Padres en el grupo

 

Los padres (y las madres) en el grupo: el día de padres en los campamentos, de los padres coordinadores al comité de padres…

Familias con larga tradición en el grupo…

 

¡Qué importantes han sido los padres en el grupo! Algunos los llamaban “la quinta rama”. Y es que, siendo el escultismo un movimiento de jóvenes para jóvenes, la aportación de los padres también ha acabado siendo fundamental para que el movimiento evolucionara adecuadamente. Y no sólo en lo que se refiere al pago de las cuotas, excursiones y campamentos…

Al principio, en los primeros años del grupo, la presencia de los padres era menor que hoy día. La mayoría se limitaban a llevar a los muchachos al punto de salida de las excursiones, a pagar las cuotas correspondientes, o recibir información sobre las actividades en las reuniones que se preparaban para ellos. En el escultismo tradicional, basado en las obras de Baden-Powell, poco o nada se dice de esto, lógicamente: era un método “for boys”, para chicos. A los adultos, que en ocasiones eran padres ―en Inglaterra, a menudo, pues los scouters eran cuarentones―, se les reservaba el papel del jefe, aunque también podían echar una mano en cuestiones de intendencia, instalaciones, transporte, etc.

La situación comenzó a variar en la segunda mitad de los sesenta, con los cambios metodológicos que llegaron de Francia. En el país vecino, en un contexto en el que los jefes eran más jóvenes en promedio ―estudiantes universitarios, por ejemplo―, empezaban a ser numerosos los adultos que, habiendo sido scouts en su infancia y juventud, apuntaban a sus hijos en los grupos para que vivieran la misma experiencia. Scouts de France vio en ellos un caudal de experiencia y estudió las vías por las que podían aportarla al movimiento activo. Estos planteamientos tardarían en llegar a los grupos de la DDE de Valencia ―el escultismo católico―, en los que los progenitores pintaban más bien poco. Pero sí arraigarían en ASDE, donde empezaron a funcionar comités de padres muy dinámicos, que lo mismo servían para un roto que para un descosido…

En el caso de nuestro grupo, siempre hubo algún padre, como el de José Luis Alcalde, que colaboraba con los scouts de forma más activa: prestaba su coche o una moto para excursiones y campamentos; ayudaba en cocina si se le pedía, conseguía material y objetos necesarios para la tropa, etc. Además, desde mediados de los sesenta la relación entre el grupo y los padres comenzó a ser más estrecha: se les informa sobre la línea educativa del escultismo; se les invita a participar en actividades, como un fuego de campamento en el Colegio ―el 7 de diciembre de 1967―; se les reúne a principio de ronda para explicarles el plan de actividades, y al final para hacer balance y exponer el campamento de verano; se les invita a los actos solemnes, como la conmemoración de la muerte de BP; e incluso se constituye un comité de jefes cuya única función es mantener el contacto con ellos. Más importancia tuvo, a principios de los 70, la tradición del “Día de Padres”. Ese día se celebraba habitualmente durante el campamento de verano: se escogía una jornada concreta, y se invitaba a los padres a acudir ―con sus coches, claro― y participar en lo que era una gran fiesta.

 

Cartel del Día de Padres (campamento de lobatos, “La Chula”, 1974)

 

En ocasiones, ese día se hacía coincidir con el último del campamento, de forma que al acabar, los padres recogían a los hijos propios y ajenos ―incluso a algún scouter― y se volvían a Valencia; así se evitaba pagar el bus de vuelta: hasta ese punto llegaba el afán de ahorro… Hace poco recuperamos algunas películas antiguas de esas jornadas, en Navalón, Uña y Utiel, de principios de los setenta.

Pero se celebraban igualmente días de padres ―que eran también de grupo― durante la ronda solar. Muchos recuerdan el que se organizó en Tabarla en 1975: una feria enorme, con su salón de espectáculos, casetas de tiro y de dardos, bolera, toro mecánico, tómbola con muchos regalos, pasillo de esgrima ―con mosqueteros y todo―, pista de carreras de carricoches, etc. Allí se reunieron muchas familias y se celebró una gran eucaristía. Fue una jornada inolvidable… La participación de padres y madres ya tenía un carácter activo: se introducían en los grupos mixtos y jugaban como todos. ¡Anda que no los hemos visto llorar pelando cebollas, o correr por Valencia de puesto en puesto en un juego de ciudad! Eran otros tiempos, pero no tan diferentes de los nuestros…

 

El kraal, los scouts y los padres en Tabarla (1975)

 

La costumbre del día de padres se fue diluyendo. Los campamentos se iban haciendo cada vez más lejos, y era difícil llegar ―aunque para ciertos padres no era ningún problema acudir y siempre venían adonde estuviéramos, incluso sin celebrarse día de padres―. Pero también influía la pena que sentían aquellos scouts cuyos padres no venían de visita, o bien el conflicto ―y la alegría― que representaba para los más pequeños, los lobatos, el ver a sus padres a mitad del campamento, y la tristeza, con lloros, subsiguiente a su marcha; esto llegaba a producir retornos anticipados a Valencia de alguno de ellos en el coche paterno (aunque hay que decir que había padres regresaban a Valencia con el corazón encogido por dejar a su hijo llorando en el campamento tras la visita). También los días de padres durante la ronda solar acabaron desapareciendo. A principios de los ochenta, la situación en este punto era la misma que veinte años atrás: los padres no tenían presencia en el grupo.

Habría que esperar a mediados de esa década para que la participación activa de estos empezase a encontrar hueco. Con la llegada de la democracia, los patrones económicos y sociales empezaron a cambiar; los familiares, también. La implicación de los padres en la educación de sus hijos comenzó a aumentar ―la de las madres era incuestionable―, y también la preocupación y el interés por lo que hacían y por las actividades en que participaban. Ese mayor interés empezó a canalizarse a través de la figura de los padres coordinadores, que desde mediados de los ochenta ―como indicamos― actuaban de intermediarios, de canal de comunicación entre los kraales de cada rama y los progenitores que tenían hijos en esas mismas ramas. Los coordinadores se hacían eco de las inquietudes, naturales, de tantos padres ―el grupo tenía por entonces cerca de 200 chavales―, y las ponían en conocimiento de los scouters en reuniones que a veces eran placenteras ―algunos invitaban incluso a cenar― y otras, no tanto; también se trataban las actividades y objetivos de cada trimestre. Además, asumían la tarea de coordinar y movilizar a los otros padres de su rama cuando se organizaban actividades con ellos. En 1985, en la celebración final de un Plan de lobatos, los padres sorprendieron con un “can-can” buenísimo, sin duda una de las mejores actuaciones de padres que se han visto: habían dibujado varios cuerpos de bailarinas de can-can en un papel continuo, y mientras dos padres lo sujetaban por los extremos, el resto iban pasando aportando su cara y el movimiento de sus piernas al ritmo de la música que sonaba en el salón de actos del colegio. ¡Impresionante!

No os creáis que la instauración de esta figura fue pacífica: ¡qué va! Desde siempre, no pocos jefes habían visto con desconfianza el que se diera un mayor papel en la vida del grupo a los padres. Cualquier comentario, sugerencia o apreciación de estos eran vistos como una intromisión inaceptable en la dirección, que sólo correspondía al kraal… Los recelos eran a veces mutuos. Con todo, recordamos a matrimonios legendarios que cumplieron con su cometido a la perfección, en buena medida porque simpatizaban mucho con el escultismo como método pedagógico: los Duyos, los Benavent, los Escobar, los Baeza-Oliete, entre otros. Algunos tienen protagonismo propio en este libro.

El siguiente paso en la implicación paterna tendría que esperar ya a fines de los ochenta: la aparición de un comité que los agrupara. Tras la creación del MEV en 1985, los grupos que venían de la Zona XV de ASDE (Scouts de España) llegaron con sus comités de padres: numerosos, variados y, sobre todo, muy activos. Se encargaban de muchas cosas: el material, la economía y los presupuestos, la gestión de los locales, la infraestructura de los campamentos y, dentro de estos, de la cocina y la comida… En nuestro grupo, algunos de estos menesteres los asumía el kraal, y para otros ―como los campamentos― se contaba con la ayuda de antiguos scouters, de familiares o de amigos con ganas de pasarse 15 días en la naturaleza pencando a base de bien. Desde luego, en el X-El Pilar, en el siglo XX habría sido inimaginable llevarse a padres como cocineros a los campamentos. Pero los tiempos vuelven a cambiar: los jefes son ahora más escasos, y prefieren centrarse en las tareas pedagógicas. Además, como ahora permanecen menos tiempo en las ramas, a los antiguos scouters se les suele ofrecer que refuercen a los kraales durante el campamento. El resultado es que la cocina queda desguarnecida. Ya en la década de los noventa, alguna profesora del colegio fue reclutada para estos menesteres; pero habrá que esperar a los primeros años del siglo XXI para encontrar a los padres instalados al frente de los fogones y, de paso, también de la enfermería.

Pero antes en el tiempo encontramos el primer comité de padres del grupo. Por iniciativa de Samuel Forcada, se formó durante la ronda 19861987, justo después del XXV aniversario, y tuvo como presidenta a Mª Ángeles González. La formación del comité, con su presidente, secretario y tesorero, permitió que algunos de sus miembros empezasen a colaborar en trabajos específicos, como la gestión del material o el desempeño de la tesorería, y que participasen así en la organización del grupo. Con ello, por fin se alcanzó un comité activo con un perfil similar al de otros muchos grupos scouts… Fue un proceso natural: los antiguos padres coordinadores eran más numerosos, y empezaban a llegar antiguos responsables con experiencia que ahora llevaban a sus hijos a los scouts. Cuando un grupo se consolida y perdura en el tiempo, empieza a encontrar nuevas posibilidades y más oportunidades para simplificar sus tareas y permitir que el kraal se centre en lo realmente importante, que es la tarea educativa.

En la primavera de 1990, siendo Mª Carmen Palop jefa de grupo, se recuperó otra tradición antigua: la del día de padres. La ruta organizó todo un fin de semana de actividades y juegos, de manera que los padres pudieran disfrutar de una verdadera acampada a lo grande. Se celebró en El Molinar (Bejís), y aunque estuvo lloviendo todo el tiempo, ha quedado para siempre en la memoria de muchos de los scouts del XEl Pilar. En los años siguientes, la experiencia recaló en la casa “El Clau” de Albaida ―con el célebre equipo Skip―, en el Mas de Tristán (sierra Calderona), volvió a Bejís y acabó en El Rebollar, en 1994, pues al año siguiente se celebró en un solo día, formato que ha conservado hasta la actualidad. Lo que no han variado son las animaciones, siempre imaginativas, y algunas hasta descacharrantes, como cuando una presunta delegación del Buró Scout Mundial, encabezada por Mr. Peabody, visitó al grupo en su día en 2002…

Vamos terminando. Es cierto que ha habido todo tipo de padres: más quisquillosos, más exigentes, colaboradores y pasotas, y hasta conflictivos. Pero al final todos los que están y quieren participar aportan sus puntos de vista y eso siempre suma. Con el tiempo, vamos viendo que, también aquí, se repiten unos patrones que ya conocimos tiempo atrás. Las preguntas en las reuniones de padres, por ejemplo: si los chicos duermen con las chicas en la misma tienda, si se cambian juntos, cuántos calzoncillos o braguitas tienen que llevar, quién los vigila en el tiempo libre, etc. Son predecibles, y por eso son más fáciles de responder, pues ya se ha hecho antes… No hay que sorprenderse: probablemente no es la misma la visión o perspectiva que tenemos de las cosas cuando somos scouts o jefes, que cuando somos padres, ¿no? El escultismo, ahora lo sabemos bien, es cosa de todos, y más cuando hay muchas familias que apuntan a sus hijos en bloque al grupo. En la época del “baby-boom”, allá por los sesenta y setenta, tuvimos familias completas con cuatro, cinco o más scouts ―no podemos poner nombres, porque llenaríamos párrafos y párrafos―. Luego, con una natalidad más baja, pues también se apunta a toda la familia. Las actividades de los chavales, lógicamente, condicionan e interfieren con las de esas familias. ¿Cómo no se va a poder hablar entre scouters y padres? Cada vez más, el grupo es una familia real…

También es verdad que ahora impone un poco llegar a las reuniones en el salón de actos y encontrarse con un montón de padres que han sido scouts o jefes en el grupo ―incluso alguna leyenda viva―. Pero, igualmente, para estos padres es más fácil integrarse y participar, ya que comparten el espíritu scout ―si no, no hubieran seguido apuntando a sus hijos al grupo― y conocen perfectamente las dinámicas en las que estos se embarcan. Sólo hay que ver cómo participan en las actividades del día de grupo: hay algunos que son más competitivos que los propios muchachos… Quizá la clave de todo esté, como siempre, en el equilibrio: en saber aprovechar la fuerza y la experiencia que aportan estos viejos lobos, al igual que la de los padres que llegan por primera vez, incorporándolos a las tareas en que puedan ser valiosos; pero sin perder de vista en ningún momento que es el kraal el que marca la línea pedagógica, las programaciones y las actividades concretas ―así ha sido siempre, y así debe seguir siendo―.

 

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