de acampada se dividía en tres sectores muy nítidos: el que estaba a la sombra; el que estaba al sol; y el pantano, lleno de agua, lógicamente. Las tiendas se plantaron bajo los pinos, a la sombra, un poco apelotonadas. La cocina se puso en un extremo, con el almacén de la comida. La primera noche, después de cenar, empezó a oírse un estruendo precisamente ahí, en la cocina. Alguien dio la voz de alarma: “¡Nos atacan los jabalíes”!… En efecto, una piara de estos simpáticos animales se había acercado para el segundo turno de cenas; algunos ejemplares eran enormes. Y no se iban ni a tiros ―literalmente―. Hozaban por los cubos de basura y se acercaban peligrosamente al almacén de la comida; como estaban acostumbrados al trato humano, nada los asustaba. Menos mal que Chimo, el cocinero, avezado en su trato con los bichos, los puso en fuga con palos, sartenes y peroles. Pero volvieron enseguida… Total, que hubo que montar, como en la mili, turnos de guardia para evitar que se lo comieran todo. Rutas y jefes se turnaron en esta tarea que acababa siempre del mismo modo: todos dormidos. Los jabalíes siguieron paseándose a sus anchas por el campamento durante las dos semanas; al fin y al cabo, era su casa…
Al día siguiente, al salir de las tiendas, se hizo evidente lo que el día anterior ya se olisqueaba: al sol, 40º, como en la superficie de Venus. Hacía un calor apabullante, tremebundo, asfixiante, espeluznante, atroz… Podríamos seguir, pero lo dejamos aquí. Los abuelos del pueblo salieron al quite diciendo que no había motivo de queja, que era un verano fresquito, y tenían razón: los anteriores habían sido más calurosos. En el campamento, algunos rebajaron la tensión argumentando que para eso se había elegido un sitio junto al agua: ahí estaba el pantano para refrescarse… Pero al bañarse, muchos descubrieron que, de fresquito, nada, pues esa agua estaba a la temperatura ambiente, así que al entrar, no notabas nada de nada (salvo el barrizal que se formaba al caminar por la orilla). Y al salir, tardabas en secarte unos 30 segundos, de modo que antes de llegar a las tiendas volvías a estar en estado incandescente. El único remedio se encontraba en un arroyo que pasaba junto al campamento y que, al bajar directamente desde la sierra, sí llevaba agua fría. Pero como era un simple arroyo, y apenas formaba un par de pozas ―una de ellas, eso sí, con cascadita en plan “jacuzzi”―, ya os podéis imaginar las avalanchas que se formaban para meterse en unos huecos en que apenas entraban 5 o 6 scouts… En fin: por turnos.
Mientras caminaban por las sendas y viales de la zona de acampada, algunos empezaron a sentir cosquillas en las piernas. Al mirar, pudieron comprobar estupefactos que eran garrapatas que iban subiendo con malas intenciones. Y no eran tres o cuatro: las había a docenas, seguramente gracias a nuestros amigos los jabalíes y a algún rebaño de ovejas y cabras que triscaba por las proximidades. Otro problema era encontrar sitio para las letrinas: tenía que ser un lugar a la sombra, para evitar desmayos; apartado de las tiendas, por motivos obvios de pudor y olor; y lejos del pantano, por una cuestión medioambiental (evitar la contaminación del acuífero). Al final, se hizo lo que se pudo, pero la instalación no era ni muy cómoda ni muy segura. Algún lobato la midió con su cuerpo cayendo al fondo desde arriba…
Pese a todas las dificultades, el scout acaba saliendo airoso y aprovechando las ventajas que encuentra. La vieja balsa se utilizó a base de bien y amenizó los baños; los pioneros llegaron incluso a dormir en ella una noche en medio del embalse, apretujados bajo los arcos de lona. Los campamentos volantes se adentraron en el parque nacional de Cazorla, la mayoría a través de la ruta del río Borosa, refugio de una gran colonia de nutrias salvajes. Los paisajes eran fantásticos… Aunque a pleno sol, las campas se utilizaron para montar toda clase de juegos. Hubo guitarras a mansalva y fuegos de campamento inolvidables, que incluyeron una emotiva despedida al entonces jefe de grupo, Joserra Altuna. Para el final quedaba la traca, como siempre: el presupuesto no llegó a cubrir ni de lejos el coste real de un campamento faraónico en muchos sentidos, y el grupo quedó en la bancarrota ―lo explicamos en la parte de Economía―. No obstante, en octubre se volvieron a abrir las puertas del local y la ronda solar, tras algunos ajustes, transcurrió con toda normalidad. ¡Ah! Y si os fijáis, nunca se volvió a organizar un campamento de verano de grupo al sur del paralelo de Valencia: latitud 39° 28′ N, por si alguno lo ha olvidado; lo que tardaremos siglos en olvidar es el calor de Cazorla…
Salardú ’86: el campamento del XXV Aniversario
El grupo cumplía 25 años, y había que celebrarlo como se merecía. Y el campamento de verano debía estar a la altura del acontecimiento. Por primera vez, se planteó la posibilidad de desplazar a lobatos y rangers hasta los Pirineos. Nunca antes se había hecho: era muy caro ―para la austeridad de la época―, estaba muy lejos y las condiciones del sitio podían complicarse y ser inasequibles para los más pequeños: lluvia, viento, frío ―incluso nieve a veces―, rutas duras y exigentes… Pero, ¡qué caramba! No se celebran bodas de plata todos los años… Así que fue cuestión de organizarse. Los lobatos ya habían viajado hasta Vinuesa y Cazorla, en trayectos de más de 5 horas; sólo había que estirarlo un poco, hasta unas 7 u 8. Por entonces, los lobatos ya hacían campamentos más reducidos, de sólo 10 días, que podían aguantar incluso en la alta montaña. Además, el grupo llevaba muchos años ―desde 1979― sin pisar el Pirineo… En fin, el lugar elegido fueron unas campas llamadas “El Prat del Pelat”, junto a una carretera de tierra, el río Aiguamoix y los baños de Tredós, en el término de Salardú (Valle de Arán).
El nombre del río ya auguraba lo que le esperaba al grupo: bajaba de las montañas inundando campas y terrenos con sus aguas o con las de los arroyos que recibía por la izquierda. En la campa, la parte central estaba seca, pero si te salías de ella, encontrabas charcos y barro enseguida; de hecho, para acceder a ella había que atravesar un puente un tanto precario de troncos y tablas, y en el propio terreno había otro arroyo con su puentecito, aún más estrecho. Toda la instalación estaba a unos 1.700 metros de altura; entre eso, y la humedad, hacía un frío que pelaba a plena luz del día. Había que ir siempre bien abrigado… aunque no faltaron valientes que se aseaban todas las mañanas dentro del río. Los lobatos y los rangers empezaban la jornada a la vieja usanza, con ejercicios de gimnasia para desentumecerse, y siempre bajo la bruma. Las nieblas de Salardú… Le daban al campamento un aspecto fantasmagórico; a veces se cerraban tanto que no se veían las tiendas desde el camino. La combinación de humedad, altura y luz solar produjo un montón de problemas dermatológicos: escoriaciones, úlceras, dermatitis… Y por si faltaba algo, a la tarde llegaban los mosquitos en tropel. Para completarlo, en un prado cercano se instaló un campamento de la OJE, y todas las mañanas, al amanecer, pasaban junto a las tiendas cantando a grito pelado “La gloria del camino”, una especie de himno falangista, recio y varonil, que tenía un estribillo muy pomposo: “De madera de barca, de madera de arado, quisimos la esperanza y vino a nuestro lado”. Fue como volver a los orígenes del grupo…
Más de uno se preguntará: ¿Era masoquismo aquello, o qué? Pues claro que no. El secreto estaba frente al campamento, y no era otro que el Circ de Colomers, uno de los escenarios naturales más bellos del Pirineo oriental: medio centenar de lagos de origen glaciar rodeados de montañas dispuestas en círculo, a sólo un par de horas de la campa. De ahí bajaba el río Aiguamoix. Los campamentos volantes y los raids se dirigieron hacia allá, uno detrás de otro… Algunos ―los pioneros― se aventuraron más allá del port de Ratera o del portell de Colomers hasta llegar al Parc Nacional d’Aigües Tortes y de la Vall de Sant Maurici. El de los rangers ya os lo hemos contado…
A partir de los volantes, y como si fuese consciente de la fiesta del XXV aniversario, el campamento se desmelenó. El día de grupo presenció la primera “desencajoná” de la historia: los rutas se convirtieron en vaquillas improvisadas ―bueno, formaban una especie de dragón raro―, y a lo largo de un sendero, fueron corneando y topetando lobatos a mansalva. Luego se apareció el apóstol Santiago, con su espada y su barba blanca, y empezaron los juegos, la gymkhana con sus pruebas, los grupos mixtos, bueno, ya sabéis… A la noche, un fuego de campamento como Dios manda, con danzas, sketches de todo tipo ―”Who is your name?”, preguntaba Chema, el pinche de cocina, con su habilidad para los idiomas―, hasta un mago quiromante que echaba las cartas del tarot… En los días siguientes, las salidas de patrulla y los raids dieron un breve respiro hasta la traca final, la de la última jornada. Por la tarde se preparó un bazar enorme, con las cosas de objetos perdidos y trastos sobrantes; hasta hubo tómbola. Chimo preparó una opípara cena a base de lo que quedaba ―algo así ya se hizo en Cazorla―, con entremeses, ensaladilla rusa, hamburguesas y bocatas de lomo, y “mistraca”, un bebedizo de potentes propiedades. Luego vino la supervelada final: hubo fallera mayor y corrida de toros ―protagonizada por “Paquetito de Calahorra”, un diestro de categoría―; pioneros, rutas y hasta algún jefe se desnudaron y travistieron, protagonizando escenas subidas de tono, para deleite y pasmo de la chiquillería; se despidió el jefe de grupo, José Antonio Casorrán; y hasta hubo espacio para los pasos de rama, siempre tan conmovedores, con sus abrazos y llantos inconsolables.
Acabada la fiesta, lobatos y rangers se acostaron, mientras pioneros y rutas se retiraban unos metros a seguir con la jarana; los jefes emprendieron la revisión, interminable, del campamento. Hacia las dos de la mañana, un barullo enorme anticipó la debacle final de Salardú ’86: pioneros y rutas habían aprovechado los raids para conseguir algunas botellitas de licor, y unos cuantos se habían pasado de rosca. Un pionero que iba ―literalmente― a cuatro patas no pudo superar el prado de acceso al campamento y se derrumbó en medio; otro se cayó del puente más estrecho y salió del arroyo mojado como un pollo. La bronca que echó Samuel Forcada con el equipo de jefes de pioneros fue de época… Con unas cosas y otras, la revisión se alargó hasta el amanecer, y el kraal, sin haber dormido, levantó a los scouts ―alguno no podía con su alma― y se dispuso a desmontar el campamento, como siempre, entre las brumas de Avalon. Concluían así los primeros 25 años de historia del grupo, a lo grande, y se abría la puerta a los 25 siguientes, que ahora terminan; no sabemos si lo harán de un modo tan espectacular y con el mismo ambiente, je, je… Lo cierto, también, es que el grupo nunca ha vuelto al Valle de Arán. ¿Será ésta la ocasión?
Hubo otros campamentos duros y complicados, como el de Gistaín, de 1988; o el de Pineta, de 1995; algunos de sus momentos estelares los podéis seguir en la sección “P’habernos matao”.
LOS CAMPAMENTOS DEL FRÍO
Cuando hablamos de los campamentos del frío, nos referimos, obviamente, a algunos de los celebrados en Navidad. Ya sabemos que alguno nos dirá que en Salardú hacía un frío polar, o que en Àreu llegó a nevar en pleno mes de julio. Pero, bueno, para hielos de verdad, los días de Navidad. Históricamente, los “campamentos del frío” son los que tuvieron lugar en Gúdar, a principios de los años setenta, y en la Iglesuela del Cid, una década después. Tampoco nos olvidamos del accidentado campamento de Cedrillas, allá por 1998, cuando la penúltima olimpiada marianista. Las acampadas navideñas son muy antiguas, pues ya se hacían en los primeros años de historia, por los años sesenta. Pero se realizaban en lugares cercanos a Valencia, incluso en la templada Xàbia, junto al mar, en la casa-finca que uno de los jefes del grupo tenía allí.
Lo del frío es una filosofía existencial, al menos en el caso de los que vivimos en un clima cálido, como los valencianos, junto al Mediterráneo. A los grupos scouts de Madrid, o de Zaragoza, sólo les hace falta salir a la calle en diciembre o enero para quedar congelados ipso facto. Conviven con el frío… Nosotros, no… Por eso es toda una experiencia largarte cuatro días a un sitio en que la temperatura, durante el día, apenas supera los 0º; de las noches, ni hablamos. Hay que ir bien preparados, y explicar las cosas para evitar percances.
En Gúdar (Teruel), el grupo acampó durante cuatro-cinco años, entre 1970 y 1975. Como aún eran tiempos de estrechez económica, y en la España de Franco los albergues eran una rareza, se seguía utilizando la casa de unos padres de scouts, los Lluch. Era un típico caserón de pueblo turolense, con planta baja, dos pisos y altillo o andana ―que diríamos en valenciano―, y una fachada con ventanales amplios y balcones algo más estrechos. Era un edificio enorme, pero tenía que albergar un grupo en plena expansión, que rozaba ya los cien scouts, entre lobatos, rangers, pioneros, “robertos” y jefes. Había, pues, que apretarse un poco. Cada rama tenía su habitación, aunque en orden de tamaño decreciente: los lobatos, la más amplia. Se dormía en el suelo, aunque sobre colchonetas más o menos cómodas, más o menos limpias. Los mayores tenían que apañarse con esterillas, o se acostaban directamente sobre las baldosas frías… Había una cocina, y el salón principal de la casa, el del primer piso, se reservaba para fiestas y veladas. Lo más concurrido eran la escalera ―todo el día arriba y abajo― y los aseos, lógicamente.
Frío. Eso es lo que define Gúdar. Y nieve. Unos años más; otros, menos ―la nieve, decimos, porque la sensación heladora era permanente―. Y es que está a 1.600 m. de altura; no lejos queda el Peñarroya, a más de 2.000, y a 10 kms. en línea recta están las pistas de esquí de Valdelinares. ¿Cómo no iba a nevar y a helar? A mansalva… Pero la crudeza meteorológica no era lo único notable de aquellos campamentos. Ahí estaba el pueblo, con sus soportales, su ayuntamiento genuino, el bar, las escaleras que salvaban los desniveles ―el caserío está en cuesta, como todos sabéis―, las calles empedradas, sin apenas asfalto a la vista, las casas sencillas de piedra y adobe, encaladas, con sus corrales y sus bardas rústicas, tan incitantes al salto, tejas envejecidas por todas partes… En fin: un pueblo genuino. Para una tropa de scouts urbanitas, era todo un mundo por descubrir. Y no hemos hablado del cementerio, situado en un alcor sobre las casas: allí se escapaban los pioneros por la noche, para contarse historias de miedo y hacer algo de ruido macabro. Para los lugareños, la llegada del grupo, puntual, el 26 de diciembre, era motivo de jolgorio. La gente salía de su monotonía y por unos días se operaba de nuevo el milagro de ver a decenas de chiquillos corriendo por las calles, haciendo alguna trastada y animando el cotarro. Para el del bar, era un negocio fetén: agosto en diciembre, vaya.
La estructura del campamento variaba poco. El primer día había que instalarse ―invadir la casa― y recorrer el pueblo y los alrededores; luego, los primeros juegos, las primeras actividades, y por la noche, una velada de motivación. Al día siguiente, cada rama hacía la guerra por su cuenta. Los más pequeños echaban a correr hacia el monte; en algún caso, se atrevían a cruzar un arroyo cercano con una tirolina, lo que requería mucha concentración, sobre todo si el agua no se había helado ―que era lo más habitual―: un remojón en esas condiciones era la antesala de un buen catarro… Después de comer, y si el año había sido generoso en nieves, llegaba la hora de los trineos, con dos modalidades: la más sencilla ―el circuito de iniciación― era tirarse por la cuesta larga que bajaba desde la iglesia del pueblo; para los expertos quedaban los infinitos bancales que descendían hacia la carretera. Todos los años había alguien que, confiado, se tiraba sin frenar y acababa volando de un bancal a otro; no importaba: la nieve amortiguaba el golpe. Los trineos también tenían sus formas: desde la humilde bolsa de plástico hasta el tirolés o alpino de madera, que era el que más molaba ―aunque el habitual era el “pulkka”, la caja o arcón de plástico con una cuerda para arrastrarlo―.
En fin, llegaba el día de grupo, el 28, el más temido por los lobatos… porque era el de los Inocentes. Los pioneros tenían carta blanca para hacer toda clase de barrabasadas; un año, por ejemplo, escondieron los sacos de la manada, y no había forma de encontrarlos. Bombas fétidas, bromazos de aúpa, máscaras y disfraces de miedo… Todo contribuía a ambientar una jornada en que se celebraba también la ghymkana del grupo, las pruebas por equipos mixtos de ramas: patinaje ―en el arroyo helado―, carreras de trineos, tiro al muñeco con bolas de nieve, también la tirolina… Hacia la tarde, la misa de acción de gracias por tanto disfrute; la oficiaba el cura del pueblo o el sacerdote marianista que iba con el kraal ―un año fue Ignacio Sistiaga, el director del colegio―. Por fin, el 29 se preparaba con esmero el fuego de campamento de la noche. Todo el grupo se reunía en el gran salón, al calor de su chimenea, y se montaba una fiesta de aúpa. Tendríais que haber visto aquellas caras enrojecidas por el recalentón de la lumbre, con los ojos brillantes del cansancio y la expectación, formando un círculo un tanto caótico. El momento más emotivo era el de las promesas de los lobatos ―entonces la promesa sólo se hacía en la manada y era el momento culminante de la progresión―; algunos no se quitarían la pañoleta durante días ni para dormir.
Y ahí se acababa el campamento. El 30, al autobús, y a casa, al calor del hogar. El pueblo volvía a recobrar la normalidad, y perros y gatos se asomaban a las calles, más tranquilos y confiados. Los scouts regresaban contentos, sabiendo que al año siguiente Gúdar seguiría estando en el mismo sitio, y que la nieve y el frío los estarían esperando…
Como en Cazorla, tampoco sabemos de quién fue la idea de ir a la Iglesuela del Cid para celebrar un campamento de Navidad. Pero, en muchos sentidos, también estuvo sembrado. La Iglesuela ―o la “Ingresola”, que dicen en los pueblos de la contornada en que se habla valenciano― es un pueblo de medio millar de habitantes que se encuentra en el extremo oriental del Maestrazgo turolense, a sólo 6 kms. de Cantavieja o Vilafranca. Ahora, justamente, está declarado Bien de Interés Cultural. Pero en 1979 era, simplemente, un pueblo con encanto. De los tiempos de esplendor de los siglos XVI y XVII ―los del comercio de la lana― le habían quedado un montón de casas nobles con aleros de madera labrada, una espectacular iglesia del siglo XVII y un conjunto formado por la torre de los Nublos y el Ayuntamiento, que formaban parte de un antiguo palacio templario.
Pero, en esta ocasión, el sitio del campamento no estaba en el pueblo, como en Gúdar, sino un par de kilómetros a las afueras, en un lugar fantástico: la ermita de Santa María del Cid. Se llegaba por una pista forestal que conducía hasta la fuente del Cid, un poco más allá de la ermita, y que te introducía, de golpe, en el majestuoso paisaje del Maestrazgo: desnudos ribazos de piedra formando terrazas y bancales interminables, labrados durante siglos, que descendían de las montañas y se comunicaban entre sí mediante pasillos ―o “calejas”― cuyas paredes estaban hechas con las mismas piedras; casetas de losas que servían de refugio a los pastores, y “teñadas” para el forraje; barrancos profundos y descarnados; y, de vez en cuando, algún “peirón” con motivos devocionales por aquí, un abrevadero por allá, alguna nevera en los puntos umbríos… El factor común, tanto en el pueblo como en el camino, era la piedra de caliza extraída de las canteras en forma de bloques o de losas. En este último caso, las construcciones estaban hechas con la técnica de la piedra seca, es decir, sin cemento, yeso o argamasa que uniera las losas; una maravilla que va camino de ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO…
La ermita estaba situada en un terreno escarpado, lo que le daba excelentes vistas de la zona. Era un santuario en el que se veneraba una de esas imágenes halladas de forma milagrosa por algún campesino mientras araba, mucho tiempo atrás ―en este caso, allá por el siglo XII―. El templo es una edificación más bien humilde, construida de cantería y mampostería encalada, en cuyo interior destacan sus bóvedas ojivales y el colorido de las pinturas. Pero, claro, el grupo no iba a dormir dentro de una iglesia ―aunque ya lo ha hecho varias veces―. Y es que, junto a ella, estaba la hospedería o casa del santuario, una construcción de dos plantas levantada entre los siglos XVI y XVIII para acoger a los peregrinos que visitaban la imagen durante sus romerías. Dentro había de todo, hasta un horno antiguo. Las salas y estancias de abajo se reservaron para la cocina y el comedor, y las actividades diarias; y los dormitorios, por ramas, se situaron en las habitaciones del piso superior. El pavimento era de lujo: pequeños cantos de piedra formando dibujos geométricos; y las ventanas, hechas de cantería, le daban un sabor medieval fantástico a la construcción… Cuando salías afuera, te encontrabas con un amplio patio cerrado en torno al cual se situaban todos los edificios, y en el centro, un olmo enorme: no era difícil imaginar los miles de romeros que se habrían detenido bajo sus frondosas ramas a descansar; la pena es que en invierno el árbol estaba sin hojas, con las ramas desnudas. En cualquier caso, ése era el punto de encuentro para empezar las actividades del campamento. Por esos años, ya existía una animación central ―un “leit motiv”― de tales actividades. En 1979 la cosa fue de moros y cristianos, algo muy propio de una comarca templaria. La morisma, atemorizada por el ímpetu de los cruzados, se agrupaba en torno a su Mahoma ―el jefe de grupo, Mariano Zuazo― y ahí empezaban los desafíos y las pruebas. A veces, dentro del patio, y a veces, fuera, en los páramos helados que rodeaban la casa. Un año después, con más desenfado, hubo piratas del Caribe… bueno, mejor del Maestrazgo.
Pero, ¿hacía frío? Pues todo y más. Un frío polar. En esa zona sopla un vientecillo del noroeste ―el mistral― tan gélido como el cierzo, y que en invierno provoca que la sensación térmica pueda bajar muchos grados bajo cero. Si a ello unimos que está a unos 1.300 m. de altura, pues ya os podéis imaginar… Por suerte, la mole del santuario estaba orientada al sureste, y así, dentro del patio, y a mediodía, no se estaba mal. Los scouts se sentaban en el banco corrido de piedra que apoyaba en el muro, frente al sol, embutidos en mantas y ponchos, y allí, como los lagartos, cargaban las baterías a la espera de la noche, mientras alguien tocaba la guitarra para animar el cotarro. Porque en cuanto se ponía el astro rey ―a eso de las cinco de la tarde― empezaba a helar; y a la madrugada, ni os contamos. Por la mañana, lo primero que se hacía era romper el hielo del lavadero para poder asearse; los lobatos salían encantados con sus placas de agua helada en las manos, unas placas duras de un par de centímetros de grosor formadas en pocas horas. En 1980, el frío fue tan intenso que, a la hora de fregar los platos en el desayuno y la cena, el agua se congelaba en el fondo antes de que diese tiempo a echarla en el lavadero. Eran escenas más propias de la estepa rusa ―aunque el páramo turolense no se queda atrás cuando se tercia la ocasión―. Por suerte ―o no, que nunca se sabe―, no apareció en el cielo la “barra nevadora”, esas nubes del este cargadas de humedad ―llegan del mar― que, cuando descargan, dejan un palmo largo de nieve en la tierra. Habría sido imposible salir de allí en esas condiciones, y más con las carreteritas de entonces…
Para combatir el frío, lo mejor es moverse. Y, desde luego, fueron dos campamentos muy movidos. Durante el día, juegos, gymkhanas, excursiones ―a la cercana fuente del Cid, por ejemplo―, carreras de un lado para otro… Y por la noche, veladas y fuegos con muchos bailes y danzas. Se instauró el baile de salón, en que alternaban el minué más elegante con el auténtico y genuino “agarrado”, cuerpo a cuerpo, por parejas; y como las chicas ya habían arraigado con fuerza en el grupo y eran legión, aquello generaba un “calorcito” humano más bien picante… Había guitarras por doquier, se cantaba a grito pelado y eso animaba el corazón. Hasta los brujos se manifestaron, con un número de magia inolvidable. También abundaban las estufas, las catalíticas de butano de toda la vida; en torno a ellas se arracimaban los lobatos, buscando un poco de calor antes de poner en marcha su “sketch” para la velada. Calentar aquel caserón de paredes ciclópeas y techos de altura interminable era tarea imposible… En 1979 hizo Chimo, nuestro sempiterno cocinero, la promesa, junto a un montón de lobatos emocionados. Y al año siguiente, como os relatamos en la sección de los percances, hubo que superar una gastroenteritis colectiva el último día, sin que sepamos aún si las deposiciones se congelaban en contacto con el aire o no…
Lo cierto, escatologías aparte, es que el grupo ya no volvió a la Iglesuela del Cid. Los dos años siguientes, el campamento de Navidad se celebró en Alcoi. En 1983 se hizo por ramas ―cosa nada usual―, buscando también el frío del Maestrazgo. Luego vino Chelva-1984; al año siguiente, no se organizó, por celebrarse en Valencia la Olimpiada Marianista. En 1986, dos scouters románticos hicieron todos los preparativos para el retorno triunfal a la Iglesuela: viaje al pueblo, petición de permiso al cura del lugar, revisión de las instalaciones ―que ya estaban mejoradas―, etc. Pero el jefe de grupo, Samuel Forcada, temiendo por la salud de los lobatos ―“¿Dónde vamos a veinte grados bajo cero?”, se preguntaba― decidió cambiar de sitio y escogió Ador (la Safor), donde a mediodía era fácil llegar a esos veinte grados… pero por arriba. Los tiempos empezaban a cambiar, los días de recia exigencia quedaban atrás. Fue, de todos modos, aquel de Ador un campamento muy divertido, con una motivación espectacular: Astérix y Obélix, Julio César y Cleopatra, Panorámix y la pócima, carreras de cuadrigas, etc. Pero eso ya es harina de otra sección…
CAMPAMENTOS DE TRABAJO Y SERVICIO
Esta clase de campamentos, reservados a la rama ruta y orientados al servicio, comenzaron a organizarse ya entrada la década de los ochenta, y fue una de las maneras de ir renovando la metodología de esta rama ―los antiguos rovers― para adaptarla a los nuevos tiempos sociales y educativos. El primero de estos campamentos tuvo lugar en 1983, en Torrebaja (el Rincón de Ademuz), donde los rutas organizaron actividades de entretenimiento para los niños del pueblo. El jefe de la unidad era Juan Cruz Perea sm., aunque apenas pudo pasar con ella unos breves días. Posteriormente, en 1987 se realizó un campamento en Almería, en La Chanca, colaborando con los marianistas en la animación del barrio. Fue una actividad urbana y la experiencia no fue del todo positiva, debido a las dificultades de intervención que tenía el barrio. En 1989, la ruta cambió de aires y realizó un duro campo de trabajo en Sigena, donde, durante más de una semana, se ayudó a reconstruir un muro del monasterio de Santa María Reina, perteneciente a las monjas de Belén.
Ohanes, 1995: Campamento de trabajo para rutas
En el curso 1994-1995, el kraal de la Ruta, formado por Miguel Ángel Jiménez y Enrique Rodríguez, estaban intentando organizar un campamento para la etapa ruta que fuera más comprometido de lo habitual. Como hemos visto, la idea de hacer un campo de trabajo ya estaba asentada. Así que se dirigieron a Almería, donde los marianistas llevan una parroquia en el duro barrio de La Chanca. Hablando con ellos, comentan que su trabajo está bastante fuera de lo que los scouts tenían en mente, y que se acercaran a Ohanes, pueblo ya de la sierra que dista unos 50 kms. de Almería, y que hablaran con su párroco, Alfonso, al que tal vez le pudiera interesar el plan.
Hay que advertir que la ruta del grupo ya había estado en Ohanes dos años antes para hacer esta misma actividad; pero los rutas de entonces ya eran jefes… Así que, sin tener más detalles, se plantaron en la misa del pueblo y a la salida abordaron a su párroco, que les recibió encantado y les comentó la posibilidad de colaborar en la limpieza y conservación de la Ermita de Tices, a unos 5 kms. del pueblo, que dispone de una casa adosada en la que podrían alojarse. Se podía trabajar en la recuperación de la casa, en su pintura y también en las labores de la finca, pues pretendía hacer una especie de centro de rehabilitación de jóvenes con una finca de explotación agrícola ecológica.
Con estos pocos mimbres, de vuelta a Valencia se le planteó a la Ruta esta posibilidad. La primera impresión fue de tratar de locos a los jefes: campamento en julio, ¿en Almería? Sí, campo de trabajo, sin autobuses, ni intendencia, diez días de trabajo, los propios rutas propusieron hacer posteriormente una ruta por las Alpujarras… La verdad es que acabó siendo un campamento maravilloso. Salieron desde la Estación de autobuses de Valencia en autocar de línea rumbo a Almería, toda la noche viajando, y llegaron a la parroquia de los marianistas justo a la hora en que empezaba el encierro de San Fermín. Desde allí, en otro autobús hasta Ohanes, y posteriormente, a pie hasta la Ermita de Nuestra Señora de Tices, donde se alojaron y empezaron a organizar el reparto de tareas: un equipo tenía que cocinar durante un día, otro equipo trabajaba en la casa y otro equipo trabajaba en el campo.
Los recuerdos son imborrables: la reconstrucción del “balate”, bancal de más de dos metros de altura; la limpieza del tejado de la ermita; los plantones de mejorana; la eliminación a mano del escarabajo rojo; la recolección de patatas a mano, escarbando en la tierra; el baño en la reducida balsa de riego con concurso de a ver quién aguantaba más sin respirar; el frío que hacía a partir de las 18 h., sí, en Almería en julio; y, sobre todo, la presencia de Alfonso, el párroco, que con su plena simplicidad parecía el clon de Jesús de Nazaret, siempre tan interesado por intentar comprender cómo unos jóvenes de Valencia estaban en Ohanes ayudando.
Les impresionó tanto cada una de sus palabras, de sus gestos, cómo les decía a las hormigas que atiborraban el azucarero que le dejaran un poco, por supuesto sin matar ni una, cómo les explicaba por qué había que rehabilitar la Ermita. Hace un par de años marchó de misión a la Patagonia, Argentina; qué suerte tendrá aquel país.
Y al final, el campamento volante: Ohanes-Bérchules-Trevélez-Pitres-Pampaneira-Órgiva y en autobús a Granada, donde visitaron la Alhambra y el Albaicín de noche. Maldurmieron en un camping con más de 35º de temperatura y unos mosquitos criados con la mejor sangre de la raza valenciana, y luego vuelta en tren desde Granada, vía Alcázar de San Juan, con parada inexplicable de tres horas durante la noche. Llegaron a Valencia reventados tras más de 20 horas de viaje en tren, con el poco material que llevaban a cuestas y muy satisfechos de haber hecho un campamento excepcional.
Porque fue un campo de trabajo, con servicio a la comunidad, con trabajo manual, con equipos de servicio, con integración con el pueblo, con vivencias de fe, con vivencias de vida y conversaciones sobre el espíritu santo, los novios y el despecho, la risa, la sexualidad, las canciones y la música, las revisiones personales, el final del viaje, la familia… Fue tan bueno que los rutas volvieron en, al menos, dos ocasiones más, en 1998 y en 2002, para repetir la experiencia. Hoy en día, la ermita de Nuestra Señora de la Consolación de Tices es un hermoso santuario y un hito en la historia de la Ruta del grupo X. Por si queréis visitarlo, se trata de un templo suntuoso construido a principios del siglo XIX, con dos torres, diversos altares y un camarín de mármol de cantera rosa; en el exterior tiene unos amplios jardines y una hermosa fuente con la imagen del Corazón de Jesús. La ermita, que es de estilo colonial, contrasta fuertemente con los secanos de la sierra y los modestos cortijos dedicados a la agricultura y ganadería. Cuando os acerquéis, podréis ver desde lejos ese contraste, que recuerda al de los paisajes del sur de Estados Unidos y de México: ¡una maravilla! En la ermita de Tices pasan gran parte del año los santos patrones de Ohanes, San Marcos y la Virgen de Consolación.
Benasque-Salou 2007: un campamento mixto de rutas
Si por “solera” entendemos esos campamentos que se salieron de lo habitual, que trajeron algo diferente por peculiar, por extraño, por insólito, por a veces incluso “destarifado”, en el verano del 2007 la Ruta del grupo inició un campamento llamado a ser diferente, no mejor ni peor que otros, simplemente ―dadas sus características― especial.
Y especial lo fue desde el planteamiento: 6 rutas y un jefe salieron a mediados de julio en una furgoneta Mercedes Sprinter ―la del culo largo, para más detalles―, que quizás en aquel momento era la más grande del mercado en su categoría; y si no lo era, desde luego en Furgocar no tenían otra más grande, y eso para el grupo ha significado durante mucho tiempo que esa es la furgoneta más grande del mundo.
Bien, pues en ella subieron rumbo a Benasque, cruzaron el norte de España no sin antes meterse en sentido contrario en un tramo de una carretera nacional. Aún no se sabe si fue para comprobar la velocidad punta del vehículo, la capacidad de reacción del conductor o la sangre fría de un copiloto llamado Xurum ―ruta por aquellos tiempos― que, contemplando un Ford “Fiesta” rojo que venía de frente al mismo tiempo que el conductor trataba de atravesar la mediana para volver a su carril, afirmaba: “Creo que vamos en dirección contraria”. Una cocacola, una tila y dos cafés después, llegaron a Benasque. Desde allí, en tres días, harían las cimas de Posets y del Aneto, durmiendo en los aledaños del refugio “Ángel Orús” primero, y en la ermita de la Virgen de las Nieves, cercana a la Renclusa, después. La imagen que ilustra estas ascensiones es la del grupo entero en la cima, con las lágrimas que algún ruta que otro vertió antes de cruzar el paso de Mahoma, un poco obligado por la situación, pero donde un grupo con mayoría femenina demostró el poso que dejan muchos años de buena montaña en lobatos, rangers y pioneros.
El grueso del viaje no sería, sin embargo, en Pirineos. Antes de partir hacia su nuevo destino, visitaron en Vielha a los pioneros: después de hacer el Jamborette en Portugal, se dirigían hacia Àreu, en un campamento que perfectamente podría haber sido acuñado también “con solera”. Algún que otro viejo conocido de la cocina campamental, con su hermano y su hija ―futura jefa de grupo―, junto a un nutrido kraal y grupo de pioneros, les recibían y les daban de comer en un campamento volante recién comenzado.
Desde allí partieron a visitar a los rangers, cuyo campamento también tenía un rato de solera, pero más bien cutre, porque les habían obligado a montarlo bajo una enorme antena de alta tensión cuyo zumbido algún ranger no ha conseguido sacarse aún de la cabeza; además, recibieron una llamada de un “teórico inspector de sanidad” que puso a la cocina de José Miguel Pérez (otro mítico de la década) al borde del ataque cardíaco. Pero como suele pasar con lugares mejores o peores, los chavales estaban disfrutando con un fantástico volante por la zona de Ordesa, y pudieron comprobar que aquellos rangers recordarían éste, también, como un campamento inolvidable.
Una vez en marcha, se dirigieron a Pamplona. Como rutas que eran, el objetivo central de un campamento debía ser hacer servicio. Y la experiencia que vivieron con la asociación Aspace-Navarra iba a ser un punto de inflexión importante en la vida de muchos de ellos. Recogieron a un variopinto grupo de personas con parálisis cerebral y de voluntarios, y desde Pamplona se dirigieron a Salou. Acompañaron al autobús con la furgoneta, que vinieron a recoger a Salou Vicente Olmos y Alfonso Navarro. La furgoneta había hecho mil y pico kilómetros y la sustituyeron por una Iveco Daily, que no es más larga que la Sprinter, pero sí más alta, y que tenía una rampa para subir las sillas de ruedas de los discapacitados a los que acompañaron aquellos días.
No es posible resumir lo que allí aprendieron, no se puede explicar el vínculo que se estableció entre cada ruta y cada persona con parálisis cerebral que tenía asignada, ni algún que otro susto que tuvieron sintiéndose responsables de ellos. Pero fue una experiencia que los marcó a todos. No hicieron grandes juegos ni actividades, no tocaron la guitarra ni hicieron raids, estuvieron en la ciudad más turística que se pueda uno imaginar, pero fueron más scouts que nunca. Y muchos de aquellos rutas volvieron a subir a Pamplona una, dos y hasta ocho veces, de voluntarios con AspaceNavarra; otros no volvieron a subir, pero quedaron marcados por la experiencia vital que supuso. Pilar, Marta, Guille, Natalia, Xurum, Rebeca y, más tarde en Salou, Lucía y Cristina hicieron de un campamento urbanita el más scout de los campamentos en la ciudad, y aprendieron más de lo que habían aprendido nunca. Adri, que era un poco el “responsable” de todo aquello, recuerda que se sintió más “chaval” que scouter, quizás porque aprendió y recibió mucho más de lo que teóricamente debía dar…
