Javalambre 2009: rescate en las alturas
CRÓNICA DE GRANDES CATÁSTROFES
Javalambre 2009: rescate en las alturas
Sábado, 7 de febrero de 2009. Temporal, y de los grandes, a la vista. Ninguna rama sale de acampada en toda España. ¿En toda? ¡No! Una ruta poblada por irreductibles scouts del décimo ha decidido subir al pico Javalambre ese mismo sábado. Los lobatos no han salido de acampada; la respuesta: “Nosotros sí vamos, que somos la ruta y no podemos dar tan mal ejemplo”. El presidente del comité de padres en aquel momento, Carlos García, les lleva en coche hasta la zona y les deja en un inhóspito paraje; se queda a dormir por la zona, no se sabe muy bien si pensando que los rutas no están en su sano juicio.
El día no parece muy propicio para la ascensión, pero bajan y dejan las cosas en el refugio Rabadá y Navarro, que, casualidad o no, debe su nombre a dos montañeros que acometieron la escalada de la cara norte del Eiger hasta morir de agotamiento a trescientos metros de la cumbre. Sirva como imagen del principio de la historia la hilera de ocho rutas y dos jefes entusiastas encaminándose hacia la cima, a 2.020 metros de altura; una cima que, curiosamente, uno de ellos, pocos meses atrás, había coronado con un sol y viento en calma que no acompañarán a esta aventura.
Escuadra hacia el desastre
Protegidos del vendaval por la falda de la montaña y cubiertos hasta las rodillas de nieve, se dirigen a paso firme hacia la cumbre sin poder seguir senda alguna, pero orientados por el conocimiento del terreno. Tras algunas dudas acerca de si proseguir con la marcha, deciden continuar a la vista de la roma cima del Javalambre. Pero el frío comienza a hacer estragos. El cierzo, que es implacable en aquellas latitudes, les golpea con fuerza: imposible cubrirse en ningún lado. “¿Seguimos?”, pregunta uno; “Hombre… Ya que hemos llegado hasta aquí…”, le responden. Allá arriba no se oyen unos a otros y apenas si se ven, del frío viento. Pero lo cierto es que van andando hacia la cima, que se ve más lejos de lo que aparentaba; aun así, parece que todo sigue bajo control. Este es el momento en el que debieron volverse, piensan ahora. El frío los consume poco a poco y merma al grupo. Con todo, hacen cumbre y se fotografían en ella aún sin contratiempo. Jaime Penadés se gira y sonríe: el camelbak ―la cantimplora de tubo para beber mientras se anda― se ha quedado congelado. Parece que sí que hace frío. Inician la vuelta, hay que darse prisa.
¿Stalingrado? No, Javalambre.
Unos cien metros más adelante, Adri tiene que volver corriendo hacia la parte de atrás. Tirado en el suelo, Juan Correa no puede mover las piernas. Es un fenómeno aún por determinar, pues el frío no provoca este tipo de síntomas… Les toca levantarlo entre dos. El frío les come. “¿Qué hacemos? ¿Nos refugiamos en las casetas de pistas?” Pero las vallas son altísimas y las casetas están cerradas… Mientras imaginan cómo saltar la valla y romper las puertas para protegerse de ese infierno de viento, meten a Juan en una estructura cerrada que bordea la caseta, poniendo a Jaime de puerta. Excavan en la nieve, lo sientan y se turnan para calentarle las piernas, ante los quejidos de dolor de Juan por una ―hasta ese momento― desconocida dolencia. No pueden sacarlo. No pueden salir. No pueden subir con un coche. Hay que llamar al 112. ¿Hay cobertura? Afortunadamente, Adri abre el móvil y las rayas de cobertura le saludan. Y es que están al lado de las antenas más grandes de telefonía que han visto en su vida. Mientras busca un lugar donde pueda aterrizar el helicóptero, los servicios de rescate se ponen en contacto con los de las pistas de esquí de Aramón que suben en motos de nieve y máquinas de pistas desde la estación de Javalambre. La espera es eterna. Bajan subidos de pie en el exterior de la máquina de pistas, pasando el peor de los fríos posibles mientras el trasto se desliza pegado al precipicio y bajando pendientes casi verticales. Jordi Besalduch, con el mismo gorro que en lobatos, ilustra lo que es la bajada: las cejas congeladas y abrazado al palo de la quitanieves, donde reza para que se acabe el infierno gélido.
Se sientan en la cafetería, donde aguantan el rapapolvo de un guardia civil que ha subido al rescate con zapatos y uniforme. Juan Correa y Diego Just necesitan una supervisión en el hospital de Teruel. Ese mismo día, todos duermen en Valencia. Canal 9, deseoso de noticias el mismo fin de semana en que se destapa la trama “Gürtel”, abre el telediario en el hospital de Teruel, donde asegura que están los implicados y narran los cuidados que, en verdad, ninguno llegó a recibir. Unos cuantos diarios digitales abren con la noticia, eso sí con algunas tergiversaciones más, como la de que el grupo se perdió. Tras rechazar la entrevista que la televisión les ofrecía aquel día, una semana después se acercaron los jefes implicados a recoger las cosas que se quedaron en el refugio. Aparte de unas cuantas hamburguesas pasadas, no hubo nada que lamentar y sí una historia “P’haberse matao”.
La prensa, siempre ecuánime y atenta a los problemas ajenos




