Túnel dels Sumidors: rescate en las profundidades

En 1988, la posta de pioneros “Senda” había decidido hacer una empresa de espeleología. Se podría decir que era una empresa que encajaba entre las típicas de pioneros, aunque no estaba exenta de cierto exotismo. Después de prepararse en varias cuevas menores, como la de les Meravelles de Llombai, decidieron encarar la exploración de una de las cuevas más interesantes de la provincia de Valencia: la cueva o túnel de “Els Sumidors” de Vallada, especialmente reconocida por ser un río subterráneo y tener que hacer el recorrido por dentro del agua con dos sifones especialmente estrechos. Sabedores de la dificultad de la cueva, pues Iñaki Casals uno de los jefes, ya la había recorrido, visitaron un Centro espeleológico de Valencia, donde les facilitaron un mapa de la cueva y les dieron todos los datos sobre su dificultad y su belleza. El recorrido completo de la cueva es muy largo: la parte accesible desde la boca hasta la Sima tiene unos 300 metros, a recorrer aproximadamente en más de una hora. Es un recorrido difícil, en el que hay que pasar dos sifones; en uno de ellos, la gruta se cierra sobre el río y apenas queda aire libre para la cabeza, el resto del cuerpo pasa por dentro del agua. Reunidos los jefes con los pioneros, y después de valorar las dificultades, decidieron recorrerla.

 

Una experiencia previa: la Cova de les Meravelles (Llombai)

 

La excursión fue una acampada, utilizando el tren como medio de transporte. Después de bajar en la estación de Vallada, caminaron unos pocos kilómetros, como unos 3 o 4, hasta el barranco de la Saraella, donde decidieron montar las tiendas y hacer las actividades y los juegos programados. El domingo por la mañana levantaron las tiendas e iniciaron la marcha hacia la boca de la cueva, que costó un poco de encontrar; pasadas las 12 h. entraban los veinticinco pioneros y los dos jefes pertrechados con los equipos de espeleología. Aunque no llevaban material profesional, todos portaban linternas, cascos, algunos frontales y mucha ropa para cambiarse. Delante comandaba la expedición Iñaki, el jefe con más experiencia ―aunque había cumplido 22 años el día anterior―; después iban los pioneros en fila, y cerraba Enrique, para que ningún pionero se quedara retrasado. Tomaron cueva abajo y vieron que el nivel del agua era bastante alto. El ambiente entre los pioneros era muy animoso, aunque alguna pionera confesó cómo le impresionaba ir a oscuras por la cueva.

Quique:

Justo llevábamos una hora, cuando llegaron a los sifones. Como exigían pasar de uno en uno, nos juntamos e hicimos muchas bromas. Una vez superados, debían salvar tres desniveles sencillos hasta llegar a la Sima de la Cascada Llopis, de 23 metros de caída. Ya avisados de la imposibilidad de bajarla sin material específico de escalada, nuestro objetivo final era contemplarla desde arriba.

Iñaki:

En los primeros puestos, nos sentíamos confiados. Había pasado la tensión del inicio y no había surgido ningún problema. Algo más atrás, algunas linternas habían dejado de funcionar, y cometimos el primer error: pasamos la linterna más potente al grupo que nos seguía, y nos quedamos con un fluorescente, mucho más débil. Íbamos atentos a los desniveles que precedían a la sima, pero sin luz obviamos el más pequeño. Cuando llegamos a sima, de todas formas, no lo tenía claro. Es una sima muy estrecha en su parte superior, y por ello da una sensación de engañosa pequeñez. Consultamos de nuevo el plano. Una piedra arrojada a la oscuridad rebotó en una pequeña repisa, dos metros más abajo. Decidí que se trataba del último escalón antes de la sima. Como en todos los tramos de cierta dificultad, los pioneros debían esperar a que yo terminase el paso y les avisara, antes de seguirme.

 

Algunos pioneros, poco antes de llegar a la sima

Quique:

Extrañándome de que tardasen tanto en llegar a la sima, empecé a adelantar posiciones para hablar con Iñaki y, al llegar a la cabeza de la fila, vi con asombro cómo se estaba descolgando. Lleno de estupor, me dirigí a Iñaki y le pregunté: “¿Por qué bajas?” Y en ese momento desapareció de la vista, pues sus manos se resbalaron.

 

Iñaki:

De hecho, me dijiste: “Iñaki, creo que esa es la sima”. No estoy seguro de si llegué a responderte: perdí pie en la pequeña repisa en la que estaba apoyado y caí. Recuerdo bien la caída, en la que perdí el casco y la linterna que llevaba en su frontal. Al llegar al fondo rodé y caí boca abajo en el charco que formaba la cascada Llopis. Recuerdo que pensé: “Vaya leche me he dado para ser dos metros”: seguía convencido de que no había llegado a la sima. Intenté ponerme en pie; las piernas no me respondían, así que puse la cámara (que milagrosamente seguía conmigo) sobre mi espalda para que no se mojara, y me arrastré fuera del agua. La oscuridad era absoluta, oí los gritos de Quique y pedí que me iluminaran. Y entonces la vi: veinte metros más arriba, una luz que parecía lejanísima. De golpe ―nunca mejor dicho―, entendí lo que había pasado.

 

Quique:

El golpetazo con el fondo de la sima fue impresionante. Mi primer pensamiento, frío y contundente, fue: “¡Se ha matado!”. Cuando los pioneros empezaron a preguntar qué había sido ese ruido, me asomé al borde de la cueva, pero la luz de la linterna no llegaba al fondo de la sima. Grité preguntando: “¿Iñaki?” Y desde lejos escuché: “¡Estoy bien, me he caído a la sima…!” En ese momento, el corazón me dio un vuelco. Hasta entonces no había tenido tiempo de pensar en nada, pero empecé a darme cuenta de la situación y de las posibles consecuencias.

Iñaki

Yo había recuperado en parte la movilidad, podía ponerme en pie, pero estaba empapado y helado: la cascada caía sobre mí en una lluvia fina y constante, la camisa estaba hecha jirones. Hice un par intentos de trepar, pero por supuesto era inútil; las paredes de la sima son verticales, y yo, aunque no lo sabía, me había roto dos vértebras. Hice mis cuentas y comprendí que tenía por delante muchas horas. Pedí que trajeran algo de abrigo y me preparé mentalmente para esperar. Sabía que no podía quedarme dormido por el peligro que ello comportaba.

 

Quique

Los pioneros se habían asustado de veras: el ruido había sido tal, que los que iban detrás creyeron que la cueva se había derrumbado. Les dije la verdad, y que había que salir lo más rápidamente posible. Les pedí a dos pioneros ―Quique Tarín y Chimo Izquierdo― que se quedaran al borde de la sima para darle a Iñaki conversación y ánimos.

 

Iñaki

Se portaron como jabatos. Sin ellos, me habría desesperado. Yo no podía hablar mucho, porque la distancia exigía hacerlo a gritos y me faltaban las fuerzas, así que les pedí que me contaran lo que se les ocurriera. De esa forma, fueron distrayéndome del creciente dolor. Cuando se quedaron sin ideas, les pedí que cantaran alguna cosa. Y entonces Quique Tarín se arrancó: “Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va…” Cuando se dio cuenta de la canción que había escogido, se quedó callado de golpe, y un segundo después a todos nos dio la risa. Me dolía la espalda de tanto reírme…

 

Quique

Salí corriendo de la cueva; en la boca había material preparado para la salida: cuerdas y mantas, ropa, agua y esterillas. Los dos pioneros más rápidos que salieron conmigo volvieron a entrar a bajarle cierto material: mantas, luz, agua. Teníamos claro que había que pedir ayuda, pues nosotros solos no podíamos izarlo… Decidí ir corriendo al pueblo. El sendero era cuesta abajo y no había mucha distancia; es increíble, pero la carrera no me fatigó ―cosas de la excitación―. En poco más de 20 minutos estaba llamado al timbre del cuartel de la Guardia Civil; el cabo estaba a punto de empezar a comer, tenía el plato de sopa en la mesa y la cuchara en la mano.

―“Ha habido un accidente en la cueva, necesitamos ayuda”, le dije.

―“Vamos chico, tranquilízate, que ahora subimos a ver qué pasa”, contesta el cabo.

―“Llame a los espeleólogos, el accidente ha sido dentro de la cueva, no habrá nadie que nos pueda ayudar”.

El cabo llama a alguien del Ayuntamiento que resulta ser del club de espeleología y conocedor de la cueva. Se lo pasa al teléfono:

―“Sí, en la cueva, dentro, …, sí, pasados los sifones, …sí joder, en la sima; ¡se ha caído por la sima de 20 metros…!

 

En ese mismo momento, al oír lo de los 20 metros, el guardia civil deja la sopa y se lo toma en serio. Anota los datos, mientras le explico que arriba, en la cueva, tiene un grupo de 25 chavales, que son un grupo scout del Colegio del Pilar de Valencia y que tengo que hablar con Samuel Forcada, el jefe de grupo, para avisar a los padres. Son las 14.30… No llevo encima el teléfono de la Comunidad de religiosos, ni el listín del grupo, nada de nada. Mirando en la guía llamo a la centralita del Colegio y no lo coge nadie: es domingo. Estaba muy preocupado por los pioneros y, tras avisar el cabo a sus superiores, volví hacia la boca de la cueva acompañado por el guardia civil.

Al llegar a ella, vi que todos los pioneros, guiados por los de tercer año, habían salido y se estaban poniendo ropa seca. Al poco llegó de Vallada un miembro del grupo local de espeleología. Con rapidez montó las cuerdas para bajar la cascada y llegó hasta donde estaba Iñaki. Han pasado más de dos horas desde la caída…

 

Iñaki

El espeleólogo de Vallada bajó a la sima, ayudado por los bomberos locales. De camino, encontraron también a un médico recién licenciado paseando el perro con su novia, y se lo llevaron a la sima. El pobre hombre tenía vértigo y muy pocas ganas de estar allí, bajo tierra. Me examinó y decidió que no tenía nada de importancia, que podían subirme con un arnés. El espeleólogo, más prudente, desconfió del diagnóstico y me aconsejó esperar para hacer un rescate en condiciones. Lo pensé un poco y afortunadamente, opté por seguir su consejo. Con compañía a mi lado, era más llevadero. Luego empezaron a bajar termos con leche caliente ―los trajeron la gente del pueblo―, pero conforme descendían se iban rompiendo; por suerte, el último ―el noveno o décimo― resistió.

 

Quique

Dejé el rescate en manos de los expertos y salí de la cueva con Izquierdo y Tarín. Estos se han comportado de forma ejemplar, pues han estado dentro de la cueva acompañando a Iñaki casi cinco horas y están tiritando de frío. Ahora toca organizar la vuelta. Son las 17 h. y es imposible llegar a tomar el tren. Por fin, Cristina Ballesteros pide que llamen a su casa; tiene razón: los padres están por avisar. Con un equipo de la Guardia Civil hablan con su madre Pilar. Le expliqué todo y ella se encargó de llamar a Samuel y al resto de padres; con coches, se organizan para ir a recogerlos.

 

Iñaki

Intentaron un primer rescate con una camilla de la Cruz Roja, pero no ofrecía garantías para el ascenso y la desecharon. Era preciso esperar a los especialistas en estas situaciones: el grupo de espeleosocorrismo de Valencia. Este grupo de voluntarios (literalmente: no tenían ningún tipo de subvención), estaba siempre listo para intervenir. Aquella tarde, pasaron de la siesta ante el televisor al helicóptero de la Cruz Roja en un suspiro, sin olvidarse de coger lo más importante: una camilla especial, diseñada por ellos mismos para el rescate en cuevas.

 

Excurso.

Mientras, en Valencia… La primera noticia la dio Inés Marco, jefa de rangers, porque salió un grupo de rescate desde La Fe y ella debía estar de prácticas. Sobre las 19 horas se reúnen de urgencia en el hall del Colegio varios jefes. Samuel Forcada lucía más blanco que la cera. El primer contacto fue con la familia Guinot, que tenía casa allí. Dieron alguna información de la situación, pero poco concreta: no se sabía cuántos scouts se habían caído, ni si estaban vivos o muertos. La angustia era máxima. Así que salieron hacia Vallada a toda velocidad en varios coches particulares. Al llegar, les informaron de la situación real y pudieron respirar aliviados. Los pioneros estaban, casi todos, en la plaza del pueblo. Quique Rodríguez se abrazó con cada uno de los jefes en un momento de emoción. Luego partieron hacia la boca de la sima para esperar allí la evacuación de Iñaki.

 

Quique

Sobre las 18 horas llegó el helicóptero del grupo de rescate de Espeleología, que se situó a escasos metros de la boca de la cueva. Entran en ella tres personas con una camilla rígida desmontable, pues ha de pasar por los sifones.

 

Iñaki

El helicóptero no pudo aterrizar, no había espacio suficiente. Los espeleosocorristas saltaron desde un par de metros de altura, y el jefe del equipo se fracturó una muñeca en el salto, aunque concluyó el rescate sin siquiera mencionarlo. Ya en la sima, montaron el operativo para subirme en vertical, perfectamente inmovilizado en la camilla.

Una vez arriba, aún quedaba un largo trecho hasta la boca de la cueva. Recuerdo muy bien aquel recorrido: en el túnel, una larga hilera de personas fueron pasándose mi camilla, de mano en mano, para agilizar al máximo la operación. Había bomberos, espeleólogos y voluntarios de Vallada, vestidos de domingo, allí dentro, con el agua hasta la cintura. El mismo alcalde de Vallada, con unos elegantes y empapadísimos zapatos de piel, ayudó a pasarla por uno de los sifones.

 

Imagen de uno de los estrechísimos sifones por los que tuvo que atravesar la camilla

 

Quique

Sobre las 19.30, justo cuando se está yendo la luz, sacaron a Iñaki en camilla inmovilizado de la cueva. Me dio la mano y me dijo que estaba bien. Su cara rezaba lo contrario. Los pioneros comienzan a bajar al pueblo, ya de noche. Sobre las 20 h. llegan las familias al pie del camino de la Saraella y se vuelven en los coches.

 

Iñaki

Lo cierto es que estaba feliz. No sólo por estar fuera, sino por ver a todos los pioneros de nuevo. Entre las primeras caras que vi, las de Manolo Díez y Mari Carmen Palop, que habían venido disparados desde Valencia. Quedaban aún 15 minutos de marcha por senderos hasta la carretera. Manolo Díez agarró la camilla y no la soltó hasta llegar a la ambulancia. En la primera parada, en el Hospital de Xàtiva, me esperaba Pepón Gascó, el padre de Javier y Joselete Gascó, médico traumatólogo, que me dio el primer diagnóstico con una radiografía de urgencia: una vértebra fracturada y una “estallada”.

 

Quique

Iñaki es hospitalizado en el Clínico, y al día siguiente se sabe el parte médico: tiene una vértebra lumbar partida en cuatro trozos y otra en tantos trozos que no se pueden ni contar. Milagrosamente, la médula espinal está intacta. La operación, dirigida por el Dr. Manuel Laguía, otro traumatólogo padre de scouts, es una obra de ingeniería, pues hay que reconstruir las dos vértebras y unirlas al resto de la columna con una estructura de titanio. Con todo, Iñaki volverá a tener una vida normal, si ser scout y pasar por estos trances se puede considerar tener una vida normal… De hecho, continuó ligado al grupo dos años más. ¿Quién dijo miedo?

 

Iñaki y el grupo, en portada de la prensa del día

 

 

FICHA TÉCNICA

 

Cerca de Vallada se encuentra el barranc de la Saraella, situado entre el penyó de Vallada y el castillo árabe (en ruinas) de este municipio. En la cabecera del citado barranco, y a los pies de la vertiente sur del penyó, se abre una sima o pozo, por cuyo fondo discurre un río subterráneo conocido ya internacionalmente como el “Túnel dels Sumidors”. Es el más importante, entre las corrientes subterráneas conocidas en las tierras valencianas, por la excepcionalidad de sus condiciones. Todavía hay que añadir un dato más, valorativo de esta cavidad: recientemente ha pasado a ocupar el primer puesto mundial en los sistemas hidroespeleológicos localizados en yesos, récord que, hasta el momento, ostentaba la caverna de Shakta, en la Unión Soviética… Posee también uno de los mayores desniveles existentes en el interior de las grutas de la Comunidad Valenciana: más de 205 metros. Un detalle curioso es que en todo el tramo inicial las aguas son dulces y, a partir de un lugar todavía no descubierto, se salinizan fuertemente, pasando a ser no potables, surgiendo al barranco de la Saraella las aguas ya definitivamente saladas, que van a desembocar al cauce del río Cànyoles. Otra peculiaridad del túnel es la inexistencia de estalactitas, debido al tipo de terrenos por los que discurren las aguas (yesos, margas y arcillas). A siete metros de profundidad respecto a la boca de la sima o pozo comienza el gran túnel o galería, que está dividido en dos tramos separados por dicha boca: río arriba (con una longitud de unos trescientos cincuenta metros y con algunas salas superiores) y río abajo (que es el que tiene más dificultades y, al mismo tiempo, más alicientes para los espeleólogos, que tienen que superar sifones, pero que a cambio se encuentran con algunas cascadas que llegan a alcanzar los dieciséis y los veintitrés metros de altura).

 

Jose Donat Zopo (Grupo Espeleológico Vilanova i Piera de la Diputación de Valencia- Relación descriptiva de 1966)

La boca del Túnel del Sumidor, tiene unos 5 m. de longitud, dando acceso a un pozo de fácil descenso de unos 7 m., a cuyo término se comprueba discurre un riachuelo cuyo gasto es de unos 300 l./min. en las épocas de lluvia, calculándose será algo más reducido en las épocas de estiaje.

I.-TRAMO ANTERIOR A LOS SIFONES

La orientación de la caverna en esta zona es muy regular y, salvo ligeras alteraciones momentáneas mantiene constantemente la dirección nordeste. Su longitud hasta alcanzar la Sala del Salto, donde finaliza este tramo, es de unos 64 m., en los que se salvan hasta unos cinco de desnivel descendente. La Sala del Salto presenta la particularidad de una pequeña cascada de dos metros, en la que hay un variado muestrario de cantos rodados y bloques de yeso. El cauce, que ocupa con frecuencia la totalidad de la galería, muestra abundantes y suaves deposiciones de arena y barro.

II.-PAREDES Y TECHOS

Desde este punto hasta los sifones, las paredes y techos de la cavidad muestran alternancias de pisos erosivos y clásticos. Casi al final de este trayecto se aprecia un importante desplome. Su longitud es de unos 84 m.

III.-LOS SIFONES

A continuación del citado recorrido Río Abaio ―150 m. tal y como se ha dicho―, se encuentra el Sifón Sospedra, primero de los dos conocidos que se presentan en la galería, que cuenta con una longitud de 2 metros, lo que supone un poco más de recorrido, y con un estrechamiento máximo de 50 cm. Salvado este sifón, se llega a una sala de reducidas dimensiones con unos 2 m. de ancha ,5 m de larga y 2-2’5 m. de alta, que se encuentra parcialmente inundada, con un banco de arcilla en su parte central. Concluye con el Sifón Agost, de una longitud de unos 3 m. y anchura un poco mayor que la del anterior sifón, y finaliza desembocando en la Galería Nueva. El nivel del agua en esta sección es de unos 50 cm., siendo la distancia entre la entrada del primer sifón y la salida del segundo de unos 10 metros.

IV.-LA GALERIA NUEVA

Continuando a lo largo del llamado “Corredor Donderis”, de unos 65 m. de longitud, que presenta tres caídas o desniveles fáciles de salvar de 2, 3 y 4 m. y algunos embalses de profundidades que oscilan entre los 20 y los 110 cm. Al final del mismo se presenta una caída transversal de unos 40 m., que se conoce con el nombre de “Cascada Llopis”, de 20 m. de cascada de agua. Al pie de la misma se abre una gran estancia, la Sala S.A.R., que se prolonga durante unos 20 m. hasta finalizar en una segunda cascada de 10 m. de caída. El río continúa por una nueva galería de 40 m. de longitud que concluye con un nuevo salto en la “Cascada Elorriaga”, de 30 m. (…)

 

 

 

 

 

  • You may use these HTML tags: <a> <abbr> <acronym> <b> <blockquote> <cite> <code> <del> <em> <i> <q> <strike> <strong>

Go to Top