Economía y dineros
Por muy altruista que sean sus empresas y sus miembros, un grupo scout necesita del vil metal para vivir y realizar las actividades propias del escultismo. Efectivamente: no es posible ir de excursión, disponer de material de acampada o de unos locales acondicionados si no se dispone de suficiente presupuesto para ello. Históricamente, no ha sido un problema excesivo para el grupo X contar con los recursos necesarios y suficientes para desarrollar sus objetivos, ya que era ―y es― usual que entre los padres de los scouts y el Colegio se sufraguen todos los gastos: el Colegio aportaba los locales sin pedir nada a cambio, y los padres satisfacían las cuotas periódicas, pagando además religiosamente las excursiones y los campamentos. Para aquellas familias que tuvieran dificultades para afrontar estos gastos ―especialmente aquellas con muchos hijos en la época del “baby boom”―, el grupo siempre ha contado con un fondo de ayuda económica a discreción del kraal, que facilitaba el acceso de todos los chavales a cualquier actividad.
Digamos, pues, que el grupo X-El Pilar siempre ha sido un grupo “rico”, en el que la economía no ha sido un impedimento para realizar actividades; al fin y al cabo, la mayoría de sus miembros provienen de un Colegio en el que estudian los hijos de familias acomodadas. Las diferencias con otros grupos son grandes, sobre todo por comparación con aquellos ubicados en barrios más modestos, donde desarrollar el escultismo siempre fue más difícil por la falta de recursos y donde la creatividad y la ilusión tienen que suplir esas carencias económicas. A partir de aquí, se podría establecer una discusión eterna sobre si la economía boyante disminuye la creatividad y las ideas brillantes, o si, gracias al hecho de disponer precisamente de esos recursos, se pueden desarrollar actividades educativas centradas en el crecimiento de los muchachos y en las necesidades de su edad. Probablemente, la conclusión a la que llegaríamos es que ni lo uno ni lo otro es cierto del todo, ya que el resultado va a depender de los scouters que trabajan en
el crecimiento de los muchachos y de cómo gestionen los medios de que disponen ―o la falta de ellos―, de cómo sepan transmitir y hacer consciente a la tropa del valor de las cosas, y de lo importante que es el esfuerzo personal y grupal a la hora de conseguir aquellas metas propuestas con sus propios recursos.
Por ello, aunque hubiera sido fácil no preocuparse por los temas económicos, en una sociedad materialista como la nuestra el kraal no podía permitir a los scouts vivir sin ser conscientes del privilegio que suponía esta ventaja y despreocuparse completamente de la economía, del ahorro y, sobre todo, del esfuerzo en conseguir los medios necesarios para las actividades.
Es cierto que esto no ha sido siempre así. Ha habido épocas en las que sólo se desarrollaban las aventuras y empresas que permitía el dinero recogido por la tropa, y no más. Un caso muy agudo se planteó en 1966. En el mes de febrero, la tropa quiso organizar una “Semana Scout” en el colegio, con toda clase de actividades: teatro leído, proyección de películas, una conferencia a cargo de Juan Molins, día de padres, etc. La semana concluiría el sábado 26, con un gran “jamboree de Zona” en el patio del Colegio: izada de banderas e himnos, danzas de lobatos, concurso de destrezas de los scouts, técnicas de escalada de los rovers, …; al final, una merienda, reparto de premios, fuego de campamento con actuaciones, arriada de banderas y canción de despedida. Pero llegó el gran problema: ¿de dónde sacar el dinero? Se acuerda hacer una derrama de 100 pts. por scout; pero ni así… Al final, la “Semana Scout” se redujo a una proyección el día 17, una misa el 22, y el “gran jamboree” se convirtió en una peregrinación nocturna al Pla de la Vallesa a llevar una imagen de la virgen del Pilar, con xocolatà incluida. Eran otros tiempos, sin duda…
Pero, otras veces, no se ha tenido suficientemente en cuenta la necesidad de transmitir el esfuerzo económico que supone para los padres el que sus hijos sean scouts, permitiendo, por ejemplo, que los muchachos participen en la obtención de los recursos necesarios para la realización de grandes eventos (campamentos, empresas, etc.) Así, ha
habido temporadas en que se abandonaron las cuotas de los sábados, los extrajobs u otras fórmulas clásicas para obtener dinero para sufragar los gastos propios de la actividad scout.
Los “extrajobs” son trabajos que los scouts hacen para conseguir dinero con el objetivo de utilizarlo para sus actividades. También pueden utilizarse para abaratar campamentos o dedicarlo a alguna actividad benéfica. Es una forma más de compromiso personal de los muchachos, mediante el cual aportan con su esfuerzo ―y son conscientes de ello― un apoyo a la economía del grupo y, cómo no, de sus padres. Tradicionalmente entendemos que no cabe contemplar como extrajobs en sí mismos la venta de lotería ―tan habitual en muchos grupos, pero no en el X-El Pilar― o de artículos que primero se adquieren para revender más tarde, aunque también suponga un esfuerzo; si de vender se trata, han de ser artículos u objetos hechos por ellos mismos para la venta. Pero, en general, son actividades que requieren un tiempo y un esfuerzo de dedicación, bien individual (luego siempre está el problema de si se socializan las ganancias o no) o bien colectivo.
Sería imposible relatar aquí todos los extrajobs realizados por el grupo durante sus 50 años de vida; así que, a modo de ejemplo, citamos algunos realizados por las ramas, con sus propias anécdotas:
Los lobatos, en 1969, hicieron una recogida de papeles y trapos por toda la zona de la avenida de Fernando el Católico, yendo de casa en casa preguntando si tenían papeles o trapos para retirar. No se recuerda cuánto se obtuvo, pero al final se vendió todo al trapero que había en esa avenida. También realizaron esa actividad en 1974 los rangers, pero entonces no se fue de casa en casa, sino que se recogía lo que había en casa, en el Colegio y donde se pudiera; y si bien es cierto que la primera intención que tuvieron los rangers fue camuflar ladrillos y objetos pesados entre el papel para que pesara más ―y se llegó a ello―, finalmente la conciencia pudo más y se entregó el material para la venta libre de polvo y paja.
Los pioneros, allá por el año 1975, llegaron a un acuerdo con la Mutua del padre de los Martínez Bodí, para meter cartas en sobres, escribir las direcciones y pegarles los sellos ―antes no había máquinas que lo hicieran, como ahora―. Todo el grupo se sumó a la faena, y así se pudo montar un completo sistema en cadena, propio del más acabado taylorismo. Para los lobatos fue toda una aventura el dormir durante el fin de semana en el gimnasio del Colegio, cuando no había ninguna costumbre de hacer tal cosa: ya os podéis imaginar la que liaron… Los pioneros dormían en el local del grupo, y aprovecharon para realizar una de las gamberradas mayores de la época, pues los “trabajadores” entraron por la noche en el bar del Colegio por un respiradero superior, y abrieron el bar para repartir polos y helados. El lunes, al acudir Manolo, Pepita y Maribel, se dieron cuenta del desfalco, entre otras cosas porque dejaron marcas de pisadas en la pared al descender y subir al respiradero. Cómo no, Emilio Cárdenas reunió a los pioneros quienes naturalmente confesaron la fechoría, asumiendo la bronca correspondiente y todas sus consecuencias, como era de esperar de un buen scout. Tardaron mucho en volver por el bar del Manolo y, desde entonces, se prohibieron las actividades nocturnas de los scouts en el Colegio. También en 1977, el padre de los Palao ofreció a los pioneros como extrajob la búsqueda de solares en Valencia y su descripción en cuanto a situación y estado (con escombros, plantas, etc.). Se dividió la ciudad por distritos y los pioneros iban los fines de semana por la mañana, en grupos de dos, peinando cada zona e identificando todos los solares encontrados. Realmente nunca se supo el motivo de la búsqueda, pero fue un extrajob colectivo que duró bastantes semanas con pingües beneficios.
Tampoco hay que olvidar muchas otras actividades que hemos hecho para conseguir pagarnos los campamentos, y que se realizaban a título individual, a veces, y otras de forma colectiva: dar clases particulares, limpiar coches o piscinas, trabajos en casas particulares, etc. En la actualidad, los “extrajobs” suelen utilizarse para conseguir fondos en campañas o empresas de solidaridad. Este mismo año 2011,
los pioneros se han embarcado en una (“La Misión Baden”) que les ha llevado a fabricar manualidades para venderlas luego y contribuir con el dinero ganado a un proyecto social.
Otra forma de participar económicamente en el grupo era la cuota semanal, que había que entregar en cada reunión al tesorero de la rama; éste era uno de los scouts, se encargaba de llevar las cuentas y se cambiaba cada trimestre normalmente. En lobatos, en los años ochenta, la cuota era de “un duro” ―5 pesetas o 3 céntimos de euro― y se insistía en que tenía que provenir de la asignación semanal o de dinero propio y no había que pedirlo cada semana a los padres. Ya entonces era difícil que se cumpliera; normalmente, cuando venían a la reunión, los lobatos, al despedirse de sus padres, les espetaban delante de los jefes: “¡Ah, papá, dame el duro de la cuota!”. Este problema viene de antiguo, como demuestra el discurso que José Luis Villalba se preparó en 1966, y que era del siguiente tenor: “Otro fallo comprobado es que un scout, para pagar su cuota de patrulla, no le cuesta más que el ir a sus padres y pedírselo; pero no, esas cuotas están establecidas para que cada muchacho se sacrifique un poco y las pague de su bolsillo”.
Otro ejercicio, más propio de un economista licenciado que de un joven imberbe, y que siempre ha realizado el kraal, es la planificación del presupuesto de los campamentos. La teoría es relativamente sencilla: coste del autobús y vehículos auxiliares ―en los primeros tiempos se utilizaban los coches particulares de los jefes y hasta una moto propiedad del grupo, para abaratar―, del material ―desde los años noventa hubo que incluir también el coste de la campa―, un tanto alzado por día y por persona para comida, y el típico capítulo de “imprevistos”. Luego el total se divide entre los que se estima que asistirán y, tras un redondeo, sale el precio del campamento por muchacho. Normalmente se acierta bastante y, aunque es cierto que no sobraba mucho, ha habido pocos campamentos en los que nos hayamos quedado colgados de dinero. Pero, si no se hace bien, el riesgo que se corre es alto. Porque no sólo hay que atinar cuando haces las
cuentas en la reunión de turno ―la teoría―; luego, ya en el campamento ―la práctica―, has de gastar de acuerdo con lo presupuestado…
Es justo lo que no hicimos en el campamento de Cazorla-Bujaraiza de 1984. Tuvimos que acampar en un lugar bastante aislado, junto al pantano de El Tranco de Beas, y en las proximidades sólo encontramos un proveedor de productos frescos ―carne, pescado, verduras y frutas―, en un pueblico al que sólo se llegaba por una carretera de las de antes ―un horror, vaya―. Aquel hombre debió ver el cielo abierto: el monopolio de suministros a un campamento de más de 150 personas, y además con unos jefes un poco pardillos e ingenuos en la cosa de los precios, todo sea dicho… Nunca explicaba lo que llevábamos gastado, los precios un día eran unos, y otro día otros ―la verdad es que se encarecían de día en día―; tendríais que haber visto las lustrosas “facturas” que presentaba en papel de estraza cortado con los dedos grasientos. Chimo el cocinero advertía de que aquel hombre no era de fiar y tenía con él unas peleas de miedo, porque además el género que traía no era gran cosa. Y, en efecto, cuando le pedimos las cuentas finales, se descolgó con las del Gran Capitán. El desfase era de tal calibre que tuvimos que amenazarle con enviarle una inspección de Hacienda ―entonces casi ni existían―, que fue la única manera de que el “fenicio” aquel rebajase sus pretensiones. Con todo, la ronda solar 1984-1985 empezó con un “agujero” de más de 250.000 pts. ―unos 1.500 euros―, que para entonces era una fortuna, pues equivalía al coste de dos campamentos de rama enteritos… Más de uno lo vio tan negro que se habló de cerrar el grupo por bancarrota ―y no es broma―. En honor a la verdad, hay que decir que ahora eso no pasaría, porque tomarles el pelo a los padres que están en cocina es imposible. Pero atinar bien con los dineros del campamento puede ser determinante en la marcha de un grupo. Siempre hemos tratado de aquilatar los costes lo máximo posible, pero cada vez es más difícil y así se ha asumido desde el kraal. Los campamentos por ramas de 2007 dejaron literalmente “secas” las arcas del grupo; los presupuestos se ajustaron al máximo pero no se calcularon bien, y al dispararse los gastos
extraordinarios, los jefes tuvieron que apurar al límite para poder “llegar a fin de mes” y dar de comer a lobatos y rangers hasta el último día. Esto, unido a la progresiva dificultad para encontrar scouters y equipo de apoyo, hace que los de aquel año puedan haber sido los últimos que ha conocido el grupo en ese formato, tan tradicional y antiguo, y que en adelante sólo nos planteemos campamentos de grupo ―que es lo habitual en casi todas partes, por otro lado―.
Como ejemplo de “presupuesto profesional”, en la imagen se muestra la parte del panfleto del campamento de verano de lobatos celebrado en Juncanilla, en 1979, dedicada al precio de la actividad:
CAMPAMENTO DE VERANO DE LOBATOS
JUNCANILLA (TITAGUAS) EN 1979
El campamento costaba… ¡21 euros!, lo mismo que una acampada de fin de semana hoy día. La verdad es que, desde siempre, se ha hecho un trabajo ímprobo para lograr el mejor presupuesto posible para las economías domésticas. Pero los precios han subido tanto desde entonces que el coste del campamento se ha multiplicado por 10 ―un 1.000%― en apenas 30 años…
Veamos un presupuesto de 1965, cuando sólo había tropa scout. El uniforme costaba 500 pts. (3 euros); el material y equipo de acampadas para toda la unidad, otras 5.000; el material de patrulla, 800; la cuota mensual subía a 12 pts.; y a la Delegación había que pagarle mensualmente ―el grupo― entre 150 y 200; alquilar una tienda de campaña suponía 6,50 pts. diarias, lo que en un campamento de veinte días obligaba a pagar 130 ―entonces no había tiendas propias en el material, y las de alquiler no estaban en buenas condiciones―. Además se pagaba cuota de ingreso y cuota semanal. ¡Una fortuna! Para la época, claro… Los sobrantes se ingresaban en una cuenta de la Caja de Ahorros. Los campamentos eran aún más baratos: el de marzo de 1966, de siete días, costó 350 pts. (poco más de 2 euros); aunque el de verano de 1968, de tres semanas, ya costaba 2.100 ―menos de 13 euros―. Entre los troperos se veía muy mal que, a la semana de entrar en la unidad, los scouts ya aparecieran completamente equipados ―pagaban los papás―, y por eso insistieron en la necesidad de “hacerle sudar a cada uno su equipo”.
También es importante explicar la evolución que ha tenido la figura del Tesorero en el grupo ―en los primeros tiempos se llamó “Administrador”―. Inicialmente no existía la necesidad de hacer un presupuesto anual; pero a medida que el grupo creció y las necesidades financieras se agudizaron, se empezó a considerar un ejercicio anual para realizar un presupuesto. Esta tarea recaía normalmente en el Jefe de Grupo y, más adelante, cuando el Comité de Padres empezó a funcionar y a participar, fue el Tesorero del Grupo quien gestionaba las finanzas y su control. Así pasamos de un presupuesto por actividad, y de la asignación de dinero por ramas, a disponer de una planificación
anual en función de una previsión de ingresos y gastos, como cualquier empresa privada. Y así el grupo pasó gradualmente de tener la caja, los recibos y las facturas en el bolsillo del Jefe de Grupo ―así era fácil hacer cuentas, pero difícil planificar y gestionar y saber si se estaba en pérdidas o ganancias― a disponer de una gestión cuasi-profesional, ¡capaz hasta de domiciliar los recibos!; y bicéfala, con un tesorero del kraal y otro del Comité de Padres que trabajan de común acuerdo. Así, las penurias y las angustias, para bien o para mal, han pasado a la historia y la economía del grupo, de momento, va viento en popa.
En última instancia, lo que está claro es que el escultismo es un movimiento de jóvenes para jóvenes y, por tanto, son ellos los que han de dinamizar y gestionar el grupo scout en sus actividades y en sus finanzas, con sus virtudes y sus carencias, buscando apoyo o sin él; pero sin olvidarnos nunca de transmitir el valor de que las cosas no son gratuitas, y que el logro alcanzado con el esfuerzo, con el trabajo personal y grupal, proporciona el mejor aprendizaje y recompensa que puede tener un verdadero scout que quiere dejar el mundo en mejores condiciones de como se lo encontró. En eso estamos los que así lo vivimos. Y por eso, año tras año desde hace 50, entre los objetivos pedagógicos del grupo al principio de la ronda solar, encontramos siempre, de manera inamovible, la austeridad. Es un valor esencial en medio de una sociedad tan opulenta y consumista como la que viven hoy día nuestros scouts.


